Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

El mercado, ¿qué es?

Es el objeto de intensos debates y duras acusaciones. Se lo acusa de ser un mecanismo perverso, que desprotege y amenaza a la gente. 

Un espejismo que los neoliberales usan para engañar y así llenarse los bolsillos. Un excusa de los gobiernos -neoliberales- para no cumplir con sus obligaciones sociales, etc. En el otro extremo están los que ven en el mercado la solución para todos los problemas económicos.

Una discusión planteada con argumentos simplistas e ideologizados es difícil que llegue a la realidad. Aterricemos.

En la realidad no existe UN mercado y mucho menos ese que los detractores agitan: una suerte de entelequia maligna, manipulada por un puñado de especuladores ambiciosos y egoístas. Lo que vulgarmente llamamos “mercado” es el encuentro, físico o no, de personas que transan, con mayor o menor libertad, bienes y servicios. Abarca desde la feria hasta Wall St.

Tampoco tienen los mercados una especie de Deus ex -machina que determina su funcionamiento, flechándolo contra algunos, como pintan los detractores.

En definitiva, lo que llamamos “mercado” es una de las manifestaciones de los seres humanos en el ejercicio de su libertad. El hombre canaliza su libertad en todas aquellas actividades que conoce, quiere y puede intervenir. Por tanto, las virtudes y los defectos del intercambio comercial de las personas tienen las características de la actividad del ser humano en ejercicio de su libertad: algunas buenas y otras no. Y eso se da en la feria y en Wall St. No hay más maldad en este que en aquella.

No existe UN mercado, estructura enteléquica que funciona con un determinismo maligno. Hay tanta maldad y tanta bondad como la que tienen los que intervienen.

Entonces, ¿por qué levanta tantas pasiones enemigas, tantas condenas?

Primero, porque no es perfecto, (como nada humano lo es) y una de sus imperfecciones es que ocurren en el mercado perdedores y, como todo en la vida, grita más fuerte quien pierde.

Pero además, el mercado, con sus defectos humanos y sus perdedores, compite mal con los ideales teóricos de los planificadores voluntaristas. Las promesas de construir “una nueva arquitectura financiera”, o “un régimen justo y solidario” de reparto de los bienes de este mundo, siempre serán más atractivas.

Algo así ocurre con la democracia, cuyas arrugas son visibles y alientan discursos progres y populistas que ofrecen regímenes más puros y más justos. Churchill decía que la democracia era el peor de los sistemas si se excluía a todos los demás. Pues, si no queremos el funcionamiento de los mercados, ¿por cuál lo vamos a sustituir? Solo quedan los que eliminan o restringen la libertad.

Sirve también la analogía con la libertad de prensa, porque ahí las posiciones se dan cambiadas. Todos han pateado alguna vez, contra el daño que hace la prensa, por su negativismo, sensacionalismo, etc, pero, a diferencia de lo que ocurre con el mercado, cuando se les pregunta si entonces la quieren controlar o suprimir, la respuesta es negativa. Ahí se reconoce que la libertad implica la posibilidad del mal, pero que suprimirla es peor.

El mercado es una manifestación de la libertad del hombre. Si queremos suprimir sus defectos no hay otra que suprimir la libertad.

Acerquémonos al tema sin preconceptos, para ver qué tiene de bueno.

Es el mejor mecanismo para alocar recursos que la humanidad ha conocido. Todos los otros han dado peores resultados.

Asimismo, si es tal, evita la concentración de poder y con ello reduce, no la posibilidad de error, (que la tiene en su esencia), sino la magnitud del daño cuando se erra.

Se crítica al mercado porque se mueve por el afán de lucro, como único móvil. Pues, sí es cierto que la búsqueda de una ganancia está en la base del mecanismo, pero no se sigue de allí que ese afán sea lo único y, además, persistentemente desorbitado. La tesis opuesta, que prefiere un régimen estatal, pensando que ahí no se da el móvil espurio del lucro, debería haber aprendido ya que ni es cierto que actuar dentro del Estado elimina el afán de lucro, y mucho menos que los móviles sustitutivos de ocurrencia frecuente, (el desinterés, la preocupación por el puesto, lo beneficios políticos, el poder y otros), sean superiores.

Desde John Stuart Mill en adelante, algunos, reconociendo que el mercado es el mejor mecanismo para producir, postulan que no lo es a la hora de distribuir y así separan una actividad de la otra.

Tienen un punto, aunque no para justificar que la distribución de lo que una sociedad produce sea hecha por fiat, ya que distorsionaría la demanda y terminaría afectando la producción.

Pero si no caemos en el extremo, la preocupación por la distribución y el reconocimiento de que el mercado por sí solo no es el ideal, nos debe llevar a completar el cuadro: sostener que el mercado es el mejor mecanismo para producir no equivale a postularlo como regla de vida para todas las actividades del ser humano.

Hay suficiente experiencia para saber que hay que tratar de corregir las limitaciones del hombre ejerciendo su libertad. Nadie postula el “mercado salvaje”, la “economía casino” y otros dislates.

Hay cosas, desde el cuidado del medio ambiente, hasta los servicios de salud y aún de educación, (ni hablar de los cometidos esenciales del Estado), que no pueden funcionar con solo reglas de mercado.

Último: recordemos que si bien hay regímenes no democráticos que funcionan con economías de mercado, no hay democracias que funciones sin mercado.

Moraleja: como decía Sócrates, hay que saber distinguir.

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