Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Herrerismo: ¿para qué?

Tiene sentido hoy hablar de Herrerismo? Para muchos parece algo viejo, como aquello del poncho vs. el sobretodo. Nada que ver.

Herrera fue un personaje, a la vez inmenso y pletórico. Abogado, revolucionario, voluntario en la guerra del Chaco, escritor prolífico, periodista, diplomático… Pero por sobre todo, un intenso luchador político. Por el poder, claro, de eso se trata en política. Pero del poder como medio para la defensa de valores fundamentales.

Herrera luchó contra la fabricación de un relato histórico oficial, tejido desde el poder. Algo que deberíamos poder entender muy fácilmente. Luchó contra el voluntarismo soberbio, heredado de la Revolución Francesa e impuesto desde el Estado. El menosprecio por la realidad y la sobre valoración de la voluntad, para fabricar nuevas realidades, a golpe de leyes y decretos. Preconizó el respeto por la realidad del ser humano y la aversión a las construcciones ficticias. Eso incluye no sólo la crítica a los espejismos legiferantes, sino también al encandilamiento por lo extranjero frente a lo nuestro.

Hay dos hilos conductores en el pensamiento de Herrera sobre este punto: por un lado el respeto hacia la experiencia vivida por las sociedades, que no es otra cosa que el reconocimiento, desde una posición de humildad, a la sabiduría de los antepasados. ¿Conservadurismo? Capaz. Pero no es un temor al cambio ni un aferrarse ciegamente a lo que tengo … Más bien se trata de sensatez y respeto. No creérsela como se dice hoy. La otra veta proviene del mismo origen y es darle preeminencia a la razón sobre la voluntad, a la hora de encarar la realidad política.

Herrera luchó contra el estatismo todopoderoso, de donde provenían los pujos iluministas. En aquella época, ese Estado era la encarnación del Partido Colorado, en su apogeo batllista. La crítica filosófica a los intentos fallidos por imponer modelos dogmáticos de origen extranjero, se convierte, en la realidad oriental, en compromiso político de resistencia y oposición al jacobinismo en el poder.

La expresión más típica de esta visión la da Mena Segarra en uno de sus libros, narrando una anécdota de la revolución del ’97: un diálogo de un vecino con un paisano que va pasando, montado en un tordillo, divisa en el chambergo, poncho blanco y armado hasta los dientes: “qué pasa don?” La respuesta rebosa filosofía: “se sublevó el gobierno”.

¿Contra qué? Pues, contra lo que está por encima del Estado y del poder: el hombre y su libertad.

Herrera, que había vivido bastante tiempo en Europa y Norte América, tenía un profundo sentido de la nación, nutrido de un afecto igualmente profundo. Al decir de Laura Reali, Herrera “participa de la idea de una excepcionalidad uruguaya… la vía elegida no fue la de exaltar el carácter cosmopolita del Uruguay, sino la de poner de relieve sus especificidades históricas, raciales y culturales. Es el nacionalismo cargado, sí, de sentimiento por la patria, pero de un sentimiento de firmeza en la paz. No es una fuerza expansiva, dogmática, hostil al otro, excluyente, reaccionara.

Nace de aquella concepción respetuosa de la realidad, de su construcción por las generaciones pasadas, apreciativa de las cualidades, pero con los ojos abiertos a los defectos. No cree ser mejor que todos. Apenas lo mejor para nosotros, hoy, ahora.Herrera fue la mayor parte de su vida opositor y como tal un defensor: “Defensor de las Leyes”, con lo que eso significaba en su época y vuelve a significar ahora (por encima de lo político). También defensor “Por la Patria”, que implicaba no sólo reivindicar la libertad ante los mandones sino, antes y primero, a la nación, de su absorción y deformación por el Estado, a manos de los iluminados en el poder. Defensor del relato histórico auténtico, frente a quienes querían (como hoy quieren), rescribir la historia, ajustándola a sus dogmas y a sus fines.

Hemos visto como el relato histórico batllista, triunfador y hegemónico a lo largo de muchos años, está siendo primero absorbido y luego mutado en el relato de la izquierda, hoy política y culturalmente dominante. Qué importante entonces es volver a entender a Herrera y revigorizar con él las raíces del Partido, regadas por las tradiciones partidarias y de ahí rescatar al Uruguay de su deformación cultural, que lo ha hecho mediocre, desconforme y pesimista.

El Herrerismo trascendió a Herrera. Wilson, genio intuitivo de la política lo captó perfectamente.

En el Uruguay de hoy hay tres corrientes de pensamiento político:

-El batllismo, el primer batllismo, anhelando la construcción europeísta del país a partir del Estado. Muy disminuido, pero aún existe.

-El socialismo, tironeado entre un carozo marxista que se resiste a morir y un espejismo rousseauniano, convencido de su iluminismo voluntarista.

-Y el Herrerismo: con su foco en la realidad, con respeto y orgullo por lo nuestro, basado en el hombre y su libertad.
Cuanto más lejos quieras ver el futuro, más hondo tenés que mirar tu pasado.

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