Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Sin excusas ni fantasías

Hoy, octubre 27 del 2019, es tu día. Hoy no se puede hablar de “ellos”, de “los políticos”. Hoy tú no sos ni oyente, ni espectador. Sos actor. El actor.

Hoy tenés que votar y no sólo debido a que existe una ley que dice que es obligación hacerlo. Porque votar no es sólo meter un sobre en una urna, sin importar mucho cuál sea su contenido. Tu voto de hoy tiene que ser el fruto de tu mente y de tu voluntad, del esfuerzo por informarte, por pensar y por decidir a conciencia. Apenas vencer la pereza, postergar prender el fuego para el asado y meter cualquier cosa en la urna, no es cumplir con el deber ético de votar.

Hoy no hay excusas.

No vale decir que no entendés, o que todos son iguales, o que tu voto de nada sirve. Tiempo hubo más que suficiente como para que te formaras una opinión sobre los partidos y los candidatos. En países como el Uruguay es mula decir que no podés saber quién es quién y qué hizo (o no hizo), cada cual. Con la posible excepción de Manini Ríos y eso relativamente, tanto los partidos como las personas, sus ideas y postulados, son archiconocidos. Más aún, en muchos casos, todos ellos, candidatos y propuestas, son repetidos.

El hastío, la apatía o el desinterés no son actitudes aceptables. De ellos salen los outsiders peligrosos y los Brexits.

Pero tampoco vale que te refugies en el voto para después no hacer nada y pasarte el día pateando contra el gobierno y todo lo que ocurre en el país que no te gusta.

El voto es necesario a la Democracia, pero no suficiente. Es el primer deber del ciudadano, pero no el último, ni el único.

Hay dos errores conceptuales muy comunes a las democracias contemporáneas y que explican en buena medida la crisis por la que ella está pasando, en Europa, en Norteamérica y en la nuestra, aquí más al Sur.

Primero, la inflación de expectativas: independientemente del signo ideológico y de la mejor o peor gestión de los gobiernos, la mayoría de las sociedades occidentales están viviendo situaciones de insatisfacción, cuando no de violenta reacción frente a sus gobiernos: Francia, España, Canadá, Ecuador, Argentina, Chile… Hay más ahí que malas gestiones.

En la mayoría de los casos se trata de sociedades que han venido montando, por aluvión, un nivel de exigencias que ningún gobierno puede satisfacer, salvo en coyunturas especiales de bonanzas. El Estado, herramienta usada desde hace siglos por las democracias para ir al encuentro de las demandas crecientes de las sociedades, provenientes de electorados también expandidos, hace tiempo que ha entrado en un proceso de rendimientos decrecientes. Con frecuencia, de ser la solución, el Estado ha pasado a agudizar el problema. Y ante su fracaso, la gente, que no distingue Estado de Democracia, echa a ésta las culpas que provienen de aquél, optando por patear contra la Democracia en vez de exigir que el Estado cambie, radicalmente.

En segundo lugar y muy emparentado con lo anterior, vivimos una época de enorme desequilibrio entre derechos y deberes. Una señora, amiga de mi abuela, solía decir, con tanta sabiduría como humor, que el problema de la vejez es que los placeres disminuyen todo el tiempo, pero los pecados siguen siendo los mismos y algo de eso le está ocurriendo a la Democracia.

Los griegos ya sabían que para que una democracia funcione, es necesario que el pueblo ejerza lo que llamaban la “virtud”, que no es otra cosa que los deberes propios del ciudadano.

Hoy todo el foco está puesto en “mis” derechos. Deber es aquello que el gobierno, a través del Estado, debe imponerle a los demás, para asegurar “mis” derechos.

El Uruguay está pasando por un momento muy difícil. No lo arreglará el que gane por el solo hecho de ganar.

Gobernar es administrar expectativas con herramientas escasas. Es imposible hacerlo si la sociedad patea constantemente para el otro lado. Pregúntenle a Macri.

La legitimidad de un gobierno empieza por lo formal: ser votado. Pero para funcionar después precisa de la aceptación democrática de la sociedad y que no sea meramente pasiva. Los que atentan contra las democracias siempre empiezan por cuestionar su eficiencia. Después proponen fórmulas “novedosas” de cómo mejorar la eficiencia recortando el funcionamiento formal y de ahí pasan a inventar nuevas formas de “legitimidad”.

Para poder seguir viviendo en Democracia, primero hay que votar a conciencia y después ser consciente de que necesita el ejercicio activo de la virtud.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)