Ian Vásquez
Ian Vásquez

Nueva era brasileña

La era del Partido de los Trabajadores, que ha gobernado Brasil desde el 2003, está por llegar a su fin. El juicio político a la presidenta Dilma Rousseff que el Senado está realizando muy probablemente terminará en su destitución esta semana.

La era del Partido de los Trabajadores, que ha gobernado Brasil desde el 2003, está por llegar a su fin. El juicio político a la presidenta Dilma Rousseff que el Senado está realizando muy probablemente terminará en su destitución esta semana.

Rousseff y sus defensores denuncian un golpe de Estado. Pero es probable que este juicio político más bien termine fortaleciendo a las instituciones y conduzca a una mejora de las políticas que han llevado al país a su peor recesión desde los años treinta y que hace poco eran consideradas un modelo a seguir por combinar estabilidad económica y políticas sociales ilustradas.

Descartemos la idea del golpe. Estemos o no de acuerdo con el juicio, se está llevando a cabo de acuerdo a la ley y al Estado de derecho, y suponer lo contrario debilita la legitimidad del Congreso y la democracia brasileña.

Este juicio también puede tener un impacto positivo. Ayudará a mitigar las políticas propias del capitalismo de Estado, a veces llamado capitalismo de compadres, que fueron la esencia de los gobiernos de Lula y Rousseff. La política del PT la describe bien Alex Cuadros en su nuevo libro (“Brazillionaires”). Consistió en fortalecer los lazos entre el poder político y el económico bajo la idea de invertir en industrias estratégicas, generar alto crecimiento y financiar programas sociales como Bolsa Familia. Para eso, el Estado otorgó créditos fáciles a grandes empresas y empresarios. Los subsidios a través de los bancos públicos aumentaron de 0,4% del PBI en el 2007 a 9,7% en el 2013.

En la práctica, se creó una relación enfermiza entre el poder político y el poder económico en la que los gran- des empresarios, con el apoyo de créditos estatales, amparaban financieramente a los políticos importantes, quienes a su vez respaldaban a los empresarios. Los subsidios estatales eran tan importantes que para el 2014 los bancos públicos tenían una cuota de mercado más grande que los privados y participaban en más de 700 grandes empresas brasileñas.

Según Cuadros, lo que Rousseff llegó a “gastar en un año de pagos de intereses -dinero transferido a bancos y familias pudientes- sobrepasó doce años de gastos en el programa social Bolsa Familia”. La economía brasileña sigue contrayéndose, lo que ha implicado recortes a los programas sociales.

El modelo económico del PT también alentó la corrupción a gran escala. Los casos sobresalientes son el Mensalão, en el que se sobornó a legisladores, y Lava Jato, en el que transferencias ilegales multimillonarias de la empresa estatal Petrobras beneficiaron a importantes empresarios y políticos.

La sorpresa de Brasil es que esos casos han resultado en la detención y la condena de numerosas personas poderosas del mundo político y empresarial. Esto se debe a cambios institucionales y legales, como permitir que un acusado pueda delatar a otra persona a cambio de una reducción en su sentencia, y al nombramiento de fiscales, jueces y policías basado en el mérito.

Michel Temer, quien será el nuevo presidente, parece tener un control del Congreso como no lo tenía Rousseff y planea reformas para controlar el gasto y abrir la economía.

No hay que esperar medidas radicales, pero sí que Brasil ande por mejor camino.

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