Hugo Burel
Hugo Burel

El protocolo intolerante

Los recientes episodios que vinculan al periodista, actor y dramaturgo Franklin Rodríguez, al Teatro El Galpón y la Sociedad Uruguaya de Actores fueron difundidos con amplia cobertura por distintos medios, e inclusive merecieron reflexiones de columnistas de esta página.

En mi opinión, el meollo del asunto —más allá del juicio que puede hacerse sobre alguien que ejerce su libertad de expresión y pensamiento y aun sobre los términos en que se expresó— radicó en la celeridad de reflejos de la izquierda más ortodoxa para condenar rápidamente a Rodríguez y la saña con que castigaron sus opiniones vertidas en el reportaje del semanario Voces.

El que leyó entera la entrevista pudo apreciar que sus juicios sobre el sistema Socio Espectacular fueron apenas una parte de lo que dijo. El hecho más importante fue que alguien manifiestamente identificado con la izquierda y el Frente Amplio, abundó en críticas que por lo general se hacen en voz baja y sin repercusiones mediáticas. Es que para la izquierda más ortodoxa no hay nadie peor que el que reniega de esa fe habiéndola profesado. En términos crudos, Franklin Rodríguez es, para ese pensamiento intolerante, un traidor y un renegado.

Todas las medidas posteriores al reportaje, desde la no confirmada pero existente declaración de persona non grata a Rodríguez y su prohibición de ingresar a la institución teatral, a la suspensión de su condición de socio de S.U.A. por seis meses —¿el tiempo necesario para que recapacite y se arrepienta?— surgen de un protocolo de intolerancia que remite a una lógica de soviets, de comisarios del pensamiento, y de purgas o traslados a las inmensidades de Siberia. Por supuesto que ese operativo de defenestración instantánea ha sido apoyado por manadas de lobos hambrientos y anónimos que pululan en las redes.

La nomenclatura cultural y los referentes del pensamiento hegemónico nada dicen sobre el derecho de Rodríguez a expresar su punto de vista sobre temas que circulan en privado desde hace bastante tiempo y que pocos se animan a debatir en público. Prefieren mirar para otro lado y seguir barriendo debajo de la alfombra. Este castigo al desviacionismo es la prueba de que no se puede discutir el dogma de que son los más honestos, los más puros, los más inteligentes, los que no se equivocan y los imprescindibles para que cualquier sociedad funcione. De ahí la ferocidad de su reacción cuando alguien les patea el tablero desde adentro.

Pero este episodio de Rodríguez es uno más de una serie que últimamente acumula la condena al actor Petru Valensky por firmar a favor del plebiscito por la seguridad ciudadana que impulsa el sector del senador Jorge Larrañaga. O la lapidación en redes y comunicados de prensa con firmas al pie que padeció la escritora Mercedes Vigil por dar su opinión sobre Daniel Viglietti al otro día de que este falleciera. Se le podrá criticar el momento elegido para hacerlo, pero no su derecho a cuestionar a un hombre público, expuesto al juicio de los que estaban de acuerdo con sus posturas políticas, pero también de los que no lo estaban. Pedir que se le retirase su distinción de ciudadana ilustre o sabotear desde las redes la votación del programa televisivo El gran uruguayo porque ella integraba el jurado, demostró el grado de intolerancia que padecemos.

Volviendo a Rodríguez, es evidente que la matrix del pensamiento políticamente correcto, esa nube paralizante que asfixia toda iniciativa que implique enfrentar a ciertos poderes, lo ha colocado en el índex. Este artista y empresario teatral, de profusa actividad e inquietud, que ha dado trabajo a muchos colegas e impulsado obras de gran aceptación popular, ya no pertenece al gremio de los actores y para algunos de sus pares —los conformistas que no discuten la verticalidad— pasó a ser un leproso. Otros habrá que lo respeten en la discrepancia o directamente apoyen su disidencia. El tiempo dirá qué tantos buenos amigos tiene o tenía en el ambiente del teatro.

Mientras tanto, el sistema Socio Espectacular, así como el teatro El Galpón, seguirán funcionando como hasta ahora, sin olvidar que en 2007 la institución fue resarcida con dos millones de dólares por los perjuicios que le ocasionó la confiscación por parte del gobierno de facto de su sala durante la dictadura. Compensación que financió Rentas Generales y fue votada en el Parlamento aún por los que ideológicamente eran sus adversarios.

En cuanto a la Sociedad Uruguaya de Actores, no creo que pierdan más socios que el propio Franklin Rodríguez, Álvaro Ahunchain, Christian Font y algunos otros que tengan sensibilidad y se animen a expresarla. Además, se sabe que la pertenencia a un colectivo para muchos es sinónimo de normalidad e ilusión de estar en lo verdadero. Al respecto, les recomiendo la lectura de El conformista, la formidable novela de Alberto Moravia publicada en 1951.

Pese a la difusión de todo el proceso que Rodríguez ha sufrido y los reparos que merecen para la cultura democrática y liberal los correctivos que le aplicaron, el protocolo intolerante seguirá funcionando con eficacia de manual y precisión de guillotina. Tiene ejecutores muy avezados y su piel es a prueba de rubores o vergüenzas. Su patetismo radica en que lo que hacen es anacrónico y totalitario pero ellos creen que es justo.

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