Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

¡Es la cultura, estúpido!

Quizás no electoralmente. Quizás el famoso consejo a Clinton, (la economía) todavía sea lo predominante para el Uruguay. Pero lo que se juega el país va bien más allá de la economía.

La campaña toca (a veces) temas puntuales muy serios: seguridad, desempleo, déficit fiscal, estancamiento económico, fractura social… Y está bien. Todo eso es real.

El problema está en que, si vemos la realidad como un rosario de temas puntuales, en el mejor de los casos, a la hora de pensar en soluciones imaginaremos otro rosario, más o menos espejo, de medidas individuales, cuando la realidad es algo más complejo, más difícil y más profundo que una sumatoria de muñecos que puedan voltearse de a uno.

Enfrentamos un grave y complejo universo cultural, del que salen esas diversas manifestaciones que nos chocan. Nuestro problema es cultural.

Cultura entendida, propiamente, como el universo de ideas, valores, recuerdos, sentimientos… que informan y condicionan las posiciones políticas y sociales.

Es algo muy hondo, muy prevalente y muy difícil de cambiar.

Nuestra cultura es particularmente conservadora. Gestada en el batllismo y en una coyuntura histórica de bonanza económica posbélica, fue más recientemente absorbida por la izquierda, que la revigorizó y al hacerlo, está alejando al país del mundo.

Los parámetros culturales con los que vivimos son cada vez más diferentes a los del resto del mundo o, por lo menos, al resto que marca el paso.

Podrá no gustarnos, quizás nuestros parámetros sean, filosóficamente, mejores. El tema es que las prácticas reales son, a la vez, distintas y dominantes. Capaz que somos los únicos buenos en un mundo malo. Capaz. ¡Qué lástima! Igual marchamos.

Tenemos una cultura del Estado que ya nadie sostiene (bueno, a excepción de Cuba y Venezuela). La izquierda terminó descubriéndolo, pero no se animó a enfrentarlo: la “madre de todas las reformas” de Vázquez terminó en el “no me la llevan” de Mujica. Ni la evidencia del descalabro protagonizado por Sendic ha sido suficiente para reconocer públicamente que el estado uruguayo no es, ni puede ser, la herramienta soñada de producción necesaria y distribución justa. Con la estructura que tenemos, de protagonismo estatal, directo e indirecto, nos alejamos cada vez más de poder exportar mano de obra, única forma de crecer para un país chico, carente de riquezas naturales extraordinarias. Ni el Mides sanará los males sociales, ni el Ministerio del Interior nos cuidará (ni a nosotros, ni a nuestros presos), ni los MEF, MIEM, MGAP, OPP, CND, Ancap, UTE y el resto de la sopa de letras, nos arrimará a los parámetros de productividad que nos permitan jugar en el escenario mundial.

Tenemos una cultura de la libertad, víctima de lo anterior que ahoga el desarrollo del ser humano, su creatividad, su entusiasmo por superarse y apuntar a la excelencia.

Esto, a la vez, permea nuestra cultura de la educación. Nos dejamos mentir de que la formación de una persona no tiene nada que ver con sus posibilidades económicas de vida. Educamos para el reclamo de derechos y la exigencia de igualdad, sin tener la menor idea de quién y cómo nos van a regalar la satisfacción de nuestros “legítimos derechos”.

Nuestra cultura empresarial vive arrinconada por la falta de posibilidades, en medio de un ambiente de desconfianza y aun de hostilidad. El éxito no llama al reconocimiento, sino que invita a la sospecha y a la envidia.

Tenemos una cultura del trabajo embarcada en un TGV, sin escalas, con destino al precipicio. La manija de los sindicatos, ambientada y alentada por los gobiernos frentistas, es hacia una realidad laboral cada vez más despegada del mundo. Ver el trabajo exclusivamente en términos de “derechos adquiridos”, es no percibir el grado de ineficiencia que tiene el supuesto valor agregado nacional. No es un tema de deseos, ni aun de principios: en los hechos somos cada vez más caros, cada vez menos competitivos. Antes era solo un problema industrial y nos rebuscábamos gracias a que nuestros vecinos eran iguales o peores. Hoy ya no somos competitivos ni siquiera en el turismo y en las actividades agropecuarias que emplean algo de mano de obra.

Visto desde otro ángulo: el ser humano actúa de una manera u otra según sean sus valores y nosotros hemos distorsionado valores básicos, condicionando nuestra forma de vivir.

Tanta inflación le hemos metido al tema de los derechos (de algunos), que recortamos o aun eliminamos aquellos que están en la esencia del ser humano: su vida, su libertad, su propiedad. Llevamos la igualdad material al lugar más alto de la escala de valores y todos sabemos que la única manera de igualar es hacia abajo y a la fuerza. Conseguimos menospreciar la ambición y la excelencia, no solo relativas al bienestar económico, sino a temas ontológicamente anteriores, como la educación y el desarrollo personal.

Quizá sea imposible, o al menos muy difícil, hacer una campaña electoral en función de estos elementos, pero quien piensa votar sin tenerlos en cuenta la errará feo y quien gane y los ignore, fracasará estrepitosamente.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)