Hugo Burel
Hugo Burel

La sonrisa del candidato

Quienes disfrutaron de aquel innovador cine norteamericano de fines de los 60 y comienzos de los 70 deben recordar El candidato, film de Michael Ritchie estrenado en 1972 y protagonizado por Robert Redford.

En él, Redford personificaba a Bill McKay, un joven abogado californiano comprometido socialmente. La historia que cuenta la película vale la pena traerla al presente porque es ilustrativa sobre sonrisas y promesas en la política.

Guiado por un astuto asesor de campaña (que encarna Peter Boyle), McKay es convencido para postularse como senador en contra del titular republicano, un político tradicional. El candidato es, además de un profesional honesto y activista de izquierda, un hombre con convicciones. Pero Boyle lo convence de que no tiene nada que perder, ya que no existe chance alguna de que gane, por lo que podrá expresar sus ideas y proyectos libremente y luchar contra la política de la retórica y el clientelismo.

Es así que, impulsado por su jefe de campaña, McKay decide entrar en la carrera por el Senado. Boyle contrata a un publicitario especialista en medios para dirigir la comunicación de la campaña electoral y a partir de entonces, sus asesores pondrán en marcha la maquinaria necesaria para que su candidato llegue lo más lejos posible sin importar que ello los aleje del discurso verdadero y la imagen original de McKay. Así lo hacen protagonista de la publicidad y la propaganda en los medios, principalmente en la televisión. Cuentan también con un arma que ya había sido exitosa unos años antes, cuando el joven John Kennedy desplegara su deslumbrante sonrisa para derrotar al gris y pacato Richard Nixon. Los dientes del candidato son un atributo fundamental para expresar la simpatía y la seducción que atraen al votante y, por supuesto, los de Redford funcionan de maravilla.

El candidato era una mordaz sátira sobre la política norteamericana que hoy, cuando la imagen y la primera impresión son determinantes, luce tan actual como cuando su estreno. En el final se instalaba la moraleja y el corolario de esa trama que culmina con el inesperado -pero inevitable- triunfo de McKay y la asombrada pregunta de este: “¿Y ahora qué hacemos?”, ya sin la sonrisa vendedora de sueños. El interrogante resume la consecuencia de haber prometido demasiado sin saber claramente si podía cumplir esas promesas.

Si trasladamos la anécdota de El candidato a nuestro escenario electoral encontramos varios puntos de contacto con el film. Por empezar, y siguiendo con el ejemplo cinematográfico, el flujo publicitario revela que aquella vieja frase de Hollywood para promover un film de Greta Garbo que decía “Garbo ríe”, funciona para algunos que antes de postularse era raro que sonrieran. Con su agudeza habitual, en un reciente reportaje el caricaturista Arotxa reparó que a ciertos personajes “la sonrisa les queda mal”. Y es verdad, porque dejan de ser ellos, parecen otros y la exhibición de la dentadura luce fingida. En el otro extremo, el abuso dental que ostentan algunos parece remitir todo el asunto de la política y su propuesta al comercial de un dentífrico que vende más blanco para la sonrisa. Sin duda que esas cuidadas filas de dientes dan fáciles réditos ante quienes las ven como en un teleteatro y sienten que es preferible reír que llorar. En una campaña del partido de gobierno, los “votantes” que aparecen y que fueron elegidos en un casting también sonríen.

Detrás de la sonrisa auténtica o impostada, atributo natural o consejo del fotógrafo, lo que deben existir son ideas, propuestas claras, promesas cumplibles y compromiso con la verdad. Más allá que sonreír siempre es un gesto legítimo, no recuerdo una campaña tan dominada -al menos en la publicidad exterior y en algún spot televisivo- por tan expresivas dentaduras. Sonríen el senador Larrañaga y el economista Bergara, el doctor Sanguinetti, la senadora Alonso y el ingeniero Martínez. Sonríe el senador Lacalle Pou y por supuesto y en forma superlativa Juan Sartori, sonreidor absoluto de esta campaña. Acaso, el ejemplo opuesto a esas sonrisas sea el gesto duro y de tolerancia cero de Novick. Pero eso no deja de ser una actitud calculada por la comunicación.

En relación a la valoración de la sonrisa hay una anécdota que remite a Juan Carlos Onetti y a su actitud siempre seria y a veces huraña. Una leyenda cuenta que, cuando Ramón Chao lo vio una vez reír, Onetti le dijo: “solo tengo un diente porque los otros se los he prestado a Vargas Llosa”. Es fama que el maestro uruguayo siempre había admirado la sonrisa del peruano al que conoció en 1966 en una reunión del PEN Club en New York. Qué duda cabe que cuando el autor de Conversación en la Catedral se lanzó al ruedo político se apoyó en su prestigio intelectual y en sus ideas, pero también en su notoria sonrisa. Fundó el movimiento Libertad y se presentó como candidato a la presidencia del Perú en 1990. Durante gran parte de la campaña electoral, fue el candidato favorito. El súbito crecimiento de la popularidad de Alberto Fujimori, quien hasta 15 días antes de la elección aparecía con menos del 10% de las preferencias, forzó una segunda vuelta electoral en la cual Vargas Llosa fue derrotado. La sonrisa que Onetti admiraba no alcanzó.

No escapa a estas reflexiones la influencia que ejercen sobre los candidatos los jefes de campaña y los expertos en comunicación. Desde las frases que resumen la propuesta al encuadre de una foto o la actitud en la mirada, todo es estudiado para impulsar al candidato y posicionarlo, tal como hizo Peter Boyle en el film que evoco en esta columna. Pero, más allá de las propuestas y las sonrisas, hay algo que corre por cuenta de los ciudadanos: creerle al candidato. Immanuel Kant dijo que Dios ha dado al hombre tres dones: la sonrisa, el sueño y la esperanza. Sería bueno que los políticos, sonrientes o no en su rol de aspirantes a presidente, si finalmente son electos por la ciudadanía no olviden los otros dos dones que la gente espera se cumplan.

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