Hugo Burel
Hugo Burel

Más vale tarde...

Finalmente, tras el anuncio del presidente Tabaré Váz-quez realizado hace unas semanas, trascendió que la campaña de difusión de los perjuicios ocasionados por el consumo de marihuana empezará la semana próxima.

Más vale tarde que nunca debió pensar el primer mandatario al promover el recurso y así realizar un último intento, antes de dejar la presidencia, de desmarcarse del alocado e improvisado proyecto de su predecesor en el cargo.

En medio de las quejas de conspicuos integrantes de la vanguardia impulsora de la ley y su reglamentación a propósito de los palos en la rueda que sufre la implementación y desarrollo del cannabis medicinal, la movida del presidente se origina, qué duda cabe, en recientes datos de una encuesta que consignan que entre los menores de quince años el consumo de cigarrillos de marihuana supera al de tabaco. Esas cifras dispararon las alarmas en el ánimo del primer mandatario.

Ya en 2017, un estudio realizado por el Observatorio Francés de Drogas y Toxicomanía (OFDT) había concluido que en Uruguay, primer país del mundo en legalizar la marihuana a nivel nacional, el consumo recreativo de la sustancia había aumentado en términos absolutos luego de aprobada la ley.

Al contrario de lo que sucedió en los Estados Unidos, en donde algunos estados habían legalizado el cannabis, en Uruguay ese aumento del consumo se incrementó fuertemente entre las franjas de edad más bajas. Después de su formidable y eficaz cruzada antitabaco —por lo cual la Organización Panamericana de la Salud acaba de entregarle un premio que lo distingue como Héroe de la Salud Pública— al presidente Vázquez no deben hacerle ninguna gracia esos datos catastróficos que, por la vía del porro, sabotean su lucha contra el cigarrillo.

En esta misma página reflexioné hace varios meses sobre la masiva difusión del cannabis durante todo el proceso previo a la votación, promulgación y reglamentación de la ley. Esa realidad se amplificó con la expectativa sobre su venta y la novedad de las farmacias —nada menos— comercializando sobres con aspecto de envases medicinales, sin el mínimo atisbo de la advertencia terrorífica que lucen las cajillas de cigarrillos.

Los medios, en especial los televisivos, bajo la circunstancia de informar, no escatimaron imágenes agradables con las típicas plantas verdes registradas en morosos travelings. A esos continuos paneos que a veces incluían primeros planos de consumidores al momento de encender con placer el porrito, solo les faltaba el logotipo de una marca para parecerse demasiado a un spot publicitario.

Casi no existió una contrapartida realmente informativa sobre los perjuicios ocasionados por el consumo de marihuana. El rol de las farmacias que aceptaron comercializar el producto también fue una forma de legitimarlo, como lo es también el uso del cannabis como medicina, pese a que no existe acuerdo científico sobre su eficacia.

¿Qué campaña se hará para contrarrestar la abrumadora difusión que ha tenido el cannabis desde una mirada complaciente?

Desde el punto de vista de la comunicación será sin duda un desafío revertir la aureola permisiva que el consumo de marihuana tiene en estos momentos.

Ya quedó demostrado que la ley y la comercialización por parte del Estado no le han quitado mercado al narcotráfico. Pero como en este país lo estatal tiene un peso excesivo, garantista y legitimador de cualquier cosa, que el Estado y las farmacias se hayan aliado para la producción y venta de marihuana, es sinónimo de que mala no debe ser. Ese es el metamensaje que se ha instalado en una parte de la sociedad.

Por lo que ha trascendido, la campaña incluirá un folleto que detalla 10 recomendaciones sobre los perjuicios que el consumo del cannabis ocasiona en el organismo y advertencias sobre los riesgos de su uso en estado de combustión, así como también en la modalidad de incluirla en recetas culinarias.

Ese material será difundido por el sistema de salud, la Junta de Drogas y el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (Ircca) y entregado a aquellos que compren el producto en las farmacias. El contenido ha sido elaborado con la cooperación del gobierno de Canadá, país que se apresta también a legalizar el consumo de marihuana.

Además se prevén spots televisivos —de esos que la arbitraria Ley de Difusión autoriza a disponer sin costo en los medios privados— que operarán de manera horizontal sobre la población, pese a que el sector crítico a aconsejar no mira ya la pantalla hogareña y funciona a base del twitter y otros soportes en el celular. Habrá que ver qué se planificó para las redes.

Hubiera sido más lógico y coherente que esta campaña hubiese acompañado la salida a la venta del producto, lo que habría sido más honesto y equitativo con la nueva realidad que se estaba creando por vía de la ley.

Sin embargo, eso no sucedió y cual inconscientes aprendices de brujo los responsables de impulsar la ley desataron un proceso que, a ojos vista, no solo no produjo lo que buscaba —en especial perjudicar al narcotráfico, ya que la mitad de lo que se consume se sigue adquiriendo en forma ilegal— sino que alentó el ingreso al consumo de los más jóvenes.

A fines de agosto de este año una encuesta reveló que apenas uno de cada diez liceales cree que el consumo de marihuana es riesgoso y seis de cada diez piensa que no implica riesgos.

Esta tardía campaña —bienvenida, claro— es otra prueba de la improvisación y liviandad con que se impulsó una ley que nos ha dado fama en el mundo.

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