Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

¿Y si nos bajamos del barco?

El Mercosur flota sin rumbo hace mucho tiempo. El comercio intrarregional no ha crecido, no surgieron nuevas líneas de productos, ni se ha dado la tan ansiada integración de procesos productivos (cadenas de valor) amparados en la protección del mercado regional. Tampoco ha habido avances en la interconexión física ni energética. Y este año el barco se está terminando de hundir.

El Mercosur flota sin rumbo hace mucho tiempo. El comercio intrarregional no ha crecido, no surgieron nuevas líneas de productos, ni se ha dado la tan ansiada integración de procesos productivos (cadenas de valor) amparados en la protección del mercado regional. Tampoco ha habido avances en la interconexión física ni energética. Y este año el barco se está terminando de hundir.

Desde el punto de vista político el Mercosur es un caos. Hasta el sábado pasado ocupamos la presidencia pro tempore y entregamos el cargo diciendo que debía asumirlo Venezuela. Ni lerdo ni perezoso, el gobierno de Venezuela lo asumió con beneplácito. Lo jurídico por encima de lo político se repitió hasta el cansancio por parte de nuestro gobierno. Pero por más que se insista, no es claro que sea así. Tanto Brasil como Argentina manejan argumentos jurídicos para no reconocer la presidencia pro tempore de Venezuela y plantean que una comisión de embajadores ejerza la presidencia provisoria hasta el año que viene. Lo que sí es claro es que nosotros nos lavamos las manos.

Y a nivel internacional se toma nota. Solo por poner un ejemplo, en un reciente editorial desde el New York Times se instó públicamente al Mercosur a tener una postura firme y de principios para reclamar cambios al gobierno de Venezuela antes de asumir la presidencia, lo que consideran una señal que beneficiaría a todo el hemisferio. Nos guste o no, el mundo lee que Uruguay es un país cercano al régimen de Maduro.

Desde el punto de vista comercial, por primera vez en mucho tiempo, surgen novedades y no son de las dulces. Años esperando señales de la Unión Europea para firmar un TLC y nos llega que a instancias de Francia la carne queda afuera del primer intercambio de ofertas realizado en Bruselas. Es cierto que se podría incluir la carne en nuevas rondas, aunque es muy difícil que se apruebe en el Parlamento francés. Hasta habíamos hecho los números: INAC junto con la UdelaR estimaban que el país iba a recibir US$ 100 millones extras anuales como resultado de la reducción de tarifas y el aumento de la cuota.

Más allá de este trago amargo, hay muchos que sostienen que este acuerdo es la gran oportunidad. La esperanza se sustenta en que acordar con la Unión Europea forzaría a los países del Mercosur a converger a los estándares europeos de integración de cadenas de valor. Esto obligaría al Mercosur a avanzar en los acuerdos sectoriales de complementariedad entre los miembros en las diferentes etapas de producción de manufacturas.

A todos nos gusta soñar con dejar de depender de los recursos naturales y pasar a desarrollar productos industrializados de alto contenido tecnológico. También poder exigirle a la inversión extranjera que ingrese al país que sea funcional a esta estrategia de desarrollo. Esperamos así que algún día aquel sueño industrializador de la Cepal de Raúl Prebisch -ahora en una versión regional- se empiece a materializar. Todo es muy bueno, pero se parece más a Disney que a la cruda realidad.

Hay consenso de que lo mejor es abrir el Mercosur y desde adentro expandir el comercio extrarregional con acuerdos bilaterales de libre comercio (TLC). Claro, es mejor quedarse con el pan y con la torta. Pero no es nada sencillo. En un reciente evento organizado por la Fundación Astur, el argentino Félix Peña -reconocido especialista en integración económica- dejó bien claro que no se puede ignorar la decisión 32/00 del Mercosur (que es la que impide firmar acuerdos bilaterales) sin eliminar el arancel externo común. Al estar consagrado en el origen del bloque, para hacerlo hay que modificar el tratado.

Con este panorama debería ser natural preguntarnos qué pasa si nos bajamos del barco y dejamos de ser miembros plenos del Mercosur. Tal vez ya sea hora de considerar con seriedad y sin prejuicios ideológicos la posibilidad de abandonar el corsé del arancel externo común. A esta altura, deberíamos tener un debate informado con estudios al respecto que nos permitieran dimensionar los costos y beneficios.

No hay mucho material disponible al respecto. Hasta el momento conozco a fondo uno muy bueno a cargo de Lorenzo Caliendo (Yale) y Fernando Parro (Reserva Federal) con resultados relevantes. Primero muestran lo esperable: si el Mercosur firmara TLC con economías avanzadas los más favorecidos seríamos nosotros. También muestran que si abandonáramos el Mercosur y tuviéramos que asumir el arancel externo común en la región, estaríamos peor. La distancia sigue siendo un factor determinante de la intensidad en las relaciones comerciales: Argentina y Brasil siempre van a ser mercados clave para Uruguay. Pero a su vez muestran algo no tan obvio: si abandonáramos el arancel externo común y firmáramos un TLC con economías como EE.UU., Unión Europea, China, Corea o Japón, estaríamos mucho mejor. Ya solo con un TLC con EE.UU. alcanzaría para compensar los costos de salida del Mercosur.

En el mismo estudio, Caliendo y Parro muestran que la mitad de la ganancia vendría de la mano de la posibilidad de colocar producción en estos destinos. Dicho sea de paso, tengamos presente que si hubiéramos firmado el TLC que tuvimos entre las manos en el 2007, hoy las exportaciones uruguayas a EE.UU. serían un 45% mayores. Un reciente estudio del FMI demuestra que los países que firman TLC presentan un crecimiento promedio anual acumulado de 4 puntos porcentuales en las exportaciones al destino al que se redujeron las tarifas. La otra mitad de la ganancia de firmar TLC viene por el aumento de la productividad asociada a la incorporación de bienes intermedios de mayor calidad en el proceso productivo, que antes no había más remedio que importar de la región.

Se hunde el barco. Lo que no sabemos es si tenemos fuerzas para remar en los botes de emergencia. Abandonar el Mercosur implicaría asumir riesgos. No estoy seguro de que estemos en condiciones de ir por nuestra cuenta a firmar TLC con economías avanzadas, tal como lo hizo Chile. De lo que sí estoy seguro es de que en materia de inserción internacional sería mucho más productivo estar discutiendo este tipo de cosas y no lo que discutimos hoy.

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