Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Que será, será...

"Whatever will be, will be”. Doris Day, mediados de los ’50. Espectacular.

Hoy todos hablan del día después, tratando de imaginar cómo será. La mayoría no tiene ni idea. Los hay que afirman que ya nada será igual. Lo dudo, aunque es innegable que algunos pilares de la economía están siendo sacudidos. Empezando por la globalización: ¿seguirá el entusiasmo por la compra de componentes chinos? ¿Eso implicará que el sueño de Trump se cumpla, restableciéndose el equilibrio anteglobalización, de ganadores y perdedores?

Se discute si la salida será en “V”, o en “U”, cosa que nadie realmente sabe, (y ojo con la “W”, que parece estar ocurriendo en China).

Dicho todo eso, algunas cosas sí se pueden imaginar con bastante realismo: está ocurriendo una formidable destrucción de riqueza, a lo que se suma una sensación de empobrecimiento por la caída de los precios de los activos (y no solo bursátiles). Todo eso hará que mucha gente quede por el camino.

¿Cómo reaccionarán a todo esto los gobiernos y, más importante aún, las sociedades? ¿Cómo reaccionará el nuestro? ¿Y nosotros?

Hasta ahora, como la mano viene de repartir plata que, por el momento, no sale del bolsillo de nadie, todos aplaudimos con solidario fervor. Lo que está bien.

Pero, en algún momento, esa cuenta se va a tener que pagar. Como decía Maggie: “There is no such thing as public money. All money is private”.

¿Cómo se pagará? O, más concretamente, quién pagará? ¿Ese día mantendremos el consenso entusiasta que sentimos hoy? ¿Cuando vengan las de poner, seguiremos siendo tan solidarios?

Va a implicar sacrificios. Porque, ¿cuál es la realidad del Uruguay, aún antes de esta peste?

-somos una sociedad que gasta más de lo que produce. Con lo cual arrastra una deuda creciente;

-somos una sociedad a la cual le cuesta vender afuera lo que produce, sobre todo si esa producción conlleva ma-no de obra. Somos muy caros.

-somos caros no solo porque gastamos muchísimo sino, además, porque gastamos mal.

Como consecuencia de todo eso, hemos ido acumulando impuestos, al punto de que tenemos una carga tributaria que nuestra capacidad para producir ya casi no soporta.

¿Inmersos en esa realidad, estaremos los orientales dispuestos a hacer sacrificios extras? Porque, no solo tendremos que pagar los costos de la peste, sino que precisamos cambiar algunas cosas básicas de nuestra vida como sociedad, para evitar que la realidad se nos siga escapando de las manos. Y cambiar siempre significa sacrificios.

Porque tenemos que cambiar cosas que hacen a cómo producimos y también a cómo distribuimos.

Necesitamos producir más eficientemente y para eso no hay misterio: mejorar el capital humano y el capital físico. Eso significa dejar de pavear contra los criterios “economicistas” en la educación.

Una sociedad de ojos abiertos busca educar para la vida, no para el discurso estúpido (y apolillado). También precisamos acumular más (y mejor), capital físico. No confundamos: podrá no gustarnos el liberalismo, pero capitalismo hay en toda economía. Stalin era un bruto capitalista, (o, más bien, un capitalista bruto). Ahora, para invertir lo que se precisa hay que ahorrar. Es decir, gastar menos.

Lo que nos trae a la otra pata: tenemos, como sociedad, que distribuir mejor. Y eso no siempre equivale a más justo. En una realidad como la del Uruguay, distribuir mejor no es igualar. Tampoco es concentrar más del 80 por ciento de los recursos privados que manotea el Estado en salarios y jubilaciones. Ojo, eso es así hoy porque así lo resolvió la sociedad -nosotros. El problema es que nosotros queremos, a la vez, vivir mejor (o, por lo menos, bien) y no da para las dos cosas. Un importante número de compatriotas absorben tal cacho de los recursos totales que no quedan cantidades suficientes, ni para invertir lo que se precisa, ni para atender a los que no tienen poder, a los marginados.

La gente acostumbra a culpar a los políticos por no encarar y descubrir soluciones, pero estos problemas de fondo exceden el poder de los políticos.

Si la sociedad -nosotros- no aceptamos sacrificios, los cambios son imposibles. Ya hubo instancias en que eso ocurrió: 1958, 1992… hasta Mujica se quejó de que no podía reformar el Estado porque “no se la llevaban”.

Y ahora, cuando haya pasado la peste, ¿arriesgará el gobierno su prestigio para proponer cambios de fondo? Y si lo hace, arriesgaremos nosotros la seguridad.

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