Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

El voto obligatorio

Hoy es el día. Hoy se vota. En nuestro país es obligatorio y me parece bien. El tema es discutible o, por lo menos, discutido. Los hay que no aprueban la obligatoriedad.

Incluso, hay uno de esos índices internacionales sobre la Democracia que le saca puntos al Uruguay por hacer obligatorio el voto. Una estupidez. Ya los griegos sabían (y así lo organizaron), que la ciudadanía era un derecho-deber que, en el caso de la Grecia clásica, se extendía a la obligación de ocupar cargos públicos, por tiempos determinados.

La experiencia en los países donde el voto es libre muestra con mucha persistencia que el desinterés produce sorpresas negativas, (de Trump al Brexit). De alguna manera, si yo voy a pasar buena parte de mi vida reclamándole a los gobiernos de turno que hagan lo que yo digo, entonces lo menos que puedo hacer es votar. La disyuntiva es: al cuartito a votar, o a llorar al cuartito.

Votar -en serio- contribuye a un funcionamiento democrático de la sociedad que, como sabemos, se basa en la legitimidad, (no en la prescindencia). Ahora, el voto es requisito necesario, pero no suficiente. Una democracia donde, a partir de mañana, unos digan: “yo perdí, ahora arréglense como puedan” y los ganadores: “ya te voté, ahora arreglátelas como puedas”, es una democracia con bases muy tembleques. Todo derecho y reclamo, nada de deber y compromiso. Así, no funciona.

Porque, en los tiempos que corren, gobernar se ha puesto extremadamente difícil.

Desde cierto punto de vista, gobernar es administrar expectativas. Antes se decía que era el arte de lo posible. Pero ¿sabés qué? Son dos cosas muy distintas. Porque en nuestro mundo de hoy, las expectativas en las sociedades occidentales (y algunas otras), han ido creciendo hasta niveles imposibles de satisfacer.

Los niveles generalizados de descrédito y fastidio con sus estructuras democráticas, que viven muchas sociedades, desde hace ya bastante tiempo y que hoy revientan en explosiones nihilistas de violencia, no se explican por un sorpresivo agravamiento de la mediocridad de los actores gubernamentales o políticos. Al fin y al cabo, lo que le reventó en la cara a Piñera no puede atribuirse simplificadamente al neoliberalismo, cuando en Chile se pasó gobernando la izquierda.

Está ocurriendo algo mucho más complejo (y más difícil). En medio de un (avanzado), proceso de deterioro del funcionamiento de la democracia, la globalización está produciendo algunas cosas (desplazamiento de actividades, desaparición de empleos, diferencias económicas y sociales) que, revueltas por las redes sociales, producen unas explosiones espantosas.

Lo simple es echar las culpas de todo ello a gobernantes y políticos (irónicamente, estos se apresuran a golpearse el pecho y declararse culpables).

Pero la cosa es más complicada y las causas más profundas.

En primer lugar, por lo que dije: nuestras sociedades creen que la Democracia debe satisfacer sus expectativas, (que ya ni siquiera se llaman así: hoy son DERECHOS). Creen que el sistema fue creado para asegurar salud, educación, trabajo, vivienda... y no es así. Como tampoco es real (léase, factible), confundir necesidad con derecho, (y creer que pueden existir derechos sin deberes).

Frente a ese fenómeno inflacionario, la herramienta clásica de los gobiernos para dar satisfacción (o calmar ansiedades), el Estado, no funciona. Hace años que ha entrado en un proceso de rendimientos decrecientes. En vez de calmar, calienta y todo esto es visto por parte de la gente (una parte grande y, a la vez, joven) a través del prisma de las redes sociales, que al funcionar de manera irresponsable, fabrican realidades propias. Una de las características de estos noveles fenómenos de erupción social es cómo toman por sorpresa a la “superestructura” social y política: nadie, ni los políticos, ni la prensa, ni siquiera los servicios de inteligencia se los ven venir.

El que hoy gane la elección va a tener un trabajo muy difícil. Todos lo sabemos, no solo él. Pero lo que también debemos saber es que sin la comprensión y el apoyo de la sociedad -no necesariamente a la persona, ni a su partido, sino a la institución- difícilmente pueda descargar su responsabilidad razonablemente.

Es muy importante cómo reaccionen los perdedores. Hace bien Mujica en decir que no se debe estar enfrentando al gobierno con una piedra en cada mano. El horno regional y mundial no está para bollos.

La Democracia, nuestra Democracia, no nos está asegurada. Tampoco lo estaba la chilena.

Así que: a votar y después de votar, asumir los deberes de ciudadano.

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