Hugo Burel
Hugo Burel

La Rata de Metal

Las noticias que se difunden sobre la epidemia del Covid-19 obviamente se centran mayoritariamente en la salud: número de muertes, contaminados, tests, cuarentenas voluntarias y obligatorias, achatamiento de curvas y todo lo que implica la valerosa lucha de los médicos y enfermeros, primera línea en el combate al flagelo.

Aún así, poco a poco ha empezado a aparecer información que consigna que lo hasta ahora aceptado como una fatalidad producto de determinadas costumbres alimenticias en China es, lisa y llanamente, un caso de negligencia criminal por parte de las autoridades chinas con la complicidad de los burócratas de la OMS encabezados por su director ejecutivo, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus.

Inclusive, algunos medios han llegado un poco más lejos como el prestigioso y bicentenario periódico inglés The Guardian, que acaba de publicar trabajos realizados en la Universidad Fudan, de Shangái, y la Universidad de Geociencias, de Wuhan, que abonan esa acusación pero no pudieron ser expuestos públicamente por la censura que les aplicó el gobierno chino. También ya circula la sospecha de que el virus ha sido diseñado.

La cadena norteamericana NBC difundió hace pocos días la noticia de que el Covid-19 ya se había detectado en China en noviembre de 2019, pero recién lo anunciaron al mundo el 14 de enero de 2020. Ese mismo día, la OMS difundió un informe que afirmaba que no había evidencia de contagio de persona a persona de acuerdo a estudios realizados por los propios chinos. A renglón seguido la OMS desaconsejó la suspensión de los vuelos desde y hacia China y en general de cualquier vuelo que traspusiese fronteras.

La declaración oficial de pandemia recién se produjo el 11 de marzo con este tardío reconocimiento del director Tedros: “A lo largo de las dos últimas semanas, el número de casos de COVID-19 fuera de China se ha multiplicado por 13, y el número de países afectados se ha triplicado. En estos momentos hay más de 118.000 casos en 114 países, y 4291 personas han perdido la vida”. Eso sucedía casi tres meses después de que China había admitido que estaba en problemas.

Pero la responsabilidad China ha sido más grave aún. Como se sabe, el Año Nuevo Chino se celebra el 25 de enero, cuando se inicia el de la Rata de Metal, que promete un ciclo de equilibro, positivismo y cambios radicales.

En ese contexto, miles de técnicos, ejecutivos, becarios y estudiantes chinos regresaron a su país desde Europa y Norteamérica para celebrar el nuevo año con sus familias. Cuando volvieron a sus lugares de residencia, un número indeterminado de esas personas se había contagiado del virus posiblemente sin saberlo. Al llegar fueron agentes masivos de transmisión en los centros de estudio, eventos sociales, reuniones de negocios, consorcios de vivienda, hoteles, campus y todos los sitios que frecuentaron. Con el turismo de ciudadanos chinos hacia el mundo sucedió lo mismo. Nadie los había controlado al salir de China.

Esa actitud irresponsable se debió a que las autoridades chinas mantenían todavía en secreto la epidemia que, según los informes primarios obedecía a hábitos alimenticios, falta de higiene, salto del virus del murciélago a la serpiente y de ahí a los humanos, un periplo espeluznante que se desató en la ciudad de Wuhan y su mercado de alimentos con costumbres medievales.

El secreto era un asunto del sistema, es decir, del proceder de un estado totalitario que oculta la verdad a sus ciudadanos y silencia a quienes la difunden. Han desaparecido médicos y periodistas por denunciar antes que los organismos oficiales la presencia de la epidemia. En tanto, el director de la OMS elogiaba y apoyaba las medidas -tardías- que China ponía en práctica ante el desastre con las ventajas que el totalitarismo dispone para imponerlas.

En un mundo globalizado en el que China es el principal cliente comercial de decenas de países, incluido el nuestro, no es fácil enfrentarla y acusarla de lo que acabo de describir. Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia y España están cursando itinerarios de desastre. Rusia parecía inconmovible hasta que Vladimir Putin reconoció en un mensaje televisivo que la cosa iba en serio. En China, cuya población ha sufrido siempre lo indecible, el atávico respeto a la autoridad y el verticalismo asfixiante del sistema determina que, paradójicamente, la nación en la que se originó el desastre posiblemente sea la primera en recuperarse en un planeta devastado por su propia negligencia y secretismo. No es ajeno a esto la actitud despótica y deplorable del líder Xi Jinping.

Con Occidente colapsado y sin liderazgos políticos que estén a la altura del desastre y el desafío para superarlo, el panorama es desolador. Desde Donald Trump a Jair Bolsonaro, pasando por Boris Johnson o López Obrador, subestimaron la pandemia o la negaron. Tal vez la única estadista europea a la altura del problema sea la canciller de Alemania Ángela Merkel, que ha actuado con valentía, lucidez y ponderación. Por fortuna, en lo que respecta a Uruguay nuestro gobierno ha actuado con una determinación y transparencia absolutas.

Aquella expresión tan común en los 60 de “el peligro chino” que aludía al título de un libro muy difundido del norteamericano Richard Wal-ker, cobra otra vez vigencia bajo una nueva luz. Ya no son los afanes militares expansivos de la China comunista de entonces, con la consiguiente amenaza bélica y nuclear, los que nos asedian.

Hoy China se perfila como la primera potencia mundial a partir del descalabro que ella misma ha provocado. ¿Qué esperan la ONU, la OMS y otros organismos multilaterales para señalar la irresponsable conducta de China en esta pandemia?

Gracias a un agente microscópico y devastador el mundo ha ingresado en una nueva era en que la clave es la capacidad de supervivencia sanitaria y económica en el año de la Rata de Metal.

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