Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Erramos el bizcochazo

El tema de la apertura comercial tiene algo de aquella descripción que hacía Churchill acerca de Rusia: una adivinanza, envuelta en un misterio, dentro de un enigma. O, quizás, un campo fértil para el macaneo. En todo caso, es bastante increíble.

Por un lado, debe ser prácticamente el único punto sobre el que los economistas, (salvo los muy marginales), concuerdan y en el que los historiadores no tienen dos interpretaciones: la libertad de comercio no será una panacea universal, ni saca ganadores de una a todos los habitantes del planeta, pero sí favorece el crecimiento económico y la mejora de los niveles de vida en forma generalizada.

No a velocidad uniforme para todo el mundo, pero sí en la buena dirección.

Pues, a pesar de ello, es una materia donde se escuchan los dislates más egregios y en ningún lado más que acá, (bueno, no conozco Corea del Norte).

No queremos saber nada de un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos. Tampoco nos gusta arrimarnos a la Alianza para el Pacífico. Últimamente, ni siquiera el mini Tratado de Libre Comercio con Chile nos cae bien.

Los argumentos esgrimidos por una parte de la izquierda vernácula para oponerse a este último son de antología.

Empiezan por decir que están en contra porque no lo conocen bien, (acusan al gobierno del Dr. Vázquez de no haber cumplido con la obligación de informarlos cuando empezó a negociar), cosa que los habilita a sostener que "podría poner en entredicho la subsistencia de sectores clave o el desarrollo de áreas estratégicas" (El País 21/10/17).

Eso no sería nada si no fuera porque, además, es el tipo de acuerdo que "presenta cláusulas de nueva generación" (sic), lo que lleva a los críticos progresistas a "pensar que se quiere allanar, con la firma de este acuerdo, el camino para el ingreso del Uruguay en el TISA y en el TPP".

Cuando no: ¡el Imperio siempre al acecho!

A decir verdad, para carecer de información sobre el tema, son muy contundentes en sus opiniones.

Pero no sólo sabemos lo que no nos gusta, también lo que sí aprobamos: queremos más y mejor Mercosur. ¡Eso! Seguro que también la vuelta de Obdulio y la guerra de Corea.

Es que no estamos entendiendo.

Los acuerdos comerciales no son para garantizar el statu quo. Ni para generar rentas. Son para cambiar y para apostar.

Hay que empezar por ahí. Por preguntarnos qué queremos (o, mejor, en qué creemos): la chancha y los 20 reales, obvio. Pero no están. Así que mejor pensemos un poco más.

Si somos felices como estamos y, además, creemos que el mundo funcionará como nosotros queremos que funcione, entonces tienen razón en oponerse a firmar acuerdos comerciales. Significaría que todo el resto del mundo está equivocado (salvo Corea y nuestros vecinos, hasta ahora) y que a los equivocados les va mejor que a nosotros pero, en fin.

Ahora, si miramos alrededor y vemos que el mundo funciona de otra manera, que los tiempos cambian, tanto de exigencias como de velocidad, mientras que a nosotros se nos escapan las tortugas, entonces hay que parar de macanear.

Cuando yo era chico, Porto Alegre no se comparaba con Paysandú; cuando visité España y Portugal por primera vez, me impresionaron por su pobreza y atraso y a Colombia, directamente no se podía ir. Hoy, nosotros estamos igual y ellos…

Ni que hablar de lo que ha pasado en Oriente: China, Malasia, Corea, Vietnam…

El Uruguay no tiene la opción de pretender congelar el tiempo. Es un espejismo que nos va adormeciendo y envenenando. Que explica nuestro inveterado estancamiento, apenas sacudido de tanto en tanto, por vendavales externos favorables.

Precisamos abrirnos al mundo, entre otros motivos, para despabilarnos.

Pero entonces hay que tener presente que se celebran acuerdos de apertura comercial para cambiar y que cambiar implica, entre otras cosas, esfuerzo e incertidumbre y también que habrá ganadores y perdedores. El país en su conjunto y la mayoría de los orientales, ganarán. Pero no todos y los que ganen no lo harán todos por igual.

El mundo es así. No como nos gustaría que fuera, sino como es.

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