Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Navidad, ¿para qué?

Navidad, ¿para qué? Durante siglos, esa pregunta habría sido considerada como absurda. Ridícula. La pregunta válida y no sólo teológicamente, es: ¿Por qué?

Pero, vivimos tiempos funcionales: si no me sirve, no me interesa. Tengo cosas mejoras que hacer.

Justamente por eso viene muy bien hacerse un tiempito, entre el shopping y el arbolito, para reflexionar sobre la Navidad. Todos nosotros, no sólo los cristianos. Porque, más allá de nuestra elección de fe (o no elección, en tantos casos), la Navidad es un hecho a la vez histórico y contemporáneo.

Nochebuena de la Navidad: Noche de Amor. Noche de Paz.

Lo primero, el amor, es bastante lógico y esperable, pero ¿qué tiene que ver la paz aquí? Bueno, para empezar, que no puede haber paz sin amor. No es que se deban amar Putin y Trump. Es mucho más que eso: cuando la humanidad, o una parte importante de ella, se vacía de amor y se llena en su lugar de otras cosas: envidia, temor, odio, egoísmo, ansias de poder… derivará hacia caminos de guerra y violencia. Así ocurrió cuando las dos grandes guerras mundiales, así ocurre en las guerras “acotadas” contemporáneas y así ocurre en los episodios de inusitada violencia social que se están poniendo de moda en diversas partes del mundo. La Navidad es un llamado de atención frente a todo eso. No un mero deseo piadoso: una advertencia frente a un peligro concreto.

También es una invitación a reflexionar sobre otras dimensiones de nuestras vidas: ¿Amor? ¿Cuál? La Navidad es el amor de un hombre y una mujer y de los dos con el fruto de sus vidas. Todos ellos unidos a Dios, parte de Su plan.

Hay otros amores, obvio. El mensaje de la Navidad parece ser el que no hay otros más perfectos, superiores: Dios, que quiere compartir la vida de sus hijos, como Hijo en una familia amorosa y humilde.

Es interesante recordar como el intento del batllismo de anular el amor navideño mediante su sustitución por una efeméride filosófica (o política), el Día de la Familia, fracasó completamente. La Navidad no es un razonamiento: es un sentimiento racional. Muy distinto.

Hay muchos otros ingredientes más en el mensaje de la Navidad, pero me voy a detener en uno sólo: la resignación.

El Amor y la Paz de la Navidad se dan, existen, en una realidad de resignación.

¡Cuántos habrán corcoveado al leer esto!

Hablaren los tiempos que corren de resignación, es anatema, la confesión de que la religión no es otra cosa que el opio de los pueblos. Nada más alienado del pensamiento correcto contemporáneo que preconizar la resignación. Justamente, vivimos los tiempos de las expectativas, mutadas en derechos y exigidas por la fuerza (jurídica, si la tenemos, violenta si no la tenemos). Expectativas y frustraciones

Al decir de los franceses, el hombre moderno (o post-moderno) “ne se sent bien dans sa peau”.

Es que hemos deformado la resignación. La reconstruimos como opresión, exclusión, privación, violación de derechos humanos y por ese camino nos aseguramos un estado constante de insatisfacción, entre envidiosa y rencorosa.

Pero, la resignación no es el fondo del hoyo de la derrota. Es la plataforma sobre la que trataremos de mejorar, de crecer. Sobre todo, de ser el mejor yo posible.

Qué abismo separa esta concepción contemporánea de la realidad de la Navidad: de ese hombre-padre y esa mujer-madre que sabían perfectamente cuál era su lugar en el mundo y en la historia y que, pudiendo tener más pretensiones que todo el resto de los seres humanos, comprendían perfectamente la importancia relativa de las cosas y la existencia de un plan de Dios que da sentido a todo.

Así, aceptaron -con perfecta resignación- la realidad material que les tocaba. Se sabían superiores a ella -como es el caso de todos nosotros- pero no por ello la negaban o repudiaban.

Hoy, en cambio, nos enfurecemos contra la realidad que nos toca vivir y con gran rapidez le ponemos rostros: las de nuestros adversarios y así podemos odiarla a rienda suelta y emprenderla contra ella con toda la violencia alcanzable.

Pues, sin una reconciliación con la realidad; sin reflexionar acerca de los porqué (en vez de los paraqué) no habrá ni Amor, ni Paz.

Por ese camino, no te gastes en tratar de comprender el mensaje de la Navidad.

Dale tranqui nomás, a los regalos y el arbolito.

Pero, pensalo, podés emprender el otro camino: comenzando por reconciliarte, contigo y con tu realidad para construir sobre esa base el Amor y la Paz.

Ojalá vivas una MUY FELIZ NAVIDAD!

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)