Hugo Burel
Hugo Burel

El sentido del humor

Los estudios han revelado que muchos que padecieron el Covid-19 han sufrido la pérdida en apariencia temporal de los sentidos del gusto y el olfato. Esto puede originarse en un daño neurológico que produce el virus.

Mientras la ciencia dilucida si eso pude ser pasajero o permanente, yo quisiera hacer una personal contribución a la casuística científica y afirmar que, con o sin contagio, el sentido que también puede perderse es el del humor. Confieso que con la cuarentena he perdido el mío. Aclaro que siempre lo tuve y hasta fui fundador de aquellas legendarias revistas humorísticas El Dedo y Guambia, escribiendo y dibujando bajo el seudónimo Hubu. Todavía vivíamos en dictadura.

Considero que el sentido del humor es una de las mejores características que una persona puede tener, aunque es difícil que lo que sucede hoy resulte divertido.

En estas semanas interminables e idénticas me han enviado decenas de videos, memes, fotos y frases que pretenden provocar la risa para tener al menos una pausa que afloje los músculos faciales. Sin embargo, nada ha movilizado un milímetro los míos. La risa y el humor nos han hecho humanos, pero me temo que en este tiempo dejaron de funcionar. Por empezar, porque los tapabocas impiden saber si alguien se está riendo.

El humor verdadero es aquel que se conecta más con la inteligencia que con la espontánea reacción ante lo ridículo de una situación. Siempre oí decir que el humor es la cosa más seria que existe, aunque la risa es la menos sagrada de las conductas humanas, al punto que los textos de las tres grandes religiones monoteístas excluyen el humor de su contenido. Dios puede hacerlo todo menos reír. No obstante, los hombres se han reído desde la noche de los tiempos y continuarán haciéndolo, en especial de sí mismos. Pero, en este tiempo de miedo, reclusión y aislamiento social, el reír ha pasado a ser una costumbre cada vez más difícil de practicar. En todo caso si nos reímos es de nervios.

Dejando de lado la dimensión planetaria de la pandemia y remitiéndome al contexto local, el humor ha desaparecido del país. La opinión pública se nutre cada día de información vinculada al contagio del Covid-19, la amenaza de la frontera seca, el aumento de los ingresados al seguro de paro, el drama de los trabajadores informales y el ofuscamiento de la oposición, con el Pit-Cnt incluido, ante la Ley de Urgente Consideración.

Pero también se entera de hechos positivos, como los avances científicos en el Clemente Estable, la Universidad y el Instituto Pasteur. O aplaude las gestiones de nuestro canciller y su corredor humanitario para traer compatriotas varados y repatriar a los extranjeros del crucero australiano Greg Mortimer.

Sin embargo, nada de esto genera motivos para encarar la realidad con un mínimo de sentido del humor. Por el contrario, el humor que se despliega en las redes es un acto de venganza, de mofa con resentimiento o revanchismo, de guaranguería y de burla salvaje.

El humor nacional que durante décadas disfrutamos y construimos con ingenio, talento y por suerte respeto, ya no existe. Pero no desapareció ahora.

En los años de la llamada era progresista tuvo auge el humor murguero y carnavalero, mayoritariamente compañero y aliado del gobierno, con pocos ejemplos de crítica a este y burlas hacia todo lo que no es izquierda y que no necesariamente es derecha.

Aquellos legendarios programas televisivos que con brillantes elencos difundían un humor democrático y sin banderías, dejaron de producirse. Hubo un tono de aburrida solemnidad y por lo general semblantes serios que caracterizó a los equipos de gobierno y permeó hacía la sociedad inhibiendo que nadie se riese de nadie salvo en el tablado.

En esa realidad, los dichos del presidente pobre, más que humor tenían una sustancia de insidia o abusaban de la paradoja de que como te digo una cosa también te digo la otra. Eso no era gracioso ni humorístico. Tampo- co lo fueron las irónicas “pompitas” del Dr. Tabaré Vázquez. En ese tiempo, los únicos ejemplos de humor inteligente, certero y que siempre daba en el blanco fueron las caricaturas de Arotxa, que cada día se extrañan más porque fueron una cachetada a un mundo de caras serias y brazos de yeso, y los delirantes comentarios radiales de Darwin Desbocatti.

En todo caso, el humor en tiempos de pandemia solo puede ser el humor negro, la capacidad de reírse del desconcierto general y de las ridículas posturas de líderes como Donald Trump, que recomendó a la gente inyectarse detergente en las venas y después tuvo que aclarar que fue una ironía.

Estamos viviendo una guerra invisible y devastadora que ha dejado a los cómicos profesionales sin escenario para actuar, pero habilitó a los amateurs a contar involuntarios chistes malos, como los que gasta Jair Bolsonaro que recomienda a su pueblo ingerir un medicamento, la cloroquina que los médicos brasileños responsables aconsejan no consumir porque no hay evidencia científica que lo avale.

“El que es de derecha toma cloroquina, el que es de izquierda toma Tubaína”, comentó Bolsonaro en referencia a una marca de gaseosas del interior del estado de San Pablo. Lo dijo entre risas, al sitio web Blog de Magno, un día que en Brasil hubo más de mil muertes por la epidemia.

La nueva normalidad ha llegado excluyendo el humor y la capacidad de reír, en especial para los que tenemos más de 65 y nos tratan como si estuviéramos condenados. El único protocolo a seguir es quedarse en casa y esperar. Un jerarca del gobierno se refirió hace poco a la franja con más riesgo como “los viejitos”.

Ese diminutivo paternalista aplana -verbo de moda- lo individual y unifica en un colectivo indiferenciado a los nuevos excluidos en esta pandemia. Algún infectólogo sugiere que usemos tapaboca cuando algún familiar nos visita, sin tocarnos ni acercarse.

¿Verdad que no es gracioso?

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