Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

Grave problema que atender

El miércoles pasado festejamos el Día de los Trabajadores en un contexto complejo. Los problemas de empleo figuran entre las principales preocupaciones de la gente en todas las encuestas de opinión.

Los datos muestran que en los últimos años se perdieron decenas de miles de puestos de trabajo, en su enorme mayoría en posiciones que requerían muy baja calificación. Hay un grave problema que atender.

El problema no es solo nuestro. “El futuro del trabajo” hace años que está presente en todos los foros en donde se discuten temas de relevancia global. Este año se cumplen 100 años de la creación de la OIT y el tema oficial del centenario es justamente “el futuro del trabajo”. La lectura de la serie de documentos, que por tal motivo publicó la OIT, indica que la inversión permanente en el desarrollo de nuevas capacidades para los trabajadores debería ser la prioridad absoluta.

En el acto del 1° de mayo el Pit-Cnt se puso a disposición para avanzar en un diálogo nacional por el empleo. En la Central hace tiempo que se percibe una creciente inquietud por las perspectivas en el mundo del trabajo. Y no es para menos. El gobierno reconoce la preocupación, invierte en capacitación, aprueba leyes y adapta la promoción de inversiones para fomentar el empleo. Pero no es suficiente. En el fondo, existe una compleja realidad apoyada en un trípode consolidado, que, a menos que se haga algo diferente para mover sus patas, va a ser muy difícil que se observen mejoras sustantivas.

En primer lugar, hay que tener presente la fuerte reducción de la rentabilidad empresarial. En una situación de suba generalizada de los costos para producir, los costos laborales han adquirido un peso relevante. No son los únicos, pero sí uno de los primeros en ajustarse. Si el comercio no paga la luz, no puede atender. Si el productor no carga combustible, no puede trabajar. Cualquiera de los dos puede no reponer un trabajador que deja la empresa. Y, si en algún momento se recupera la actividad, es muy probable que pueda sustituir ese puesto de trabajo por tecnología.

Ahí aparece la segunda pata: los procesos de automatización. La incorporación de tecnología para sustituir tareas rutinarias es una realidad instalada que se profundiza día a día porque es cada vez más simple y barata.

El trípode se completa con una regulación laboral que mira pasar por la ventana los hechos de la realidad. Tiempos de trabajo regulados por una ley que tiene más de 100 años, categorías laborales de otra época que encorsetan la negociación colectiva, convenios acordados a nivel de rama preceptivos para empresas que no tienen nada que ver entre sí… Mientras Uruguay no actualice el marco en los que operan los consejos de salarios, los empresarios seguirán dudando y recalculando antes de contratar a un nuevo trabajador.

La realidad es delicada para todos y dramática para los trabajadores con menor formación y adaptabilidad. Algún día volverá la inversión productiva al país y seguramente ahí se crearán nuevos empleos. Sin embargo, la demanda de nuevos puestos de trabajo tendrá muchos más requisitos que los que se exigían en los que se perdieron en los últimos años. Los nuevos empleos aparecerán en tareas en las que se requieren capacidades complejas complementarias con la automatización. Algo que no abunda en Uruguay. Y, para peor, el empleo público no puede ayudar -tal como lo hace desde 2010-, porque la delicada situación fiscal ya no lo permite.

No se puede esperar por reformas que este año no van a llegar. A pesar del sombrío panorama, hay mucho que se puede hacer. Se necesita ingenio y, más que nada, determinación para deshilvanar algunos de los hilos pegajosos de la tela de araña de las regulaciones que existen en Uruguay. Veamos un ejemplo concreto.

Hace un par de semanas tuvimos una excelente charla con Joanne Frappier, la embajadora de Canadá en Uruguay. Casualmente, Joanne comentó que en Cabo Polonio hay pinos que es necesario cortar para cuidar las dunas. La principal causa de que las dunas no tengan el natural desplazamiento que deberían tener son las 6 mil hectáreas de pinos que fueron plantados hace muchos años atrás. Joanne es geógrafa de profesión y trabajó para el gobierno en el servicio canadiense de bosques antes de venir a Uruguay.

Resulta que hay materia prima para cubrir gran parte del déficit de vivienda que tiene el país, que, según Fucvam asciende a 88.000 viviendas y está concentrado en el 20% más pobre de la población. Con los pinos que afectan las dunas del Polonio se pueden hacer ladrillos de madera. La tecnología necesaria estaría fácilmente a disposición gracias al apoyo de Canadá. Se necesitan cerca de 50 árboles para levantar una nueva casa. Por cada hectárea de pinos saldrían 13 casas. Hay 6 mil hectáreas de pinos disponibles.

Las casas de ladrillos de madera se arman tipo lego y se sellan con una silicona especial para que queden impermeables. La construcción se complementa con vigas laminadas, mallas plásticas, nylon para aislación y chapa para el techo. El tiempo de construcción es cinco veces menor que el de la construcción tradicional y los costos mucho menores (¡ni que hablar si la madera es gratis!). Son fáciles de construir, se aprende a hacerlas con muy poca capacitación.

Las “casas canadienses” no son solo soluciones habitacionales que tanto necesita el país, sino trabajo digno para emplear a trabajadores de escasa calificación. Trabajo para aquellos que van quedando al margen porque las tareas que realizaban ya son automatizables. Trabajo para aquellos que el mercado no les va a ofrecer empleo, por más que la inversión retorne al país. Y que, lamentablemente, son muchos.

Así como esta propuesta, estoy seguro de que existen muchas más que ponen el foco en recrear puestos de trabajo genuinos para trabajadores de escasa capacitación. Se necesita imaginación y, más que nada, voluntad para llevarlas adelante. No es sencillo, pero se tiene que poder. Tenemos un grave problema que atender.

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