Hugo Burel
Hugo Burel

Morir esperando

Cuando era niño una de las empresas de transporte capitalino de pasajeros era estatal y se denominaba “Amdet”, sigla que significaba Administración Municipal de Transportes Colectivos de Montevideo.

La misma se había creado a fines de 1947 cuando, para que Uruguay cobrara parte de la deuda con Gran Bretaña generada durante la II Guerra Mundial, la Intendencia capitalina había tomado el control de la empresa Sociedad Comercial de Montevideo, que operaba los tranvías, además de las otras dos que lo hacían con los autobuses. El pasaje del control privado al estatal originó cambios en la operativa de esos servicios. Pronto el imaginario popular respondió con humor e ingenio a la impuntualidad y demoras en las frecuencias de los viajes y Amdet pasó a significar: “Artigas Murió Desesperado Esperando un Tranvía”.

La referencia anterior, que los que tenemos cierta edad la recordamos hasta con cierta nostalgia, en el Uruguay de hoy tiene un correlato mucho más dramático y aplicable ya no al transporte colectivo sino a la salud, en especial la de aquellos que no cuentan con recursos económicos y dependen de los del Estado. El nuevo significado de la sigla Amdet podría ser “Alguien Murió Desesperado Esperando un Tratamiento”.

Por supuesto que esa sigla hoy no existe pero habría que reflotarla para nombrar el drama que vivió Julio, un jubilado de 69 años diagnosticado con cáncer. Según lo que consignó este diario en su edición del lunes 11, su jubilación de 8.500 pesos no le alcanzaba para acceder al medicamento recetado por su oncóloga que, por el costo de casi seis mil dólares mensuales, no estaba cubierto por el Sistema Nacional Integrado de Salud. Este fármaco cuenta desde el 2007 con un informe favorable del MSP respecto a su eficacia, según explicó el Dr. Juan Ceretta a El País. Ceretta es abogado y profesor del Consultorio Jurídico de la Facultad de Derecho de la Udelar y patrocinante de Julio en un juicio contra el MSP, precisamente para lograr que se le autorizara el medicamento Sorafenib, “no para que le salvara la vida sino para que le dignificara la muerte”, expresó Ceretta.

El vía crucis de Julio incluyó notas dirigidas al MSP y al Fondo Nacional de Recursos para plantear su situación y solicitar se le entregase el medicamento, pedido que le fue negado. Por tal motivo inició un recurso de amparo el pasado 19 de setiembre y, dos meses después, el juez condenó al MSP el 19 de noviembre a entregarle a Julio el fármaco en un plazo de 72 horas. El MSP apeló y un Tribunal lo condenó nuevamente el 9 de diciembre. Casi tres meses más tarde Julio falleció sin haber accedido al medicamento. El doctor Ceretta argumentó que cuando se apela, mientras se tramita esa apelación, se debe cumplir con la sentencia. Esto quiere decir que si el ministerio fue condenado en primera instancia no importa si la apelación va a durar dos o tres semanas porque mientras tanto el demandado le tiene que dar el medicamento.

Un comunicado difundido por el MSP el martes 12 le agrega a este dramático caso el dato de que, tras la sentencia en su contra, el Ministerio entregó el Sorafenib a la farmacia del prestador de salud de Julio el día 17 de diciembre, pero este no fue retirado por sus familiares. Sin embargo, estos afirman que se presentaron reiteradas veces en la mutualista para solicitarlo y allí les dijeron que el mismo todavía no había llegado.

Por supuesto que el comunicado del Ministerio no trasmite la más mínima piedad por la suerte de Julio y solo es la expresión burocrático administrativa de un lavado de manos oficial y glaciarmente indiferente que, de paso, le endosa la responsabilidad a la mutualista, a la que no nombra. Lavarse las manos sí, pero sin ensuciar las de otros que son tus socios en la ineficiencia.

Visto en conjunto, el caso repugna por donde se lo mire, pero justo es decir que no es el primero ni será el último. Baste recordar que el año pasado un paciente oncológico del interior del país murió sin conocer el resultado de la biopsia que habría determinado el tratamiento a seguir porque la misma demoró cuatro meses en informarse.

Es indignante que en un país cuyo presidente es médico oncólogo, sucedan estas muertes absurdas y evitables. Toda esa parafernalia de siglas y ampulosos títulos con que el gobierno ha maquillado la salud es una muestra de ineficacia travestida de vana soberbia y autoritarismo. Desde el dictatorial corralito mutual a la insólita injerencia del MSP en la comunicación de los prestadores de salud mutuales -que un burócrata debe aprobar antes de que se vehiculice en los medios- la realidad indica que nuestro actual sistema de salud es, además de totalitario, cruel e ineficaz ante situaciones como la de Julio. En el Uruguay de hoy los tratamientos y medicamentos salvadores o paliativos de un sufrimiento mayor solo están a disposición de aquellos que pueden pagárselos o tienen la suerte de ganar un juicio a tiempo. También es significativo que el MSP haya perdido el 90 por ciento de los contenciosos generados por quienes reclaman por medicamentos que previamente se les niegan.

Julio murió de un cáncer de hígado, pero también por obra de la indiferencia del sistema, sus kafkianos mecanismos de dilación y las sucesivas chicanas burocráticas y legales que trancaron la entrega del medicamento. Pero lo terrible, además, es acompasar los tiempos de una enfermedad mortal a los plazos del funcionamiento de la justicia. El cáncer no espera a que un expediente se mueva y un juez dictamine. Tampoco es lógico que un magistrado tenga que resolver lo que es privativo de la medicina. Hay algo intrínsecamente perverso en lo sucedido: alguien que padece una enfermedad que hoy puede combatirse y hasta curarse con un tratamiento adecuado, muere esperando un medicamento. Si finalmente estuvo a su disposición en su mutualista, ¿por qué nadie le avisó a la familia? ¿Por qué el MSP no informa el nombre de esa institución? ¿Por qué la mutualista no da la cara y aclara si estaba o no el medicamento en su farmacia?

Lo terrible de esto, además de la muerte de Julio, es la desaprensión de las autoridades de la salud pública que creen que con un simple comunicado que desliga responsabilidades pueden redimirse de culpa en este desgraciado asunto. Lo único que el cáncer no corroe son los tornillos de algunas sillas.

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