Hugo Burel
Hugo Burel

Vieja y nueva normalidad

La expresión “nueva normalidad” me resulta chirriante por donde la mire.

Es como decir nueva antigüedad o joven vejez, un oxímoron flagrante. Lo “normal” no puede ser “nuevo” por definición. Es importante aclarar que el término se generó en el ámbito de la economía y las finanzas y fue acuñado para describir las nuevas condiciones financieras tras la crisis de 2008 y las secuelas de la Gran Recesión. Desde entonces, el término se ha utilizado en una variedad de contextos para dar a entender que algo que antes era anómalo ahora es común.

La pandemia ha impuesto rápidamente una serie de términos y dichos que ocupan un lugar en el lenguaje corriente: asintomático, hisopado, cuarentenados, aplanar la curva, usar tapaboca. Parecería que el Covid-19 genera una semántica propia y un lenguaje entre estadístico y científico que describe lo que sucede con deliberada asepsia y escasa compasión.

Fue Stalin el que dijo que una única muerte es una tragedia y un millón de muertes es una estadística. Hoy los noticieros televisivos muestran una gráfica con las cifras locales e internacionales que reducen el flagelo a una planilla de Excel. En el afán de graficar la apariencia del virus los medios audiovisuales lo reproducen en coloridas animaciones como una esfera erizada de puntas amenazantes que parece salida de un video-game o un cómic para niños.

En alguna medida todo esto banaliza y anestesia el horror. Es cierto que nuestra situación comparada con la del entorno es excepcional y ello se debe a una adecuada estrategia de contingencia y gestión y a la actitud responsable de la gente. Pero a favor de eso la presión para que con la “nueva normalidad” se regrese a la “vieja normalidad” va abriéndose paso aquí y en el mundo. Por ejemplo, una San Pablo desbordante de casos abre el comercio de tiendas y que sea lo que Bolsonaro quiera. En Buenos Aires, una avalancha de “runners” hizo reconsiderar la apertura para los adictos a correr. Pese a los riesgos y retrocesos, la normalidad anterior a la pandemia pugna por regresar.

La vieja normalidad implica fronteras abiertas, viajes en avión, turismo, espectáculos deportivos y artísticos con público, tiendas y restaurantes abiertos y sin limitaciones, museos, iglesias, salas de conciertos, playas, cruceros y demás sitios multitudinarios con libre circulación y la palabra cuarentena relegada al olvido. En definitiva: el mun- do de antes del nuevo coronavirus. Y sin que todavía se haya aprobado y fabricado una vacuna eficaz contra el Covid-19.

Es comprensible que para millones de personas sea imposible vivir sin ir a la tribuna deportiva y quieran volver a gritar por los amados colores como sea. No pueden seguir estando sin recitales, teatros, cines, performances, manifestaciones políticas, boliches y otros lugares de socialización. Los lugares de estudio sin las clases presenciales no resisten más Zoom. Las caras no soportan más el tapaboca y el alcohol gel para lavarse las manos está al borde de repugnar.

Todo eso es muy humano y la gente añora lo perdido, desde el esparcimiento, la libertad de circulación, sus empleos o seres queridos que se llevó la pandemia. Quiere regresar a la vieja normalidad.

La vieja normalidad puede estar transformándose en algo irrecuperable tal como la conocimos, algo así como una edad dorada que no era tal. Conviene recordar que en lo global, aquello no era el paraíso. Líderes autoritarios e ineptos, auge de nacionalismos, desigualdad social, protestas, reedición de la antigua Guerra Fría, atentados terroristas, calentamiento global, deterioro ecológico, crisis migratorias, ausencia de liderazgos positivos, conflictos bélicos en curso, violencias de género y raciales.

A ese menú de calamidades se le agregó este año la pandemia y el violento apagón económico. La tormenta perfecta para un mundo que ya venía en declive. El surgimiento de un nuevo y grave foco de contagio del Covid-19 en Beijing y las cifras catastróficas de algunos países de América Latina, sumados a lo que se vive en Estados Unidos en lo económico, social y sanitario, indican con claridad que el temporal todavía no ha amainado.

No es casual que el concepto de nueva normalidad se haya originado, como dije más arriba, en el ámbito de la economía. Las crisis financieras cada vez más frecuentes y los vaivenes de los inversionistas, las bolsas y el capital especulativo fueron también un virus que provocó cataclismos sociales por los permanentes ajustes a que se sometieron las economías más débiles. La novedad actual es que eso ahora viene acompañado de un descalabro sanitario sin precedentes.

Entre la “vieja normalidad” perimida y la “nueva” que no termina de instalarse porque con cada avance se produce un retroceso, la civilización oscila entre la lucha contra reloj para fabricar una vacuna y la urgencia para recuperar el funcionamiento de la economía. Ese es el escenario que están viviendo la mayoría de los países afectados por el nuevo coronavirus, entre ellos el nuestro.

Distanciamiento social, cuarentenas que van y vienen, uso de tapaboca, lavado de manos, incertidumbre porque el horizonte de la salida aún no se vislumbra, pautan una realidad en que las certezas se relativizan de un día para el otro. Todo eso debemos tener en cuenta al ponderar nuestra benigna situación en medio de dos gigantes con graves problemas a resolver y en el caso de Brasil con demasiados contagiados asediando nuestra frontera seca. La situación no perdona errores ni aflojes u optimismos excesivos. Tampoco aperturas al grito o protocolos incumplibles.

No existe la nueva normalidad: es solo una manera de nombrar esta pesadilla.

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