Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

Barreras a la productividad

Un uruguayo promedio trabajando en nuestro país alcanza hoy un nivel de producción que apenas supera el 40% del nivel que obtendría si trabajara en un país avanzado.

Un uruguayo promedio trabajando en nuestro país alcanza hoy un nivel de producción que apenas supera el 40% del nivel que obtendría si trabajara en un país avanzado.

Desde una perspectiva histórica, Uruguay sufrió un largo proceso de retroceso con respecto a las economías más productivas, pasando de tener el nivel de productividad de los países más avanzados hacia 1900 para bajar a tan solo un 25% a comienzos del 2000. Junto con Argentina somos bichos raros, no hay en el mundo otros casos de países que habiendo sido altamente productivos hayan tenido una retracción tan marcada.

Inspirados por esta realidad, en un trabajo que hicimos para la Academia Nacional de Economía junto con Lorenzo Caliendo (colega uruguayo, hoy profesor en la Universidad de Yale), presentamos evidencia de que a lo largo de la historia una sucesión de barreras a la productividad nos fueron alejando de la vanguardia a nivel internacional. Con un enfoque inspirado en los trabajos de Prescott (Premio Nobel de Economía 2004), logramos reproducir y explicar la divergencia observada en la productividad de Uruguay.

Nos basamos en el concepto de que todas las personas tienen el mismo potencial pero que actúan en contextos diferentes definidos por diferentes niveles de barreras a la productividad. Si no existieran tales barreras, dada la actual facilidad de acceso al conocimiento -que puede ser generado en cualquier lugar, por más lejano que sea- no tendrían por qué existir los enormes diferenciales de productividad observados a nivel global.

En concreto, estamos pensando en las barreras institucionales, operativas, regulatorias y comerciales que se autoimponen los países y que impiden que el sector productivo pueda operar con los procedimientos más eficientes a nivel global y así alcanzar elevados estándares de productividad. Barreras institucionales son la falta de garantías sobre el cumplimiento de los contratos y el respeto de los derechos de propiedad, la percepción de corrupción y la inestabilidad política. Barreras operativas son la falta de infraestructura y capital humano adecuado, que restringen la posibilidad de implementar procedimientos de vanguardia. Barreras regulatorias son imposiciones inadecuadas que distorsionan la toma de decisiones. Barreras comerciales son el resultado de la política de inserción internacional y se traducen en aranceles y trabas no arancelarias.

Más allá del deterioro histórico, es relevante destacar que la productividad media creció marcadamente en la última década en Uruguay, pasando del 25% al 40% (la observada en los países avanzados). A pesar de que hemos progresado en varios aspectos, esta mejora relativa no tiene un fuerte correlato en una reducción generalizada de barreras. Así lo indica la evidencia internacional. Y así surgen las dudas de si podemos seguir avanzando.

El miércoles pasado se publicó el anuario 2016-2017 del Foro Económico Global, que presenta una multiplicidad de indicadores actualizados y comparables a nivel internacional. Con estos datos, así como con datos también actualizados del Banco Mundial, computamos el nivel de nuestras barreras a la productividad. Definimos una magnitud de barreras de 1 a 100, donde 1 es el valor mínimo de barreras a nivel internacional y 100 el máximo.

Dentro de las barreras institucionales, Uruguay mantiene una buena posición relativa a nivel global, que incluso ha venido mejorando de forma ininterrumpida en la última década. Las barreras institucionales bajas se explican por bajos niveles de corrupción (18 en 100), adecuados niveles de seguridad jurídica y respeto de los derechos de propiedad (25 en 100), y estabilidad política (18 en 100). Los datos publicados esta semana por el Foro Económico Mundial confirman esta tendencia. En parte, esto se explica porque pasamos sin mayores alteraciones institucionales la prueba de fuego de haber tenido gobiernos de todos los colores.

Dentro de las operativas tenemos barreras relativamente bajas a nivel global en infraestructura tecnológica (30 en 100) y en infraestructura física (38 en 100). Sin embargo, las barreras suben en forma considerable cuando miramos el potencial de la mano de obra (54 en 100) y lamentablemente empeora año tras año. Las pruebas internacionales (PISA) indican que más de la mitad de las personas que hoy están ingresando al mercado de trabajo no pueden cumplir una tarea compleja.

Las barreras regulatorias son elevadas. El peso del Estado uruguayo en la economía nos deja con barreras de 62 en 100. Aquí el partido comienza por la eficiencia en las empresas públicas. Tenemos que tener presente que la calidad del gobierno de nuestras empresas del Estado es la peor de toda América Latina; la evidencia indica que mejoras en el gobierno corporativo se traducen en mejores resultados. También es muy elevada la barrera asociada con la regulación laboral (86 en 100). Tenemos una regulación laboral nueva -en gran parte ajustada en los últimos 10 años- pero que es del siglo XIX, y está lejos de adaptarse a los cambios que estamos teniendo en el mercado de trabajo.

Las barreras comerciales son también de las más restrictivas. La inserción internacional nos deja hoy con un nivel de 71 en 100, y la tendencia es que cada año aumentan un poco más. Básicamente porque el mundo avanza y nosotros por ahora solo contamos con las intenciones del Poder Ejecutivo. La única señal concreta fue que nos bajamos innecesariamente de las negociaciones internacionales del TISA (acuerdo de servicios de nueva generación). El gobierno aspira a dar un golpe de timón en la materia. Ojalá sea a la brevedad.

Las barreras más elevadas -educación, empresas públicas, inserción internacional y regulación laboral- son las que nos deberían desvelar todas las noches. Más allá de intenciones, tenemos que salir de la parálisis y mostrar señales claras de compromiso con las reformas necesarias. Si queremos seguir mirando para arriba, tenemos que asumir que hay una agenda pendiente y mucho camino por recorrer. También tenemos que asumir que como país estamos en condiciones de levantar las barreras que nos alejan de los países más productivos del planeta, que no por casualidad son también los más prósperos y con mayor equidad social. Está en nuestras manos.

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