Hugo Burel
Hugo Burel

El mundo de Orwell

En medio de la emergencia impuesta por el Covid-19, leer ficción es una de las formas de combatir, no solo el tedio y el forzado aislamiento social, sino el aluvión informativo que ha acompañado a la pandemia.

Es inevitable que nos sometamos diariamente a los noticieros televisivos que, con exagerada presencia de media hora más en el horario central -algunos ya aflojaron- han convertido el flagelo local y planetario en un show de resonancias bíblicas a medida que la pandemia fue avanzando. Lo mismo sucedió y sucede en las páginas digitales de periódicos y portales de noticias. Leer literatura ayuda atenuar las consecuencias del empacho informativo. No se trata de evadirse, sino de acceder a discursos que van más allá del día a día y enriquecen el intelecto.

Una de las novelas que la pandemia ha relanzado es 1984, de George Orwell. La leí treinta años atrás y quedé deslumbrado por la maestría con la que Orwell construye esa consistente distopía que es 1984. La idea del Gran Hermano que signa su trama había sido rebajada a historieta cuando la posmodernidad la recicló en un famoso comodity televisivo de difusión mundial. El nombre se aprovechó para designar un reality show que desnudaba la intimidad y las miserias de un grupo aleatorio de personas. Por supuesto que el único vínculo que tuvo con la novela fue el título del programa que en el libro designa al líder totalitario que gobierna esa sociedad. El reality es una burda parodia de la vigilancia sobre los ciudadanos que ejerce el gobierno dictatorial de la trama.

A medida que fue avanzando el siglo XXI el sentido de 1984 fue haciéndose cada vez más actual. Aquellas referencias de la novela que fue publicada en 1949 -sería la última que Orwell publicase antes de morir a principios de 1950- aludían a los totalitarismos de Europa en las décadas del 30 y el 40 -el nazismo y el comunismo- pero con el devenir de los años y sobre todo en estos últimos del siglo XXI, fueron resignificándose y adquiriendo nueva vigencia.

Como una especie de milagro literario, 1984 encuentra nuevos lectores porque su contenido acompaña y simboliza lo que hoy sucede. Releerla en este tiempo de pandemia y reclusión obligatoria me deparó la asombrosa experiencia de descubrir cuánto había anticipado Orwell la época que hoy vivimos. Es tanto lo que acertó y visionó acaso sin proponérselo que la novela se ha convertido, a decenas de años de publicada, en un texto capital de nuestro presente.

Su crítica a los totalitarismos de su época que, en un recurso narrativo inteligente y perfecto ubica en el año de 1984 -invirtió las cifras del año en que escribió la novela-, se traslada al mundo actual en otra clave. El futuro imaginado por Orwell es en muchos aspectos nuestro presente. La tecnología actual por supuesto que supera a la que Orwell describe, pero su influencia sobre las personas es la misma.

El poder absoluto que sojuzga a la sociedad en 1984, hoy en muchos países se reproduce con minucia. El deterioro del lenguaje que se traduce en la “neolengua” del régimen impuesto por el Gran Hermano, hoy es la jerga empobrecida y críptica que domina las redes y el discurso entrecortado de los tuits. El miedo, el aislamiento y la soledad que trasunta la sociedad orwelliana de 1984 es el mismo de hoy expresado en otros códigos: el contacto virtual entre las personas, la ausencia de vínculos reales que se sustituyen por el chateo a distancia, la incomunicación que se instala en una sociedad que nunca dispuso de tantos medios para comunicarse. Con la pandemia en plena expansión, la reclusión obligatoria y los actuales toques de queda remiten a una realidad orwelliana.

Uno de los anticipos más notables de la novela es la presencia de la televisión en la sociedad. Cuando Orwell escribe 1984, la televisión hacía años que existía. En 1937 ya funcionaban las transmisiones regulares de TV electrónica en Francia y en el Reino Unido. El avance comunicacional de la televisión y su instalación en los hogares era una realidad muy tangible a finales de la década del 40, en sus comienzos limitada a pocos usuarios debido al costo de un aparato televisivo y al poco alcance de la señal emitida. Pese a ello, Orwell comprendió que en la sociedad que imagina en 1984, la tecnología televisiva era decisiva para que el Gran Hermano ingresara en los hogares, no solo con su prédica ideológica y sus mensajes de control social, sino con su vigilancia permanente de panóptico electrónico.

Hoy, todo lo que anticipó Orwell existe y, sin necesidad de que la televisión nos mire a nosotros, somos igualmente vigilados a cada paso que damos. Las cámaras callejeras nos permiten asistir a asaltos y copamientos en directo. Las redes exponen y desnudan la intimidad de las personas. Los algoritmos manejan nuestras preferencias y opiniones. Los programas para celular que permiten descubrir si tu pareja te es infiel. Los engaños de las propuestas comerciales on line te enganchan para acceder a tus datos más personales. La fiebre de la selfie establece la hora, el lugar en donde te fotografiaste y con quién.

Para el final no me resisto a citar un pasaje estremecedor de esta novela formidable: “La telepantalla recibía y transmitía al mismo tiempo. (…) Por supuesto, era imposible saber si te estaban observando o no en un momento dado. (…) Incluso era concebible que vigilaran a la vez a todo el mundo. Pero en cualquier caso podían conectarse contigo cuando quisieran. Tenías que vivir -y la costumbre acababa por convertirlo en un instinto- dando por sentado que escuchaban hasta el último sonido que hacías y que, excepto en la oscuridad, observaban todos tus movimientos”.

El mundo de Orwell es una pesadilla cotidiana que se inserta en la llamada “nueva normalidad”. La diferencia con la novela es que millones aceptan con entusiasmo y mansedumbre ser escrutados y vigilados sin tener conciencia de que eso suceda. El Gran Hermano te vigila, te condiciona, te manipula y te utiliza cada vez que usas tu tarjeta de crédito o pones un “me gusta” en tu celular. Bienvenidos a 1984.

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