Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

No hay democracia ingrávida

Más allá del Covid (¡por una vez!) buena parte del mundo vive una crisis de la Democracia. Giletes jaunes, Brexit, Trump. Bolsonaro, fragmentación política, como en España e Italia, asonadas en Chile y Ecuador, desaparición de partidos tradicionales, como en Francia...

No es la primera vez que la Democracia parece tambalearse. Recordemos que en los ’60 fue objeto de estudios por la famosa Comisión Trilateral. Pero aquella crisis fue por el auge de gobiernos de fuerza, en el Tercer Mundo y aun en Europa (Grecia , p.e.)

Hoy el angst y las causas son otras.

Pero el fenómeno tiene un fondo que es el mismo: la Democracia no genera entusiasmo. Tampoco adhesión, en muchos lados, ni siquiera aceptación.

Estos impulsos están, en vez, enfocados hacia fenómenos como el populismo, el nacionalismo y el fanatismo religioso.

¿El defecto está en la Democracia contemporánea o es atribuible a las sociedades? Urge plantearse el problema porque el panorama es negativo y tiende a empeorar. De última, la Democracia es un orden de convivencia, basado en ciertos principios: la libertad, la igualdad, las mayorías y el respeto a las minorías, para sintetizar al máximo. Todo lo cual suena fenómeno, pero no nos ayuda a descubrir dónde está el problema.

Más allá de cualquier definición científica, una Democracia, para funcionar, requiere la comprensión y el apoyo de la sociedad. La gente, (en su mayoría, al menos), debe apreciarla o, por lo menos, entenderla (y aceptarla).

Eso, en sus comienzos históricos, no era muy difícil: la Democracia nace como un juego, muy nítido, entre dos actores, la monarquía y los súbitos económicamente fuertes. La cosa se complica a lo largo de los años en la medida en que van ingresando nuevos actores al juego de la Democracia, pero aun así, el sistema tiene su apoyo y su coherencia basado en los principios liberales que inspiraron su creación. Mientras duraron. El liberalismo se fue apartando de sus raíces filosóficas cristianas y así perdiendo coherencia y autoridad. Como dice Francis Fukuyama. “Las modernas sociedades liberales son herederas de la confusión moral dejada por la desaparición de un horizonte religioso compartido”. Así, el liberalismo fue dominado por el individualismo y luego diluido por el romanticismo y el relativismo. Si al final lo que vale es lo que a mí me parece, se hace muy difícil sostener un orden de convivencia.

A partir de la II Guerra, el sostén de la Democracia fue no ser “lo otro”: la oposición frontal, primero al fascismo y al nazismo y luego la larga Guerra Fría, con su “virtud” de dejar bien claro quiénes éramos los buenos y quienes “los otros”. Marx ayudó mucho a mantener el vigor de la democracia en Occidente.

Pero cuando desapareció la amenaza marxista, los apoyos positivos, neoliberales, muchas veces provistos de más entusiasmo que de sentido filosófico, empezaron a hacer agua.

Es interesante ver como en nuestro país todos se aferran a la Constitución como su premisa básica de ordenamiento y convivencia social: ¿lo hacen porque creen en sus principios jusnaturalistas? Obviamente que no. Simplemente porque no queda otra premisa sobre la que apoyarse.

La Democracia se ha convertido en algo que no me llega y que no me aporta.

En cambio, el odio al otro (extranjero, rico, infiel), eso sí me llega y me moviliza.

El Uruguay no vive algunos fenómenos que vemos en otros lados y que ahí están destrozando a la Democracia, como los nacionalismos, los populismos y el fanatismo religioso, pero comparte un sentimiento, algo indefinido pero real, de tedio hacia la Democracia (y, como consecuencia, de menosprecio por el Estado de Derecho).

Por último, hemos olvidado algo que desde Pericles, pasando por los estoicos, los escolásticos, los padres fundadores americanos y los principales pensadores liberales (clásicos) era valor entendido (y necesario), para la Democracia: la virtud.

Fukuyama otra vez: “Muchas teorías de la democracia moderna han argumentado que una aceptación pasiva de un credo democrático no es suficiente para hacer que el sistema funcione... Una democracia exitosa, (sostenía Alexis de Tocqueville), requiere ciudadanos que sean patrióticos, informados, activos... y dispuestos a participar en asuntos políticos”.

Y dice algo más impactante: que el destino de toda democracia que sea culturalmente diversa y quiera sobrevivir es ser una nación creyente (a creedal nation). Da para varios artículos más.

A fin de los ’60s y comienzos de los ’70s, la sociedad uruguaya mostró tedio y prescindencia y eso fue leído por iluminados -primero de izquierda y luego de derecha- como el llamado a convertirse en salvadores.

Hoy no estamos ahí, pero no porque la Democracia esté funcionando como debería.

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