Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Es la Filosofía, estúpido

Calculo que, si hoy día un asesor de alguno de los candidatos le sugiriese eso, lo sacarían carpiendo.


Sin embargo, esa es la realidad (y no solo en Rodelú).

Prácticamente todos coincidimos en que mucha cosa anda muy mal: en la convivencia, en el funcionamiento de la Democracia y, ni que hablar, del Estado. Probablemente, nuestra reacción normal sea atribuir causas y síntomas a fenómenos económicos y/o políticos.

Quizás añadiríamos la existencia de intereses y de factores culturales. Todo bien. Pero no completo: en la raíz de esos factores, económicos, políticos, culturales, hay graves problemas filosóficos:

Pocos son los que no le disparan a la filosofía, por teórica, aburrida… y al cuete. ¿Qué tiene que ver con el mundo real, con la vida cotidiana?

Todos los grandes filósofos construyeron su pensamiento a partir de sus experiencias e inquietudes concretas. Empezaron preguntándose cómo debía estructurarse la convivencia, las relaciones entre los seres humanos y, siendo fulanos con rigor científico, lo primero que se les plantea es si el hombre está capacitado para conocer la realidad.

Si el conocimiento no es posible, nada podrá juzgarse ni afirmarse sobre lo que está bien y lo que no, sobre el sentido de la vida y de las cosas. Así, tuvieron que empezar por la otra punta: primero analizando el saber (la epistemología). Concluido que el saber es posible, ¿qué nos dice sobre el ser humano? ¿Cómo es? ¿Qué sentido tiene? (Antropología). Luego, las mismas preguntas aplicadas al universo físico que nos rodea, para después desembocar en las inquietudes que, en primer lugar, gatillaron todo el ejercicio: las referidas a la ética y a la política.

¿Cómo nos iría hoy si aplicamos este íter a lo que vemos por ahí?

-Epistemología: la llamada posmodernidad, precedida del romanticismo y seguida del fraca- so del socialismo real, terminaron poniendo todo en tela de juicio, desembocando en una com- binación de relativis- mo y de lo que Alasdair Macintyre llama “emotivismo”.

Nuestro discurso no cambió mucho, seguimos opinando y emitiendo juicios como si existiera un orden que distingue bien de mal y normal de anormal, pero a la hora de tener que resolver formalmente, los criterios van de: “a mí me parece” a (peor), lo que a la mayoría le parece.

-Antropología: si no se puede afirmar casi nada como universalmente cierto y valedero, tampoco reconoceremos que el ser humano tiene una estructura y una razón de ser. Ejemplo palmario de esto es la llamada “ley trans”, que determina, a texto expreso, que el sexo en el ser humano no es más que una imposición convencional. En definitiva, el hombre vive porque nació, sin otra explicación ni razón de ser. Admitimos y hasta promovemos su existencia, pero negamos su esencia.

Esto no es pura elucubración filosófica colgada en la teoría: si todo es relativo, si prima “como yo lo veo” o “yo lo siento así”, si el ser humano es algo así como un accidente con motor propio, no puede sorprender que desaparezcan los mojones de la ética y que la política pasa a ser aquello que determina la voluntad (o la cultura) mayoritaria.

La ley ya no será un ejercicio de la razón que busca descubrir los parámetros de la realidad. Pasa a ser el producto de la voluntad del legislador, que cree poder hacer (y deshacer) nuevas realidades. Tampoco tendrá el gobierno de una sociedad la finalidad de promover el desarrollo del hombre para que alcance el bien común. En vez, le dirá qué debe y qué no debe hacer, para estar de acuerdo con el molde (o modelo).

En apariencia se fomenta la libertad (lenguaje, vestimenta, apariencia, sexualidad, liberación de obligaciones sociales y hasta económicas…), pero al mismo tiempo, se le impone al hombre la obligación de la igualdad material: estará obligado a reconocer todo un universo de derechos reclamados por lo que ahora se llaman colectivos (incluye sindicatos), y no será libre para elegir cosas básicas como la educación de sus hijos, la organización de su propiedad o la búsqueda de su desarrollo personal. Podrá cambiarse el sexo, pero no comer con sal.

¿Por qué sorprenderse entonces con las realidades de anomia, descontento, populismo y demás que han pasado a poblar nuestro vivir cotidiano?

Llegó el momento (está pasado en realidad) de que hagamos un alto y nos pongamos a pensar en algunas cosas básicas, en dónde fue que erramos el trillo y por qué nos equivocamos.

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