Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

No todo cayó con el Muro

Marcó el fracaso de una antropología, (el supuesto hombre nuevo del comunismo, en una sociedad sin cadenas).

Marcó el fin de sistemas políticos y aún de naciones, que implodieron solas.

Y pareció que marcaba el fin del socialismo, su derrota ignominiosa y la victoria del Liberalismo. Con Ronnie y con Maggie se anunciaba el retorno del Siglo Liberal.

No fue así. No solo vinieron los Felipes, los Clintons y los Blair, sino que tampoco desapareció el socialismo.

Comparativamente, si bien es cierto que aún quedan restos de nazismo y de fascismo, son irrelevantes y poco atractivos. El socialismo, en cambio, retomó protagonismo mutando. Mucho menos de Marx, bienvenido Rousseau.

¿Por qué ocurrió esto? ¿Por qué no murió el socialismo enterrado entre los escombros del muro de Berlín, impresionante signo de su fracaso?

Benedicto XVI lo explica en su libro “Truth and Tolerance”. El marxismo no nació de repollo: sus raíces llegan hasta la Reforma. Con Luthero se termina el mundo occidental construido sobre UNA verdad, que tiene solo Un intérprete: la Iglesia. La revolución protestante, consagra el sacerdocio pleno de todos los hombres. Todos y cada uno son intérpretes por igual. De ahí nacerá el iluminismo con su confianza absoluta en la mente humana. Ella y solo ella será la fuente de todo: gobierno, ley, ética…, todo. De ese Big Bang saldrán dos vertientes: una, la anglosajona, más racional, más empírica y más tolerante. Otra, la francesa, más voluntarista y proclive a los extremos: Rousseau y la Revolución Francesa. El hombre, (no cualquiera, el iluminado), no solo es capaz de conocer la verdad, sino además, de crearla y, validado por su iluminismo, de imponerla.

El marxismo es el último ejemplo histórico de ese iluminismo voluntarista. Que, además, se proclamó científico y respaldado por un determinismo histórico, todo lo cual lo convertía en una fortaleza inexpugnable. Fue el último sistema cerrado, completamente autosuficiente, sin espacios para duda alguna. Con una concepción del ser humano al que aseguraba plena libertad y plena igualdad, con garantía de felicidad terrenal.

Pero el árbol dio frutos amargos y terminó secándose.

Lo significativo ha sido que, a pesar del fracaso, el anhelo iluminista-utópico no desapreció. Es que responde a un anhelo de trascendencia que está en la naturaleza humana. Pero que, fogoneado hacia caminos equivocados, produce los fenómenos de insatisfacción, anomia, populismo, violentas erupciones sociales, anarquía y hasta nihilismo, que están caracterizando los tiempos que corren.

La crisis de la Democracia es producto de la crisis del iluminismo voluntarista. Que creyó poder crear la verdad, en vez de buscarla y aceptarla, contemplando la realidad del hombre y recorriendo su camino por la historia.

El hombre contemporáneo cree que la libertad es un atributo suyo, propio como individuo y que se perfecciona al alcanzar la total desatadura de todo orden: social, político y hasta sexual.

Señala Ratzinger: “Será errada una concepción de la libertad simplemente como un continuo relajamiento de normas y una constante extensión de libertades individuales, caminando hacia una liberación total de todo orden. La verdadera libertad debe estar vinculada a la verdad, es decir a lo que realmente somos y debe corresponder con nuestra naturaleza... Liberar no consiste en desprenderme gradualmente de la ley y de las normas de conducta, sino en purificarnos y purificar esas normas, de forma tal que hagan posible aquella coexistencia de libertades que es propia del hombre”.

Por su parte, el Liberalismo y la Democracia, al no ser sistemas cerrados perfectos, no pueden ofrecer soluciones perfectas, terminadas, libres de dudas y defectos. Solo caminos, con mojones y señales de dirección. Lo que no es tan seductor.

¿Pero qué es la realidad? Benedicto otra vez: “…un orden que sea simplemente ideal… perfecto y justo, no existirá jamás… Solo podemos construir órdenes sociales relativos, que apenas serán relativamente correctos y justos”.

El tema está en que, para entender eso, el ser humano precisa algo más que una prédica política o aun que una ideología. Precisa una sabiduría interior a la que debe aprender a buscar y a escuchar. Termina Benedicto XVI su libro diciendo: “También debemos decir adiós al sueño de la absoluta autonomía de la razón y su autosuficiencia... La razón humana precisa una pista de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Cuando toda creencia religiosa es rechazada, la tendencia es a dar valor absoluto a los bienes relativos...

Los sistemas ateos de la modernidad son los ejemplos más horribles de apasionados entusiasmos religiosos, alienados de su correc- ta identidad y eso implica una enfermedad del espíritu humano que puede ser mortal. Cuando la existencia de Dios es negada, la libertad no se fortalece. Al contrario queda privada de su fundamento y así distorsionada… Si no hay una verdad sobre el hombre, entonces no tendrá libertad. Solo la verdad nos hace libres”.

Eso no es metafísica, sino sana teoría política.

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