Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

¿Relaciones exteriores?

Desde tiempo inmemorial las relaciones exteriores han sido consideradas por las naciones como algo fundamental: para preservar su soberanía y, con frecuencia, para expandirla.

Pero los tiempos cambian y las realidades y los temas también. Después, está aquello de las consecuencias que producen las ideologías y la propensión del ser humano a errar el bizcochazo.

También es cierto que la noción y la realidad de soberanía no es igual para todos los países. El concepto de soberanía que tiene Israel no es el mismo que el de Gran Bretaña, ni éste es igual al de los Estados Unidos y todos difieren de lo que pueda y deba tener el Uruguay.

Por último, las relaciones exteriores han evolucionado hacia la incorporación de otros asuntos, más allá de los tradicionales, a veces con razón, otras con ilusión. La materia comercial es un ejemplo de ello, al punto de alcanzar en algunos países la fantasía de creer que los diplomáticos deben ser viajantes y vendedores de lujo.

Tal parece que nuestro país no ha escapado a las consideraciones que anteceden, con tal mala suerte que ya no se sabe mucho dónde estamos parados en el tema. Dicho más frontalmente, entre aquello de la diplomacia por afinidades ideológicas y esto otro de gobernar con sujeción a mandatos políticos partidarios (y sindicales), nos hemos quedado lisa y llanamente sin algo que pueda llamarse, con propiedad, una política exterior.

Entonces, lo primero que debe hacer nuestro gobierno -y pienso en el que vendrá - es reflexionar, profundamente, sobre el sentido y el contenido de nuestra política exterior: la que deberíamos tener. Hacerlo de manera objetiva, realista y profesional, no en función de ideologías, sino de intereses. De los intereses nacionales y en clave de largo plazo.

A partir de allí elaborar una posición y una política que pretendan ser, a la vez, nacionales y constantes. Lo que vulgarmente llamamos una “política de Estado”. Para diferenciarla de las políticas partidarias o ideológicas.

¿Cómo enfocar y ordenar esa reflexión?

Creo que se debe empezar por discernir y definir aquellos temas básicos al ser nacional que requieran de una política exterior.

El primer grupo lo conforma la integridad de la nación, en sus diferentes vetas:

1) Integridad Física: esto se traduce en la preservación del territorio, terrestre , aéreo y también (fundamental), marítimo. Incluyendo patrullajes fronterizos, protección de las riquezas naturales, navegación de los ríos y defensa de nuestros puertos. y nuestros cielos. Todo bajo el imperio de nuestras normas y los tratados libremente asumidos.

2) Integridad Institucional: se traduce en el funcionamiento pleno de nuestras instituciones y leyes.

3) Integridad Cultural: aquí entramos en un terreno menos unívoco. Si bien las amenazas a nuestra identidad cultural son visibles y constatables, su rechazo o control puede implicar avasallamiento de derechos individuales. La tarea en este campo pasa por el ejercicio de un liderazgo tan inspirado como lúcido.

4) Integridad Económica: otro terreno que se presta a equívocos. Los reclamos de soberanía económica suelen encubrir ansias de proteccionismo y rechazos atávicos a inversiones extranjeras. Son contados los casos en que ese tipo de medidas favorecen a un país. La soberanía económica debe buscarse en la realidad mundial por caminos que sean, a la vez, posibles y redituables en el largo plazo. Aquí se ubica en lugar fundamental la apertura comercial, como principio general. Por debajo de ella, una estrategia en materia de acuerdos comerciales desprovista de atavismos ideológicos y voluntarismos quiméricos.

El segundo gran campo de una política exterior está en la asistencia al desarrollo del país y de su gente. Esto implica enfocar al Ministerio de Relaciones Exteriores en estar atento a informar sobre todo aquello que ocurre en otros países y puede aprovechar al Uruguay en materias como la educación, investigación, innovación, desarrollo, medio ambiente y similares. El Uruguay debe volver a ser un país abierto al mundo.

En tercer lugar ubico todo aquello que hace a la gobernanza mundial (por más que no está en su mejor momento) y de la cual nuestro país debe formar parte (y volver a recuperar un sitial de prestigio, por su manejo de los temas jurídicos involucrados). Aquí entran las instituciones del universo Naciones Unidas (incluyendo la OMC) y otros organismos multilaterales, incluyendo los financieros.

Una actividad útil en esta materia implicaría salirse de los tablados parlantes a los que últimamente nos hemos hecho adictos.

Lo anterior no agota, obviamente, todos los puntos de atención de una cancillería, pero si sobre ellos se consigue poner el foco, pensar y elaborar, el grueso de nuestra política exterior tendrá contenido y será útil.

Luego hay que plasmar las reflexiones en documentos y salir a explicar y consensuar.

Por último: ordenar los medios a los fines. La cancillería y su personal al servicio de las metas. No al vesre.

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