Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Democracia, con pies de barro

Más allá de definiciones académicas, la Democracia no se sostiene por sí sola.

“Es el gobierno por las mayorías”. “Es el régimen para proteger los derechos individuales” Todo bien. Pero insuficiente.

Para empezar, ha habido muchos casos de regímenes mayoritarios desastrosos y opresivos y, en cuanto a los derechos individuales, se nos perdieron los mojones. Ya no sabemos cuáles son (o cuáles no son), lo que está llevando a absurdos y a más encono que convivencia.

Para sobrevivir, la Democracia tiene que tener sentido y fundamentos y hay que buscarlos fuera de ella misma. En los ’50 y ’60 los americanos se lanzaron a querer imponer la democracia en el mundo, como si fuera la Coca Cola y no les fue bien. Nation building, lo llamaron. El último ejemplo fue Afganistán.

En sus comienzos, tanto del modelo griego de Democracia, como del moderno, los fundamentos fueron religiosos. Luego, en ambos, se produjo una reacción contra la prevalencia de las soluciones religiosas, lo que provocó, también en ambos casos, esfuerzos por postular fórmulas sustitutivas, filosóficas, que fueran universalmente aceptables.

Es interesante notar que, enfrentados a la misma situación, los pensadores griegos clásicos y los europeos racionalistas, recurrieron a los mismos derroteros: reflexionando sobre la realidad del universo y la del ser humano, concluyeron en que era evidente la existencia de un orden, al que llamaron natural y que detrás de ese orden debía de haber un creador.

Así, durante siglos, las sociedades se rigieron por normas fruto de la percepción racional de la realidad: el orden natural es racional, como lo es el hombre y eso permite a este el conocerlo y explicitarlo sistemáticamente (no inventarlo a pura voluntad, como si él fuera el creador).

Pero esta filosofía fue contestada, usando lo que se consideraba eran argumentos científicos, a partir de la teoría de la evolución. Darwin habría probado científicamente que todo se explica por evolución. No hay creación. Entonces tampoco un creador racional y, por ende, chau Derecho Natural.

Soltada esa argolla filosófica, la búsqueda de principios explicativos como que perdió la manija. Si no hay un orden externo a mí, todo saldrá de mí: estará bien o mal según yo lo vea o, siguiendo a los románticos, según yo lo sienta.

Pero claro, por ese camino es difícil ponerse de acuerdo y si lo logramos, puede cambiar en cualquier momento.

Con esos fundamentos la Democracia no funciona. Sus acciones (y sus omisiones), o me son ajenas o, peor, me caen mal. De ahí la realidad que están viviendo muchos países, entre la apatía de la mayoría (que ni se molesta en votar) a las distintas formas de rechazo, que van desde los intentos de usar mecanismos de democracia directa, a la fragmentación de los partidos, el fomento de los populismos, hasta las asonadas chilenas y el asalto al congreso americano.

No hay sustentos sólidos para la vida en Democracia. Es hora de volver a pensar en ellos.

Es claro que no se puede imaginar la vuelta a fundamentos religiosos (lo que pretende parte del Islam), pero tampoco podemos seguir así.

Al final, de todas las opciones barajadas por el hombre, la tesis de un orden natural es la más aceptable. Los reparos científicos contra la existencia de una realidad creadora, anterior a la evolución, nunca fueron tales, y el Big Bang los terminó de aventar.

Nada hay de absurdo en razonar a partir del orden obvio que se percibe, tanto en la naturaleza como en la composición del hombre. Por otro lado, las normas que se dictan basadas en estos criterios, no suelen caer en los absurdos voluntaristas producto de la ética posmoderna.

Reparemos en el caso de nuestro país: abandonamos hace años la teoría del derecho natural (abrazando a Kelsen y otros huecos filosóficos) y terminamos apoyando todo nuestro ordenamiento jurídico en lo único que consideramos intocable (tratando de que no se vaya todo por el caño): la constitución, y resulta que esa estructura intocable es, ni más ni menos, una constitución jusnaturalista.

Al abandonar el derecho natural sustituimos a la realidad objetiva por el reinado de nuestra voluntad, ejercida sin fundamentos filosóficos.

Entre el relativismo y el derecho natural ¿qué es preferible?

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