Hugo Burel
Hugo Burel

Vicio en Miami

Con la campaña política en plena recta final es lógico que en el fragor de la contienda los candidatos hagan declaraciones apresuradas o poco felices, de las cuales después tienen que retractarse.

Hace pocos días el Ing. Daniel Martínez declaró en un reportaje que le realizó un diario paraguayo que a los uruguayos no les va tan mal porque llegan las vacaciones y están todos en Miami, en Buenos Aires o en los balnearios. Fue un comentario liviano que puede deslizarse en una charla de boliche cuando se exagera y se dice lo primero que a uno le viene a la cabeza. No es admisible hacerlo en un reportaje si se es candidato a la presidencia del país.

Después el propio declarante explicó que la frase había sido sacada de contexto y tergiversada, es decir interpretada o citada de manera errónea. Los que escucharon el audio de esas declaraciones que difundió el noticiero central de Telemundo el día martes, comprobaron que lo dicho, dicho estaba. Pero lo que dijo no sería ofensivo si fuera verdad.

Que la gente esté bien y pueda viajar -a Miami, a Buenos Aires o a La Habana- es sin dudas una aspiración legítima para cualquier sociedad. También es verdad que hoy en día viajar y hacer turismo es algo que muchos pueden disfrutar porque pasajes, estadía y excursiones pueden pagarse en cuotas, endeudándose y postergando así otras necesidades materiales. El mundo ha cambiado y los viajes fuera de fronteras forman parte del universo de aspiraciones de las personas. Pero no se trata de eso, como enseguida veremos.

El comentario de Martínez apuntó a que los uruguayos tiran manteca al techo y no hay motivos para la queja. El principal destino elegido por el candidato no fue casual: se trata del emporio de las compras en shoppings deslumbrantes, los parques de Disney, las playas sin cianobacterias, el vicio consumista y toda la suma de prejuicios que la izquierda tiene sobre Estados Unidos. Luego, cuando el asunto se amplificó por obra mediática, el candidato frentista aclaró que lo de Miami refería a “los poderosos”, no al resto de los uruguayos, viajeros o no. La disculpa no pudo ser más simplista y combativa.

La crítica a los viajes a Miami y quienes los realizan demuestra pobreza argumentativa.

No tengo dudas que personalidades como Carlos Quijano, Juan Pablo Terra, José Pedro Cardoso, Zelmar Michelini o el general Líber Seregni no hubieran apelado a ese tipo de alusiones que ni siquiera apuntan a lo ideológico. La genérica mención a “los poderosos” es una etiqueta vaga y una simplificación casi escolar. Es como decir “el cuco” o “el hombre de la bolsa”. Pero si hablamos de “poderosos”, hagámoslo en serio: ¿a cuáles tocó el gobierno en estos quince años?

Estas declaraciones del candidato Martínez no valen más que las de otras figuras frenteamplistas que exhiben prejuicios sobre el que estudió en una universidad privada, vive en determinado barrio, enseña en una universidad norteamericana o condena a dictaduras como las de Venezuela y Cuba. Tampoco distan de la liviandad del expresidente Mujica cuando menospreciaba a los que viven en Pocitos acusándolos de cajetillas o recomendándoles a los políticos blancos que se ocuparan de sus esposas. Los ejemplos podrían seguir.

La actitud de dividir el mundo y la realidad entre débiles y poderosos, buenos y malos, sensibles e insensibles, oligarcas o pueblo, honestos y corruptos, progresistas y retrógrados, ricos y pobres y todos los demás binomios que la izquierda suele manejar en el debate político, solo contribuye a crear una brecha insalvable en la sociedad.

Así había procedido la dictadura, llegando a categorizar a los ciudadanos con las letras A, B y C. Entonces se instaló en el país un desprecio genérico hacia los políticos, los jóvenes -en especial los que usaban barba-, los intelectuales y por supuesto se extendió el uso del adjetivo “vendepatria” como sinónimo de enemigo. Esa actitud intolerante, descalificadora y excluyente hacia la condición del otro fue y es sin dudas un método fascista.

¿Hasta cuándo tendremos que tolerar ese permanente juego de opuestos que el partido de gobierno y sus representantes políticos esgrimen para dividir y simplificar la realidad en que vivimos?

No voy a cometer el agravio de endilgarles a todos quienes se identifican con la izquierda, esa actitud. No todos son dogmáticos, sectarios o proclives a ver la realidad en blanco y negro. Estoy seguro que personas de izquierda que aprecio y valoro por su capacidad intelectual y ética, no comulgan con esa distinción permanente del “ellos” y “nosotros” que tanto daño le hace a la sociedad y al sistema político.

El mesianismo, la arrogancia fundacional y el desdén por todo lo anterior a su llegada al gobierno, ha convertido al gobierno de la izquierda en un régimen que pretende perpetuarse como el único capaz de gobernar el país. Afirmar que si no ganan se pierde todo lo conquistado es una burda estrategia para asustar a la ciudadanía que recuerda a las campañas de la Dinarp en los tiempos dictatoriales.

Decir que los que viajan a Miami son “poderosos” es la última versión de esa actitud de dividir y enfrentar. También es una prueba de que a veces es peor la enmienda que el soneto.

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