Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Perfice

Es el lema de mi viejo colegio. Se traduce, medio libremente, como: "apuntá a la perfección".

¡Qué lejos de las metas y del sentido que rige e inspira a nuestra educación pública! Que considera negativo el calificar resultados y, mucho peor, traducir realidades en sanciones. Ahora inclusive vamos camino al abanderado piola, en lugar del "traga" y, por si no entendieron el razonamiento popu que subyace a nuestro sistema, acaba de decretarse en un liceo, ¡la huelga contra las pruebas PISA! ¡Por privatizadoras!

Todo eso retroalimenta la cultura que nuestra izquierda ha impregnado en nuestra sociedad. Su valor máximo es la igualdad. No la igualdad ante la ley, ni tampoco la igualdad de trato, (naides es más que naides), sino la igualdad material.

Hace unas semanas, una prominente figura del actual gobierno, haciendo la crítica de mi reciente libro sobre el liberalismo, me decía que su mayor discrepancia apuntaba a que en él, yo parto de la base de que los seres humanos son desiguales. Para ella, "la búsqueda de la igualdad es uno de los valores sociales más importantes para lograr justicia social".

Antes de ir al fondo del tema, no deja de haber algo muy curioso aquí. La izquierda (y no solo ella) critica duramente aquella concepción social en la que el hombre se desespera por tener las mismas cosas que sus pares (o de quienes considera sus pares). El consumismo inspirado en el terror de no tener la ropa, el auto, la ca-sa o lo que sea, que exhiben aquellos con quienes se convive. Mujica, sin ir más lejos, le sacó mucho kilometraje a esta prédi-ca. Pero, en definitiva, eso es también buscar la igualdad.

En el fondo de ambas concepciones hay una gigantesca confusión, antropológica y ética.

Para empezar porque los seres humanos son diferentes. No se trata de una hipótesis o de un dogma: es una evidencia empírica incontrastable y to-do lo que se edifique en su contra, producirá graves defectos y dolores. Entre otras cosas, porque para ir contra la desigualdad material no hay más reme- dio que afectar la libertad del hombre. Dado que los recursos siempre son relativamente escasos y las facultades (humanas y sociales), desparejas, para emparejar hay que ponerle más peso a las monturas de los caballos rá- pidos. Todavía no se ha inventado cómo hacer para transformar un man- carrón en un crack.

Pero, además, el culto a la igualdad material (que solo puede practicarse mediante algún grado de fuerza, de imposición), desplaza el eje de la ética.

Lo saca de la persona para ponerlo en el colectivo, llámese clase, sociedad… o lo que sea. La persona ya no valdrá por sí y no deberá enfocarse en tratar de desarrollarse y mejorar (perfice), en todo lo posible. Su valor pasa a estar en la comparación con los demás, no consigo mismo. La persona valdrá si es igual y será censurada si sobresale.

Por supuesto que este error ético (y antropológico) acerca de la concepción del individuo, derramará sobre la sociedad. Esta ya no celebrará el éxito individual (que es de donde salen las ideas, los inventos, los descubrimientos… el progreso). Por el contrario, como ocurre en el Uruguay, aquel será muy mal visto y todo lo que puede dar el mal resultado de un éxito (como el Jubilar, Impulso, Providencia y otros) será atacado por elitista.

Perseguir la igualdad material (y, nada menos, que con todo el peso del Estado), no produce desarrollo y mejora. Todo lo contrario.

Cierto es, también hay que decirlo, que el culto a la excelencia tiende a la desigualdad y que, en ciertos niveles, grandes brechas de desigualdad (fenómeno contemporáneo en los países ricos) ofende y genera efectos negativos. Pero eso no justifica mandar a recortar a todos los lungos.

¿Y la justicia social, de la que hablaba mi crítica lectora, dónde queda con todo esto? Bueno, todo dependerá de qué entendemos por justicia social.

En materia económica, muchos pensadores y no solo de izquierda, creen que la fortuna de uno se explica por la miseria de otros. El famoso juego de Suma Cero. Sentimentalmente el argumento atrae. Pero no tiene asidero, ni racional, ni empírico.

Otro tanto ocurre en materia social: creer que el éxito de algunos tiene que explicar el fracaso de otros.

¿Todos estaremos mejor si nadie está mejor?

La igualdad del hombre está en su esencia. Su existencia debe ser acorde con aquella.

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