Hugo Burel
Hugo Burel

Nostalgia patria

Lo que sucedió la noche del 24 y los días previos pareció el argumento de una extraña pesadilla.

El gobierno, representado por la Presidencia de la República y varios ministerios, lanzó una cruzada firme y sostenida en contra de las fiestas que se realizan en la ya legendaria Noche de la Nostalgia.

La amenaza que se cernía sobre la población en caso de que la celebración se saliera de madre, era el contagio indiscriminado alentado por los locales cerrados, la danza y la abolición inevitable de la distancia entre los festejantes. Las estadísticas indican que esa es la noche en la que más gente sale, circula, bebe, festeja y se desmadra, por lo cual el Covid se podía disparar al ritmo de los Bee Gees. El peligro que nos amenazaba era el de celebrar, divertirse y ser feliz a riesgo de contagiarnos.

El operativo control incluyó más de 1800 policías y 600 vehículos, incluidos helicópteros, patrullajes e intervención en toda fiesta clandestina que se detectase o fuera denunciada.

Los medios masivos se plegaron a los consejos del gobierno y advirtieron a la gente que no saliera esa noche de sus casas como si un huracán fuera a soplar. Las redes fueron sometidas a seguimiento para detectar en lo previo posibles desacatos a la consigna de permanecer en los hogares y no asomar la nariz esa noche. Aparentemente, la prueba ha sido superada y los comentarios oficiales trasuntan alivio y elogian al pueblo nostálgico que postergó su ritual baño de old hits. Pero eso no significa que la nostalgia se suspenda o haya quedado derrotada.

No debemos tomar a la ligera o como un dato curioso para el Libro Guinness de los Récords que Uruguay sea el único país del mundo que festeja la nostalgia, y que la fecha de su celebración sea la efeméride laica más importante del calendario en relación a la cantidad de gente que moviliza. Pensar que la nostalgia se celebra solo cada 24 de agosto es ignorar lo que somos. Con seguridad su creador, Pablo Lecueder, no pensó que iba a llegar tan lejos cuando hace más de 30 años inventó la que hoy es la noche más importante del año. Pero lo cierto es que le puso nombre a uno de los rasgos más identificatorios del ser nacional. Ejemplos sobran.

Esa misma noche se realizó una marcha para rememorar los 26 años de la asonada del Hospital Filtro y la mayoría de los que participaron no eran nacidos o tenían muy pocos años el 24 de agosto de 1994. Es el caso típico de la nostalgia de lo que no se vivió. Días antes lo mismo había sucedido en la manifestación estudiantil con motivo del aniversario del asesinato de Líber Arce, ocurrido el 14 de agosto de 1968. Otra vez la nostalgia de lo no vivido y la veneración incondicional de una época de extravío, violencia y radicalización movilizaron a los jóvenes cantando consignas falsas, absurdas y tan viejas como el baile de Travolta.

Pero no hay que parcializar la casuística. Toda nuestra política es nostálgica. Hace muy poco una ascendente figura política prematuramente retirada, Ernesto Talvi, reivindicaba con fervor el batllismo de don Pepe y resucitaba el concepto de “pequeño país modelo”, que Batlle y Ordóñez acuñó en 1908.

Quizá el significado de esa frase sea otro para el siglo XXI, pero no deja de ser un reflejo nostálgico mentarla hoy en forma textual. Esa nostalgia parece identificar y definir el vínculo de muchos con el antiguo batllismo que, según algunos politólogos, es casi una forma de ser del uruguayo, en especial en su relación con el Estado. El auto de Herrera en el que el actual presidente desfiló el 1° de marzo, el bigote y el megáfono de Seregni, el sobretodo de Batlle, el “como el Uruguay no hay”, “patria para todos o para nadie”, “el país de primera”, y todos los mitos y símbolos que acumula nuestra historia política son los que alimentan una nostalgia que parece remitir al pasado, a lo que fuimos y nunca a lo que podemos ser.

Alguien me dijo una vez que la nostalgia es un resabio del paraíso perdido, la dolorosa certeza de que en algún momento tuvimos algo que ya no tenemos, por más simple que esto suene. Pero la nostalgia suele adaptarse al tiempo en que se la vive.

Durante años, el Maracanazo nos impuso la permanente añoranza de una hazaña insuperable. Pero así como Brasil superó el trauma de haber perdido, nosotros no superamos el de haber ganado. A partir de entonces solo obtuvimos el cuarto puesto en algunos mundiales. Los dos primeros (1954 y 1970) nadie los festejó. En 2010 la nostalgia rebajó sus aspiraciones: festejamos como locos el cuarto puesto sin haberle podido ganar a ninguno de los equipos europeos a los que enfrentamos. Diez años después el recuerdo nostálgico del torneo de Sudáfrica ambientó en este 2020 privado de fútbol la emisión de todos los partidos de la selección y la reiteración infinita del penal de Abreu. “El loco la picó” parece hoy el equivalente al gol de Ghiggia.

Lo aceptemos o no, la nostalgia venera el pasado, desaprovecha el presente y teme el futuro. Esa ecuación de alguna manera la formuló certera y lúcidamente Carlos Real de Azúa en su ensayo “El impulso y su freno”. ¿Cuántas décadas hace que los programas de enseñanza atrasan? ¿Quién se anima a achicar y racionalizar el monstruoso Estado y asumir de una buena vez la madre de todas las reformas? ¿Desarrollaremos algún tipo de mística colectiva que vaya más allá de camisetas políticas o futboleras? O, dicho de otra forma, ¿lograremos desacoplar a la política de la nostalgia para elegir menos con el corazón que con la razón?

El filósofo Henri Bergson -Premio Nobel de Literatura en 1927- escribió que “solo poseemos eternamente aquello que hemos perdido”. Algo de eso alienta nuestra módica nostálgica, la que gastamos en el día a día, con o sin noche celebratoria.

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