Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Los Consejos de Salarios

El Frente Amplio ha sido muy hábil en su propósito de reescribir la historia nacional. Es otra de las cosas que aprendió del batllismo.

El Frente Amplio ha sido muy hábil en su propósito de reescribir la historia nacional. Es otra de las cosas que aprendió del batllismo.

Así, mucha gente joven cree que los Tupamaros fueron una reacción contra la dictadura militar, lo que los justificaría. Cuando la historia fue exactamente al revés -lo que no justifica a los militares golpistas.

La fantasía histórica es muy prevalente en materia económica habiendo impuesto en el imaginario colectivo que el Uruguay vivió, allá por los noventa, un caos neoliberal en el cual reinaba un despótico e inhumano mercado, que llevó a privatizar el patrimonio de todos nosotros, a sumir a la población en la miseria (al punto que, según el Dr. Vázquez, los niños comían pasto) y en el desempleo -Mónica Xavier dixit- llegó a niveles del 20%.

Dentro de esa mitología también está la derogación de los Consejos de Salarios por parte del gobierno del Dr. Lacalle, lo que hundió al salario real e hizo crecer el desempleo a los niveles de la fantasía xavierana.

Harry Potter, un poroto.

Ni hubo jamás un Uruguay neoliberal, ni los niños uruguayos se alimentaron alguna vez a pasto, ni fueron derogados los Consejos de Salarios.

Concentrémonos en esta parte de la historia fantaseada, que muy bien viene al caso en los tiempos que corren, donde el tema salarial está en el candelero.

Como decía, el gobierno del Partido Nacional nunca derogó los Consejos de Salarios. Sí dejó de convocarlos allá por 1992. ¿Por qué? Ciertamente no por un perverso placer de perjudicar a los trabajadores.

El país vivía una situación económica muy dura, infinitamente más que la actual. A los dos meses de asumir la inflación pegó el 129%, la producción estaba en caída, el déficit fiscal superaba aún el actual… Eso y bastante más había heredado el gobierno Lacalle.

En ese contexto, el sistema de los Consejos de Salarios era un acelerador de la inflación y presionaba fuertemente en contra del empleo. Precisamente los dos factores que el gobierno está viendo hoy y que lo llevaron -al no tener el coraje de desindexar expresamente, como anunció Juan Castillo- a quebrar el mecanismo de la negociación por la vía de fijar “pautas”.

Es que el sistema de negociar salarios que tenía nuestro país y que volvió a tener con los gobiernos del Frente, es macanudo para el trabajador en tiempos de expansión (cualquier sistema es bueno en la abundancia) pero se torna perverso cuando la economía se pone tirante. Es muy rígido, tanto en las oportunidades de negociar, que no son de libre decisión por las partes, como en la obligación aplicable a todas las empresas de negociar por rama, llevando a una mecánica de espiral ascendente inevitable (ningún dirigente sindical se va a sentar a negociar pidiendo que no haya aumentos). Todo eso empuja los costos y los precios para arriba, favoreciendo el desempleo.

¿Qué ocurrió cuando se dejaron de citar los Consejos? ¿Subió el desempleo, como dice la Sra. Xavier? ¿Cayó el salario real? Pues no. Ni lo uno, ni lo otro.

En cambio sí cayó la inflación a casi la cuarta parte, al tiempo en que la economía creció los cuatro años de gobierno (y nadie comió pasto).

Los desequilibrios que el gobierno de Vázquez ha heredado de su predecesor no son tan dramáticos como los de 1990, pero existen: alta inflación, economía en desaceleración, creciente desempleo, país caro… En ese contexto, dejar funcionar los Consejos de Salarios es muy riesgoso. El gobierno lo sabe, pero no puede plantear un cambio de fondo. Ni su ideología se lo permite, ni su gente se lo tolerará (así fue la biaba que le dieron a Castillo, cuando osó mencionar el término “desindexación”). Lo que podríamos llamar “camino Lacalle”, que dio resultados positivos para la gente, le está vedado. Por eso optaron en vez, por el “camino Pacheco”: las pautas son una especie de mini Coprin. Lo más parecido a la fijación administrativa del salario, pero con otro nombre.

Y con todos los problemas que ello significa. A lo que se suma la confusión que suele provocar el voluntarismo cuando quiere ponerse sutil: nadie está seguro si las famosas pautas al final inflan o castigan al salario.

El mercado tiene su principal virtud en la libertad, pero es preferible al fiat gubernamental también por su adaptación a la realidad. Ya lo señalaba Von Mises: la realidad es de una variedad y mutabilidad tal, que ningún burócrata, por más genio que sea, puede saber todo, conocer los detalles y peculiaridades de todas las actividades del ser humano, ni mucho menos predecir para todas ellas el futuro. El mercado no tiene esa soberbia: sabe que la economía se compone de cientos de miles de decisiones y no se le ocurre poder conocerlas todas.

Pero el burócrata frentista sí. Y entonces se mete en el tipo de berenjenal en el que está ahora, donde tiene que decir quién es dinámico, quién no tanto y quién más bien nada, soslayando el que sea válido hacer esta distinción por actividad, necesariamente lo es también hacerlo a nivel de las empresas, (salvo que se crea que todas son iguales por actividad). A la hazaña de poder catalogar grupos de empresas y todavía en tiempos de cambio, el gobierno cree que puede sumar la clarividencia del futuro. La Reserva Federal no sabe si debe y puede subir las tasas, medio mundo académico, técnico y financiero europeo cree que lo de Grecia fracasará, el FMI también (¡cosas veredes!), mientras que la otra mitad y las autoridades europeas creen que será un éxito; el gobierno brasilero viene revisando sus cifras a la baja todos los meses, a la Bachelet se le dio vuelta la tortilla, China hace unas prestidigitaciones con los números que ni el Indec en sus momentos estelares… Y nosotros creemos que podemos decirle a las personas cuánto deben ganar de aquí a dos o tres años.

Ni Harry Potter 

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