Hugo Burel
Hugo Burel

El pueblo somos todos

Es famosa y muy citada esta frase de Voltaire: “Puede que no esté de acuerdo con lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo”. Creo que ninguna otra cita de cualquier pensador refleja mejor lo que se considera una mente liberal, porque va a lo medular de la cuestión.

El derecho a pensar diferente y expresarlo sin que el otro, que no está de acuerdo con lo que decimos, nos menosprecie por esa circunstancia. Pero, además, defender el derecho del que piensa distinto que nosotros hasta con la propia vida.

En Uruguay, ese talante liberal que muchos añorábamos, parece regresar a juzgar por los hechos que se produjeron el mismo 24 de noviembre, especialmente en la noche, con un candidato vencedor sobrio, contenido y respetando el silencio de su rival que no reconoce la derrota. No hubo un solo gesto de parte del triunfador que no denotara tolerancia, aún teniendo conciencia que la actitud del otro candidato le impedía festejar esa misma noche su victoria.

Disponiendo de mayorías parlamentarias claras tras la primera vuelta, el resultado del balotaje acortó dramáticamente las distancias entre el gobierno saliente y la oposición entrante en lo relativo a la presidencia. Con el país dividido en mitades se abre un tiempo en que el Uruguay deberá construir una nueva convivencia desde una actitud política que no es ni fundacional, ni mesiánica, ni urgida de radicalismos.

En lo político, la inquietud sobre la nueva coalición que asumirá el gobierno solo parece referida a la incógnita que representa Cabildo Abierto, partido que inicia su vida política e institucional a partir de la próxima legislatura y también en función de los posibles ministerios que ocupe. Por ahora, los vaticinios al respecto de una salida de los cauces democráticos por parte de ese grupo, son meras suposiciones que deben ponerse a prueba.

Más allá de los desafíos económicos, sociales, educacionales, de seguridad y demás encrucijadas que le esperan, el presidente electo Lacalle Pou y todo su equipo van a tener que afinar muy bien su discurso y ejecutar la partitura sin disonancias en lo relativo al clima que ese talante liberal que regresa, exige y merece.

La soberbia declarativa, las salidas de tono, el secretísimo, la chicana ventajera, el lenguaje basto, el amiguismo compañero y la actitud monolítica y de aplanadora que caracterizaron parte de éstos quince años de la llamada era progresista acostumbraron a la opinión pública a un estilo que debe desaparecer.

Sin embargo, los resabios de lo anterior no favorecen un cambio en los reflejos de esa opinión pública, al punto que la actitud del nuevo presidente de sacarse todas las selfies que la gente le pide, llama la atención. También asombra su paciencia para responder las veces que sean la misma pregunta formulada por diferentes periodistas en la misma rueda de prensa. O que camine por la calle sin ir rodeado de guardaespaldas y acepte entreverarse con la multitud de sus seguidores sin otra defensa que sí mismo.

Hasta el lenguaje parece haber cambiado y la simplificación “pueblo” versus lo que sea, ya no corre. El pueblo somos todos y nadie debe ser acusado de no pertenecer a él al barrer y con dicotomías de cómic.

Está bien que Lacalle Pou predique con el ejemplo y establezca esa proximidad y llaneza, pero el resto del elenco deberá seguirlo en ese estilo que apunta a un cambio que oxigena la vida política y que llega con la alternancia. Un nuevo equipo sale a la cancha y debe hacerlo con eficacia gubernativa y claridad de objetivos, pero también con coherencia declarativa y actitud republicana en cada comparecencia ante la requisitoria periodística.

Es en este aspecto que últimamente se nota un desajuste en esa tarea, en especial en medios televisivos. El gobierno todavía no se ha instalado pero ya se lo critica y hasta se duda de su capacidad para gestionar porque no se confía en la coalición.

Si uno afina bien el oído, conocido el resultado final de las elecciones muchas de las reflexiones y preguntas que han definido el interés de algunos programas periodísticos reflejan más la derrota de un gobierno que los méritos del ganador. Eso lo resumió José Mujica al afirmar que fue el Frente Amplio el que perdió las elecciones.

Cuando analizan la composición de la coalición vencedora, más que los cambios positivos que se avecinan, preocupa el rol que tendrá Guido Manini Ríos y qué ministerios le tocarán. Algunos gremialistas vaticinan posibles movilizaciones “en caso de”, o contra posibles políticas “neoliberales” y hasta una figura política de primer orden que ahora será opositor propuso resistir como en la dictadura, aunque luego se disculpó.

El discurso hegemónico oficialista que desde hace tres lustros está instalado en la opinión pública no desaparecerá de un día para el otro y ciertos comunicadores, analistas y politólogos parecen empeñados en que se perpetúe.

Como ya he reflexionado en anteriores columnas, el relato que se difundió y fue imponiéndose desde hace décadas de una izquierda depositaria de todas las virtudes e identificada con el bien social supremo y como única garantía de cambios y progreso, fue puesto en entredicho pero no ha de cambiar en estos cinco años que nos esperan. El talante que empieza a aflorar tendrá dificultades para ser aceptado por una sociedad y una democracia que perdió la costumbre liberal de entender que el que piensa diferente puede tener razón.

Denostado por el fascismo, el comunismo, el nazismo, los populismos de cualquier signo y en general por mentes fanáticas, dogmáticas y autoritarias, el liberalismo político y filosófico tiene otra oportunidad en el país que ojalá la aproveche. Ese pensamiento es sin dudas el mayor enemigo de la injusticia y el abuso de poder, pero no depende solo de los liberales que su esencia se renueve y contribuya al acercamiento entre esas dos mitades contrapuestas que hoy parecen definirnos como nación.

De la actitud de quienes no son liberales también depende la convivencia.

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