Hugo Burel
Hugo Burel

Teorías conspirativas

No recuerdo unas elecciones primarias con tantos aspectos controversiales como estas que estamos viviendo y que culminarán en una semana.

El clima político se ha visto sacudido en este último mes por declaraciones, denuncias, acusaciones y otras escaramuzas que ni siquiera la distracción de la Copa América en disputa ha logrado atenuar.

Las tensiones de estas primarias se originan en algunos factores que son fáciles de enumerar: el cuestionamiento al plebiscito promovido por el senador Larrañaga por parte de la institución de derechos humanos con mayoría de integrantes frentistas y por candidatos oficialistas; los carteles en contra de este recurso plebiscitario instalados en centros de enseñanza públicos; la contracampaña promovida por el Pit-Cnt; la condena al comunismo por parte del candidato frentista Daniel Martínez y el inmediato retroceso con oferta de abrazo; el accionar de las fake news referidas en su mayoría al candidato Lacalle Pou y las campañas telefónicas con mensajes que lo atacan de manera insultante. También la campaña de Juan Sartori, su estrategia agresiva, sus spots y dichos desafiantes en contra de competidores de su propio partido. La lista podría seguir.

En este contexto no se puede soslayar la asombrosa declaración de José Mu-jica aclarando que no te- nía nada que ver con Juan Sartori y su ingreso en la disputa entre los blancos. El expresidente se hizo eco de una teoría que hace tiempo circula y lo señala como el promotor de Sartori para que se lanzara en esa interna. Mujica argumentó que no tenía sentido apoyar a alguien que tiene mucho dinero para que lo invierta en la campaña de un partido que compite con el de él. Además en sus descargos condena la incidencia del dinero invertido por Sartori en propaganda que conquista votos y que inclusive los compra, lo que supone un retroceso en el funcionamiento democrático. Sin embargo, aprovechó el momento para elogiar a Sartori por su astucia al meterse en el negocio del cannabis, un buque insignia de su gobierno. Como te digo una cosa te digo la otra, en estado puro.

Ante cualquier declaración de José Mujica los medios siempre están prontos a difundirla y esta se produjo con un timing perfecto.

Cuando más arreciaban los cuestionamientos y sospechas sobre el candidato Sartori, el inefable declarante realizó un oportuno lavado de manos para despegarse de la teoría conspirativa: ¡faltaba más que lo acusen de meter un caballo de Troya en la interna nacionalista! De paso le endosó a Sartori el pecado del dinero que compra conciencias y se horrorizó de que esa práctica pueda tener éxito y cambiar las reglas de la política. Yo en mi chacra y Juan en su búnker de Plaza Independencia, pareció querer decir.

Balzac escribió que todo poder es una conspiración permanente y la palabra conspiración define “entendimiento secreto”.

Pero si algo tienen las teorías conspirativas es que suelen presentarse como maquinaciones paranoicas de mentes enfermizas. Esa es la ventaja que tienen los que las ponen a funcionar: mientras operan, nadie las cree o las desestima sin más. Es el viejo truco del Diablo: hacernos creer que no existe.

Sin embargo la teoría de la conspiración explica la trama rusa en las elecciones norteamericanas, el proceso del Brexit -que la brillante película de Toby Haynes describe- y hasta pone en entredicho el vínculo del papa Francisco con el kirch-nerismo, con la injerencia de sus recientes opiniones sobre el poder judicial argentino. Por tanto no podemos ser tan inocentes como para pensar que detrás de las teorías conspirativas hay solo ruido mediático y enfermos de sospecha.

Colocado por Mujica o por la Divina Providencia en el contencioso nacionalista, el desafiante Sartori no ha cesado de operar con artillería pesada y todo tipo de recursos que incluyen un consejero venezolano experto en campañas sucias. Eso, qué duda cabe, llama la atención y alimenta todo tipo de sospechas.

Con ese estilo de presentarse y actuar, Sartori ha inaugurado en la política nacional la era del outsider dispuesto a patear varios tableros y a jugar siempre al borde del reglamento. Su accionar ha traído enfrentamientos con sus supuestos rivales y correligionarios -con los cuales deberá reunirse en caso de ganar- y detrás de la inocente pregunta de su primera campaña sobre si lo conocían, lo único que se puede responder es que todavía no.

A esta altura de la contienda está claro que una posible estrategia de los otros candidatos blancos de ignorar a Sartori evidentemente no ha funcionado. Él los alude en sus avisos y se apropia de sus eslóganes, ironiza sobre sus cartas y no le importa desconocer la letra de la Marcha de Tres Árboles. El colmo de su insidia fue comparar el costo de su tarjeta de medicamentos con el presupuesto del parlamento, a cuyos políticos actuales denostó.

Lo que está en juego el próximo domingo es la elección del próximo presidente de la República porque entre los ganadores de cada interna uno de ellos habrá de triunfar en octubre o en noviembre. Saber de forma cabal qué hay detrás de cada candidato y qué tan viables y honestas son sus propuestas para gobernar el país es lo primero que los votantes deben tener en cuenta para elegir.

Las aristas secretas, los misterios, la opacidad y las sospechas conspirativas no se disimulan por el juego mediático y los trucos demagógicos porque la gente es más sabia que lo que se piensa. Como siempre sucede, la última palabra la tendrán los ciudadanos.

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