Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Sean los Orientales

Hace unos días me llegó una suerte de carta, hecha pública por el periodista Leonardo Haberkorn. Algo terrible. El Sr. Haberkorn cuenta, con gran tristeza y dolor, por qué no soportó continuar dando clases de periodismo a nivel universitario: “Me cansé de pelear contra los celulares, contra Whatsapp y Facebook”. “Me cansé de estar hablando… ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies”, “… ante gente que… ni le ve el sentido a estar informado”. Y entonces ve que a estos muchachos… los estafaron, que la culpa no es sólo de ellos. Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos. Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo, “y lo malo termina siendo aprobado como mediocre, lo mediocre pasa por bueno y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante”.

Hace unos días me llegó una suerte de carta, hecha pública por el periodista Leonardo Haberkorn. Algo terrible. El Sr. Haberkorn cuenta, con gran tristeza y dolor, por qué no soportó continuar dando clases de periodismo a nivel universitario: “Me cansé de pelear contra los celulares, contra Whatsapp y Facebook”. “Me cansé de estar hablando… ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies”, “… ante gente que… ni le ve el sentido a estar informado”. Y entonces ve que a estos muchachos… los estafaron, que la culpa no es sólo de ellos. Que la incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos. Que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo, “y lo malo termina siendo aprobado como mediocre, lo mediocre pasa por bueno y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante”.

Espantoso. Haberkorn no está relatando una experiencia de docencia en el Borro. Aquí no corren las excusas de los contextos socioeconómicos, bla, bla, bla. Y no está inventando. Podrá tener la habilidad de expresarlo con color, pero reconozco perfectamente lo que describe y siente. Es gravísimo.

Hace medio siglo, un pensador -de izquierda- al describir cómo veía la cultura del Uruguay, apuntaba hacia algo muy parecido, con términos tanto o más duros: “Ceguera al contexto”; “Un inverosímil optimismo, una sistemática ceguera a la dureza acechante de la historia, al rigor de la competencia entre sociedades y naciones fue trasfundido a grandes oleadas a toda una colectividad, a la que se acostumbró al constante reclamo, a la que se aflojó hasta un ritmo de trabajo propio de tiempos idílicos…”; “…parecemos ineptos para la altura de los tiempos y sus implícitos desafíos”.

Cultura del inmediatismo, del “me first”, del mínimo esfuerzo, de la respuesta rápida, del “Rincón del Vago”, del “¿para qué me sirve?”, del reclamo permanente por derechos, del olvido de los deberes y las obligaciones, demandantes permanentes frente al Estado y a todos aquellos que deben darme lo que reclamo como mío.

Hay una ajenidad alarmante de la realidad, de lo que pasa en el mundo. Es poco sorprendente cuando no se leen noticias, y las que se ven (cuando se ven) son más entretenidas que informativas. Ajenidad que empieza por los gobernantes. El primero de marzo escuché el discurso del Presidente: más allá de lo aburrido y del engaño de creer que le redituará políticamente, un análisis cualitativo del mismo sólo puede llevar a la depresión y la tristeza.

Fue una invitación a contentarse con una medianía, numéricamente expresada, sin una ilusión, un horizonte, un llamado mínimamente heroico. Nos dijo que teníamos que estar satisfechos porque nos elogiaron en National Geographic, Lonely Planet y no recuerdo en dónde más. Lo más, es que tenemos Investment Grade (en riesgo, además, según el Presidente). Nos hemos convertido en el país de los reclamos y de la chatura.

Las sociedades progresan, y no sólo económicamente, por el esfuerzo. Esfuerzo para, entre otras cosas, progresar en capital humano y físico. Todos, desde los gobernantes a los educadores, pasando por los padres y los empleadores, tenemos miedo de exigir. El esfuerzo se sustituye por el reclamo. Creemos que seremos más productivos no cuando trabajemos más y mejor, sino cuando el Parlamento apruebe la ley de competitividad.

No es privilegiando la igualdad material - azuzada por esa típica combinación de ideología y envidia (en partes iguales)- que nuestros jóvenes van a desarrollarse plenamente, como tampoco lo hará el país en su conjunto si sus dirigentes (políticos, empresariales, gremiales y sociales) prefieren la seguridad de seguir a los riesgos de liderar.

Me resulta difícil imaginar que el Frente Amplio tenga las condiciones necesarias para reinventarse de forma heroica y moderna. Pero, también confieso mi desesperación por no ver esas condiciones en la oposición y en otros sectores de la sociedad.

Nuestra crisis de flojera y mediocridad incluye una abismal carencia de liderazgo. Para sacar el país adelante no se requiere ser licenciado, ni siguiera parecerlo: se requiere ser líder, jugársela, arriesgar la impopularidad, diciéndole a la gente lo que No querrá oír.

¡Cuánta razón tenía el prócer!

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