Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

El fracaso de Trump

La mayoría de la opinión pública no norteamericana ve en Trump a un histrión, un soberbio, un ególatra, un mentiroso y un sátrapa.

Perdió las elecciones.

Entonces: ¿fracaso total y muerte política?

Problema: sacó más de 74 millones de votos.

Creo que con la excepción de Biden, Trump es el candidato con mayor votación de la historia de los EE.UU. Y ni siquiera se tomó el trabajo de hacer (o mandar a hacer)) un programa de gobierno para la campaña electoral, ritual de rigor en el juego político. La gente lo votaría a él, qué programa, ni programa.

Y así fue.

¿Cómo se explica esto?

¿No es peligroso para la Democracia?

¿Puede ocurrir en otros lados, o es un fenómeno sólo made in USA?

Empecemos por el medio: sí es un fenómeno muy peligroso. No ocurrirá hoy lo mismo, pero el último histrión, soberbio, ególatra, etc. etc., electo popularmente dominó buena parte de Europa y detonó la mayor guerra que ha conocido la humanidad.

Porque los Donald’s y Adolph’s concitan apoyos enardecidos para cruzadas de rechazo al sistema democrático y a los límites y constreñimientos del Estado de Derecho y de la moral judeo-cristiana. A veces esos pujos sólo llegan a la destrucción de viejos sistemas de partidos, lo cual no es poca cosa, pero nada asegura que pararán ahí.

De todas maneras, son siempre opciones personalistas, auto proclamadas como outsiders, que precisan de mucho odio, tanto para endiosar al líder, como para derrumbar el sistema y una vez que se instale el odio en la política, es muy difícil hacer que la Democracia funcione (véase EE.UU., Argentina, España, Italia...).

La Democracia se basa en la negociación, la transacción y la convivencia. Imposible si el diálogo es sustituido por el insulto y la amenaza.

¿Puede esto ocurrir en otros países?

Claro que sí. De hecho, la democracia de la destrucción del enemigo (ni siquiera es considerado adversario, del viso letal de las mayorías, para transformar a la ley y aún al Poder Judicial, en herramienta del poder, de la manipulación de las noticias... todo eso se está dando en los países ya nombrados y en otros más. A veces no discurre por canales de populismos autoritarios, sino de reacciones populares violentas y sorpresivas que arremeten contra todo (Chile).

Entonces, ¿cómo se explican estos fenómenos? Porque si no alcanzamos a entender las causas, es imposible prevenirlas o combatirlas.

El tema es complejo. Las causas son múltiples y de diversa incidencia en lo diferentes países.

Para empezar, la Democracia es una construcción en constante flujo que, aunque parezca paradójico, precisa para su funcionamiento ciertos elementos que, a la vez son fuentes internas de debilidad y aún de crisis.

El primero de ellos es la libertad de expresión. Sin libertad de expresión no puede haber Democracia plena. Pero, la libertad de expresión en una Democracia se encarna den la crítica. Cada vez más, las oposiciones y los medios ocupan el grueso de su ejercicio de libertad de expresión en criticar a los gobiernos y dar noticias negativas, todo lo cual significa una erosión permanente para la Democracia.

Ese fenómeno, que es de siempre, se ve potenciado por otros dos, más contemporáneos: la complejidad de los temas en que la Democracia se involucra (o la involucran) y los cambios en el mundo de las comunicaciones. Los ciudadanos se ven bombardeados cada vez más por cada vez más temas a través de cada vez más medios de comunicación. Eso lleva a dos reacciones: por un lado desinterés (no me compliquen la vida) y por otro, simplificación. Aquí juega el nuevo mundo de las redes, que permite elegir mi realidad y vivir dentro de ella, anclado en la convicción de que quienes no la compartan son los “malos” y punto. Cada vez hay más gente que no se informa. Algunos se quedan en eso, la ignorancia, pero otros sustituyen la información por la “alimentación” que proveen los tweets y similares.

La libertad, parte de la esencia de la Democracia, le plantea a ésta algunos problemas más.

Para empezar, comparte esa esencia con la igualdad, en un equilibrio de constante tensión donde, además, ambas han ido evolucionando desde sus contenidos originales, en los albores de la Democracia.

La libertad que era el concepto liberal de ausencia de constreñimientos externos, pasó al de una libertad “positiva”, la libertad “para”. En paralelo, la igualdad de los comienzos era la jurídica (ante la ley), mientras que con el tiempo se ha consagrado (cada vez más) la concepción de igualdad material.

Ese camino, unido al del crecimiento de los padrones electorales (la Democracia original era entre hombres propietarios), ha desembocado en que las democracias deben ocuparse cada vez más de más temas (expectativas, cuando no “derechos), con la resultante, obvia, de no satisfacer plenamente prácticamente a nadie.

El Estado ha devenido en un mastodonte, carísimo y burocatizado, que todos critican pero nadie se anima a desmantelar.

Ese cocktail, muy rápidamente descripto, es el caldo de cultivo de los Trump contemporáneos.

El paraíso de los outsiders no se llama Democracia. Usa otros espejitos.

El problema es serio y es real y como termina afectando a todos, es tonto dejar su solución a los políticos.

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