Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

Cabecear y hacer el gol

Mundial 2002. Suwon, Corea del Sur, 11 de junio. Último partido de la serie. Uruguay tiene que ganarle a Senegal para pasar a la segunda ronda. Primer tiempo, 3-0 abajo.

Arranca el segundo tiempo y antes del minuto el Chengue Morales anota el primer gol del descuento y, rápidamente, Diego Forlán, el segundo. Sobre la hora, el Chino Recoba pone el 3-3. Los africanos se miran y no entienden nada. Uruguay es un vendaval.

Pasada la hora, un fuerte remate de afuera del área de Gustavo Varela rebota en un defensa de Senegal y la pelota cae del cielo con el golero tendido y el arco libre. El Chengue cabecea afuera. Víctor Aroldo Púa al borde de la cancha hace el gol en el aire y los que lo mirábamos por tele nos pellizcamos para confirmarlo. El juez pita y da por finalizado el match. Uruguay eliminado del mundial.

No era una hazaña. Pasar a segunda ronda no puede ser una hazaña para Uruguay, pero fue una gran oportunidad perdida para seguir adelante, que hubiera quedado en la historia.

El cambio en el panorama económico y financiero global de comienzos de este año es casi como aquella pelota que cae del cielo con el arco libre para cabecear y pasar a la segunda ronda.

Hacia fines de enero, los mercados internacionales interpretaron como un giro en U las declaraciones de Jay Powell (presidente de la Reserva Federal de EE.UU.) sobre la cautela que se tendrá a la hora de considerar nuevas subas de tasas de interés. Esta semana, Powell lo confirmó en su comparecencia en el Senado.

La pausa en la suba de las tasas de interés globales a causa del deterioro de las expectativas económicas en los países del norte, generado por la guerra comercial entre EE. UU. y China -y el ruido extra de tensiones comerciales entre EE. UU. y Europa-, es una oportunidad para los países del sur. Los capitales globales, que el año pasado le dieron la espalda a América Latina, ahora están de nuevo mirando a la región para invertir.

Para aprovechar esta oportunidad hay que ofrecer proyectos atractivos para invertir en el sector productivo. Hay que ir más allá de ofrecer comprar nueva deuda pública (con buena calificación crediticia) necesaria para financiar el déficit fiscal. Pero el desafío es enorme. Veamos algunos números.

Un indicador utilizado “urbi et orbi” por inversores para analizar el potencial de productividad de los países es el Índice de competitividad global del Foro Económico Mundial. Este amplio índice tiene en cuenta una serie de factores considerados relevantes a la hora de hacer rentable un emprendimiento productivo. Incluye el entorno macroeconómico, la calidad de las instituciones, de la infraestructura física, de la tecnología disponible y del capital humano (salud, educación y capacitación). También analiza la competencia en los mercados, la adaptabilidad de la regulación laboral, y el desarrollo del mercado financiero.

Uruguay queda bastante bien parado en la tabla de los países de la región -que se parece más a una tabla para evitar el descenso que una tabla por el campeonato-. Ahí Chile lidera; después viene Uruguay, seguido muy de cerca por Colombia y Perú. Más abajo están Brasil, Argentina, Ecuador, Paraguay y Bolivia.

Otro indicador muy mirado por inversores y organismos multilaterales es el de Facilidad para hacer negocios que elabora el Banco Mundial. Cuantifica las complejidades para abrir una empresa, obtener permisos de construcción, obtener suministro de energía y registrar una propiedad.

También mide la facilidad para obtener crédito, pagar impuestos o acceder al comercio exterior. Finalmente, determina el grado de protección de los inversionistas minoritarios, el cumplimiento de contratos y la calidad del proceso de resolución de insolvencia o quiebra. También en la tabla del descenso latinoamericana, Uruguay no queda tan mal parado en este indicador, aunque un poco más abajo que en el anterior. Acá estamos por debajo de Chile, Colombia y Perú; y arriba de Brasil, Paraguay, Ecuador, Argentina y Bolivia.

Ninguno de los indicadores anteriores se debe mirar individualmente. A la hora de analizar las posibilidades de atraer inversión, es necesario cruzarlos con alguna cuantificación de los costos para producir en el país para lo que existen muchos indicadores y todos son cuestionables.

Una forma muy utilizada de comparar lo caro que están los países es el reconocido Índice Big Mac de la revista británica The Economist. Para producir y vender una hamburguesa, Big Mac es necesario comprar carne, pan, verduras, condimentos y cartón para el envoltorio; pagar por el uso, la energía y la seguridad del local comercial; pagar salarios de los vendedores y honorarios de los profesionales que hacen la publicidad. Todo lo anterior en base a estrictos estándares de calidad que deberían ser similares en todos los países en donde está instalada la empresa. Por lo tanto, la Big Mac es un producto comparable a nivel mundial y su precio se toma como referencia para tener una aproximación a lo caro que están los países. Sin embargo, al basarse en un solo producto final, corre el riesgo de distorsionarse por razones puntuales. Alcanza con recordar las presiones del gobierno sobre el precio de la Big Mac durante el kirchnerismo en la Argentina.

Como alternativa, el encarecimiento relativo de los países se puede medir como la distancia actual del tipo de cambio real con respecto al promedio histórico (últimos 50 años). De esta forma, se considera el precio en dólares de una canasta amplia y representativa de los bienes y servicios que se consumen usualmente en cada país.

En cualquiera de los dos indicadores anteriores la situación es crítica para Uruguay. En este campeonato desciende seguro. Uruguay está entre los más caros de Sudamérica.

No puede sorprender que si se considera toda la información anterior de forma integral, se observe una fuerte correlación con la llegada de inversión extranjera a los países de la región. Es natural ver que el país más atractivo para invertir sea aquel que es productivo, que presenta facilidad para hacer negocios y que tiene relativamente bajos costos. Es el mundo ideal, deberían florecer oportunidades rentables. En América Latina, el que hoy más se acerca a este ideal es Chile.

Pero hay otras combinaciones para atraer inversiones. Un país se puede haber encarecido, pero si es productivo y tiene amplia facilidad para hacer negocios puede ser atractivo porque es rentable. En la región, este sería el caso de Perú y Colombia.

También podría ser atractivo para invertir un país que, si bien es poco productivo y no presenta amplia facilidad para hacer negocios, tiene costos relativamente bajos. En América Latina este es el caso de Paraguay y Ecuador. En esta categoría se podrían agregar Brasil y hasta Argentina, si logra contener la inflación que está rápidamente encareciendo el país, luego de la devaluación del año pasado.

El mayor desafío se presenta en aquellos países poco productivos, con trabas elevadas para hacer negocios y con costos para producir que se han elevado demasiado en términos relativos. Lamentablemente, ahí está hoy nuestro país.

Por lo tanto, si Uruguay no tiene un shock urgente y contundente de reformas para mejorar la productividad y facilitar hacer negocios, va a ser muy difícil que pueda atraer nueva inversión productiva. Esperar un largo año electoral para avanzar en esos frentes es un lujo que Uruguay no se debería dar.

Aclaro que dejo de lado la alternativa de un abaratamiento abrupto como camino posible para recuperar la rentabilidad del sector productivo. Abaratar el país implica reconocer en los hechos que no es sostenible mantener el actual nivel de vida de la mayoría de los uruguayos.
Como aquel lejano 11 de junio en Corea, nos cae una pelota del cielo y el golero está vencido. No es fácil, hay muchas presiones e intereses en juego.

Tenemos que cabecear y meterla en el arco. Sería una gran pena cabecear de nuevo afuera o ni siquiera cabecear esta vez.

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