Ignacio Munyo
Ignacio Munyo

Apertura e innovación

Más de 20 años de negociaciones llegaron a su fin. El Mercosur alcanzó un acuerdo con la Unión Europea (UE). El empuje de los hermanos mayores del Mercosur fue clave.

Si no cambian radicalmente las condiciones políticas en la región, se augura un Mercosur más abierto que avanza hacia nuevos acuerdos.

Una vez cerrada la versión final y ratificada por los parlamentos -difícil que sea en menos de dos años-, se prevé diferentes plazos para eliminar aranceles. La desgravación sería inmediata para los productos de la pesca, cueros, menudencias, grasas y despojos bovinos, manzanas, peras, cerezas, ciruelas, legumbres, frutos secos, bebidas (con excepción de vinos), harina y porotos de soja. En un período de tres a 10 años se eliminarían los aranceles del ingreso del vino (excluyendo a granel), lana, cítricos, arándanos, hortalizas, plantas y tubérculos alimenticios, arroz partido, alimentos para mascotas, aceites vegetales, preparaciones alimenticias en base a frutas y hortalizas. El acuerdo también prevé aumentos de las cuotas de ingreso de carne, arroz y miel en 5 años. El caso de los lácteos es delicado porque es recíproco y simétrico: el acuerdo establece un plazo de 10 años para la desgravación del ingreso tanto a la UE como al Mercosur.

Las oportunidades no se limitan al comercio de bienes, la exportación de servicios también mejora condiciones de ingreso a la UE.

El acuerdo es una muy buena noticia. Los potenciales costos de los acuerdos comerciales modernos -tanto aquellos reales como los discutibles en base a concepciones ideológicas- están todos mitigados. Es realmente difícil encontrarle la quinta pata al gato.

Se contemplan salvaguardias de hasta cuatro años ante casos de aumento de importaciones que generen fuerte impacto negativo en productores locales. A pesar de ello, el temor de una potencial pérdida de puestos de trabajo siempre está latente. Se debe tener presente que la gran mayoría de estos puestos de trabajo, tal cual están hoy concebidos, tienden a desaparecer de todas formas, en el mediano plazo. De hecho, muchos de ellos explican la fuerte caída del empleo observada en Uruguay desde 2014. Estudios realizados en el IEEM-UM indican que la gran mayoría de los trabajadores ocupados en los sectores que compiten con productos importados desde la UE se concentran en tareas fácilmente automatizables.

Las preocupaciones plasmadas en el documento oficial del Frente Amplio sobre los TLC no se verían afectadas con el acuerdo. Se asegura la voluntad de mantener monopolios en servicios públicos y se admite la posibilidad de que se puedan hacer políticas sociales con las compras del Estado. Tampoco habría un riesgo relevante para el sistema de salud ni para la industria farmacéutica: recién en un horizonte muy lejano podrían aparecer sobre la mesa asuntos que compliquen el uso de los genéricos.

Los beneficios del acuerdo van mucho más allá del ahorro de los US$ 100 mill. de aranceles que anualmente paga Uruguay a la UE. Se abre la posibilidad de venderle no solo más de lo mismo, sino productos de mejor calidad y precio. A su vez, los beneficios se amplifican vía reducción de costos de insumos importados utilizados en el proceso productivo.

La evidencia muestra que la apertura comercial se traduce en desarrollo económico al sofisticar y mejorar la calidad de la producción local, lo que se logra a través del proceso de innovación. No por casualidad los países con empresas más innovadoras abiertas al comercio exterior son los mismos en los que su población presenta los mayores niveles de calidad de vida. Según datos del Índice Global de Innovación 2019, Uruguay está en mitad de la tabla. El top 10 de países líderes en innovación son Suiza, Suecia, Estados Unidos, Holanda, Reino Unido, Finlandia, Dinamarca, Singapur, Alemania e Israel. A nivel regional, el top tres lo ocupan Chile, Costa Rica y México. Uruguay, Brasil, Colombia y Perú se encuentran un escalón más abajo.

Justamente, en un artículo publicado por la revista científica canadiense The Innovation Journal presentamos evidencia de que una mayor apertura comercial genera mayor innovación en las empresas. El efecto se viene tanto por el lado de las exportaciones como por el de las importaciones.

Datos de encuestas a empresarios a nivel global muestran que casi todas las firmas exportadoras consideran la innovación como prioridad para sobrevivir, mientras que este número se reduce a la mitad para las que venden solo al mercado interno. Al mismo tiempo, importar bienes con un mayor contenido tecnológico a los disponibles en el mercado local genera la posibilidad de mejorar la eficiencia y aumentar la calidad de la producción. En economías como la uruguaya, la incorporación de tecnología del exterior tiene un gran impacto sobre la capacidad innovadora, esencial para reforzar el esfuerzo en investigación y desarrollo.

En este sentido, el éxito del proceso de innovación no depende solo de tener los incentivos alineados para su generación, sino de la facilidad de absorción y adopción de la tecnología existente. La innovación depende de que las empresas adopten, adapten y utilicen exitosamente la tecnología desarrollada a nivel global. Aquí entran a jugar la formación de los trabajadores y empresarios, el acceso al financiamiento y políticas públicas que promuevan eficientemente la inversión y la difusión de tecnología.

Prácticamente no existen países que se hayan desarrollado sin utilizar la apertura comercial como herramienta fundamental. La inserción internacional impone mejoras de productividad, que se materializan al acelerar el proceso de innovación. El acuerdo Mercosur-UE genera oportunidades para colocar productos en un mercado sofisticado que exige innovación permanente. Al mismo tiempo, desafía a los productores locales al profundizar la competencia de los productos importados, lo que también se traduce en la necesidad de innovación permanente.

Bienvenido el acuerdo Mercosur-UE. Bienvenidos sean todos los nuevos acuerdos que puedan llegar.

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