Hugo Burel
Hugo Burel

Santo remedio

Allá por la década del 40 un inefable político, Domingo Tortorelli, pronunciaba discursos desde el balcón de su casa de 18 de Julio y Juan Paullier y prometía bajar a la mitad el precio de la yerba, el azúcar y el vino, colocar una canilla de leche en cada esquina y trazar una carretera desde Rivera a Montevideo que fuera toda en bajada, de manera de ahorrar combustible. Además quería promover una ley que garantizara a cada uruguayo un empleo público al cumplir los 18 años y prometía que la jornada laboral no duraría más de 15 minutos. Se dice que nunca obtuvo más de medio centenar de votos. Se presentó por primera vez en las elecciones de 1942 y el público que lo escuchaba lo aclamaba hasta el paroxismo porque el ridículo de los demás siempre divierte.

Sin dudas que Tortorelli quedó incorporado al imaginario popular como un ejemplo clásico de la tilinguez política. Es posible que las nuevas generaciones desconozcan al personaje aunque su generosidad para prometer no ha pasado de moda. Aquel político pintoresco y desaforado en lo que prometía era inofensivo porque nadie lo votaba. Pero: ¿qué sucede cuando esa demagogia se recicla en el escenario de la política actual? Quizá en forma menos caricaturesca todo puede prometerse antes y después de una elección y los ejemplos sobran. Hoy voy a referirme a uno que, por lo que van indicando las encuestas, parece atraer votantes.

Ahora, las canillas de leche de las esquinas se han convertido en remedios gratis para los jubilados y pensionistas que son, aproximadamente, más de 630.000 personas. El candidato que lo promete es Juan Sartori y, hasta el momento que escribo esta columna, no sabemos cómo puede cumplir esa promesa ni cuánto costará. Una cosa es lo que dijo en la presentación de su programa: “Se acabaron los tickets, todos van a tener acceso sin costo al medicamento que necesitan”, y otra es la que expresa su programa de gobierno. La distancia entre ambos es la que va de lo que no tiene costo a la negociación con las empresas proveedoras para bajarlos.

Pero antes de analizar esa contradicción es bueno saber de qué hablamos cuando hablamos de medicamentos. Voy a resumir un informe del sitio web Nuevatribuna de España que clarifica bastante el tema.

La industria farmacéutica, encargada de la producción y comercialización de medicamentos, es uno de los sectores económicos más importantes del mundo. La lista de Fortune sobre las 500 mayores empresas mostraba ya en 2002 que el volumen de beneficios de las 10 más grandes empresas farmacéuticas rebasaba los acumulados por las otras 490 de la lista. El mercado farmacéutico supera en ganancias la venta de armas y las telecomunicaciones.

La mayor parte de las empresas farmacéuticas son internacionales, están presentes en muchos países a través de sus filiales en un mercado dominado por grandes firmas de los países industrializados gracias al control que ejercen sobre la innovación y el desarrollo. El sector se encuentra en continuo crecimiento y se caracteriza por una competencia oligopólica en la que 25 empresas controlan casi el 50% del mercado mundial. Su capacidad competitiva se basa en la investigación y el desarrollo de nuevos productos, en la apropiación de ganancias mediante el sistema de patentes y en el control de las cadenas de comercialización de los medicamentos. Los márgenes de beneficios de estas industrias pueden alcanzar en algunos productos entre el 70 y el 90%. Los gobiernos y los consumidores financian el 84% de la investigación, mientras que solo el 12% lo aportan los laboratorios farmacéuticos.

La globalización les ha permitido maximizar sus beneficios ya que compran las materias primas en los países donde son más baratas (naciones en vías de desarrollo), instalan sus fábricas en donde las condiciones laborales son más ventajosas y venden sus productos fundamentalmente en los países donde la población tiene mayor poder adquisitivo y los servicios de salud están más desarrollados. En todo ese proceso parecen ser las empresas farmacéuticas las que mandan.

Si bajamos estos datos a la industria farmacéutica nacional un informe realizado hace algunos años para el Instituto de Competitividad de la Ucudal concluye que a nivel local la Industria Farmacéutica ha tenido un comportamiento similar al mundial. Su crecimiento en los últimos años la ha llevado a ser una de las más dinámicas del país, evolucionando por encima de la media de la actividad manufacturera. El informe es muy completo, abunda en más detalles y puede consultarse en Internet.

Como puede apreciarse la industria farmacéutica es un gran negocio a nivel mundial y local y no una sociedad de beneficencia. Tiene costos que se amortizan con las ventas y las empresas internacionales cuidan sus márgenes de ganancia que son muy altos, cotizan sus patentes de desarrollo y fabricación e invierten en investigación para mejorar su competencia. ¿Aceptará ese sector dominante en el mundo colaborar con esa idea de remedios gratuitos? ¿Hasta dónde pueden llegar en su filantropía? Es decir: ¿cómo se puede negociar con una industria tan poderosa y monopólica?

Por supuesto que la idea de Sartori es seductora para el votante pero vaga e indefinida en cuanto a su implementación, por decir lo menos. Ante la promesa de entregar medicamentos sin costo para el usurario sería interesante saber quién los pagará y cuáles serán esos medicamentos. Se promete entregarlos en las farmacias sin pagar ticket, lo que deja afuera a las mutualistas. Entonces: ¿quién emitirá y respaldará esa tarjeta que se anuncia en televisión por el promotor de la idea? ¿Cómo se financiará ese beneficio? ¿Se incluirán también los medicamentos para costosos tratamientos oncológicos?

Nada de eso se aclara en el proyecto de gobierno que solo explica que “se lanzará un programa de universalidad farmacéutica para jubilados y pensionistas que permita, mediante la negociación centralizada nacional de las adquisiciones de medicamentos, abatir el costo de los mismos, en base a escalas decrecientes, según el monto de ingresos”. ¿Có-mo? ¿En la televisión no dijo que eran gratis?

¿Cuánto le costará al país esa política de cuento de hadas? Si hay algo con lo que un candidato no puede jugar es con la salud de la gente. Y menos desconociendo la opinión de sus propios aseso-res. Pero lo más notable es la ausencia de comentarios de expertos y organismos competentes ante tamaña promesa. ¿Es que no la toman en serio? ¿La importancia del tema y el respeto por la verdad no lo ameritan?

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