Hugo Burel
Hugo Burel

El virus de la lectura

No todo es pérdida, muerte y desastre en esta pandemia atroz.

En todo el mundo afloran conductas valientes, esperanzadoras y solidarias. Mucha gente actúa con desprendimiento y procura aliviar la situación de sus semejantes.

Los conciertos on line de distintos artistas, los museos virtuales, las colectas de fondos, las donaciones de insumos médicos, los voluntarios para acompañar a los más vulnerables que están solos, las ollas populares y también las maratones de lectura ahora en coincidencia con el día del libro, celebrado este jueves 23 de abril, son ejemplos de sensibilidad y preocupación humanitaria.

La fecha recuerda la muerte de William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra, pero se trata de una simple convención que empezó a funcionar en 1995 a propuesta de Unesco y por sugerencia de la Unión Internacional de Editores. El nombre completo de la efeméride es Día Internacional del Libro y el Derecho de Autor. En realidad el día del libro es todos los días. Creo que junto con la escritura el libro es el mayor invento de la humanidad.

La cuarentena obligatoria o voluntaria ha impuesto ceremonias de interior, como decía Cortázar, y revalorado la lectura. De pronto, el hábito de leer se ha convertido en un bálsamo y en un accesible plan de evasión para los recluidos. La paradoja es que el flagelo de la epidemia ha operado como una masiva campaña en favor del libro y sus inapreciables bondades.

Si uno accede a Instagram, las librerías que promocionan libros y ofrecen envíos a domicilio abundan como nunca antes. Prodigan las ofertas y las promociones y el libro se ha convertido en un producto de primera necesidad cuando nunca debió dejar de serlo. Sin embargo, ese renacer muchas veces no contempla a mi modo de ver lo esencial: el enriquecimiento espiritual y cultural por encima de la búsqueda de entretenimiento y escape al agobiante día eterno del aislamiento.

El negocio editorial ha cambiado ciertos parámetros de lectura que ahora están condicionados por el mercado. Las editoriales son un negocio planetario que antes que nada debe ser rentable. Por lo tanto lo que se edita y publica tiende a ser masivo y no siempre preocupado por la calidad literaria, salvo por los sellos que operan en determinados nichos específicos, por lo general caros.

Hace muchos años un editor me pronosticó que la literatura que venía debería ser en esencia temática y que el tema del libro iba a ser más importante que sus valores literarios. Eso permeó hacia el público lector y hacia la crítica y hoy la reseña de un libro se preocupa mucho más de lo que cuenta que de cómo lo hace. Los procedimientos usados por el autor: estilo, metáforas, vocabulario, estructura y construcción psicológica del personaje han pasado a un segundo plano porque la brevedad de una crítica en cualquier medio periodístico, y la enciclopédica ignorancia de muchos cronistas de lo inmediato, rebajan el espesor del análisis o lo convierten en un balbuceo autorreferente que solo entienden cuatro.

Como resultado de lo anterior, la gran literatura pertenece hoy a una dimensión que cobija a pocos autores y obras contemporáneas valiosas en comparación al espacio que ocupa el resto de la producción. Estoy refiriéndome a la literatura de ficción, específicamente la novela y el cuento, género este que cada vez interesa menos a los grandes sellos.

Es difícil hoy establecer un estándar de calidad porque el negocio de la venta promueve otros criterios de valoración que por lo general privilegian el éxito de ventas. Ni siquiera los premios literarios son confiables porque hay demasiadas sospechas sobre el grado de objetividad e independencia del jurado de una premiación.

De modo tal que en la actual coyuntura en que la lectura de libros ha pasado a ser una tabla de salvación, esta sigue estando condicionada por lo que las redes recomiendan, que a su vez siguen los criterios de difusión de las editoriales.

Sé que para muchos estas reflexiones suenan a majadería intelectualoide. Es probable, pero de todo lo que se promueve para leer en la cuarentena muy poco se ocupa de las obras que, con tiempo a favor y poco para hacer, vale la pena descubrir al menos en la hipótesis de ese libro gordo titulado “1000 libros que hay que leer antes de morir”.

Pese a todo lo anterior cualquier lectura es mejor que ninguna lectura. Siempre he pensado que aun los libros malos son buenos, porque si los cerramos rápidamente podemos pasar a otro que quizá sea mejor. Es probable que si todo esto pasa, la experiencia del aislamiento y el aburrimiento del incambiado día la marmota -en referencia a la película- habrá reencontrado a muchos con el placer intransferible de leer para vivir. Otros quizá hayan descubierto que hay vida más allá de Netflix y Spotify o del feroz chateo en las redes, leyendo en un mes lo que no leyeron en un año.

Las nuevas plataformas digitales también alientan la lectura, separando el texto del soporte material y generando opciones como el e-Book o los audiolibros, que cada vez tienen mayor crecimiento en lectores u oyentes.

Es probable que la epidemia haya favorecido esas modalidades que cuentan con el beneficio de evitar el contacto manual, a través del ejemplar, entre el vendedor y el lector.

Como sea, la cuarentena ha propagado también el virus de la lectura y esa es una de las mejores noticias que se difunden en medio del desastre.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados