Hugo Burel
Hugo Burel

Mitos y relatos

Desde tiempos inmemoriales los mitos forman parte del sistema de creencias de una cultura o de una comunidad, la cual los considera historias verdaderas. Aunque los mitos se plantean originalmente como historias literalmente ciertas, la dialéctica entre la explicación mítica del mundo y la filosófica y científica ha favorecido el desarrollo de lecturas no literales de los mitos, según las cuales estos no deberían ser objeto de creencia, sino de interpretación.

El antropólogo Bronislaw Malinowski afirmaba que no hay aspecto importante de la vida que sea ajeno al mito. Por ello, existen mitos religiosos y políticos, o sobre temas tan variados como la guerra, el sexo, el arte o el deporte.

Para Malinowski los mitos son narraciones fundamentales, en tanto responden a las preguntas básicas de la existencia humana: razón para existir y razón de lo que rodea a la existencia, entre otras. Este autor reflexiona que el mito pertenece al orden de las creencias. Y por supuesto, el mito siempre se inicia con el lenguaje que se manifiesta en la expresión oral o escrita. Es decir, comienza con una narración o relato.

A propósito de la noción de relato que refiere a lo político, en su columna del pasado domingo Juan Martín Posadas reflexionó que “en política las cosas no son como son sino como se cuentan y el que logra instalar su relato sobre el relato de los otros ya marcó la cancha. Después habrá unos a favor y otros en contra, pero siempre será sobre ese relato que se estableció primero”.

Es imposible no estar de acuerdo con esta aseveración del distinguido colega a propósito de los tiempos políticos que se viven y los más intensos que se avecinan. Sin embargo y en un sentido más amplio, al relato político siempre lo precede y sostiene un relato cultural y es en esa dimensión que, a mi modo de ver, habrá de dirimirse la próxima contienda electoral.

Algunos analistas sostienen que el ciclo progresista se encuentra agotado y que los grandes temas que hoy están en el debe del gobierno -seguridad, educación, déficit fiscal, Pluna, Ancap y el caso Sendic, por citar algunos- terminarán por poner en entredicho la continuidad de la izquierda en el gobierno.

Afirman que el relato que instaló un círculo virtuoso, convencido de ser moralmente superior, éticamente intachable, socialmente imprescindible y políticamente ganador se encuentra en crisis, como también lo está en Brasil, con Jair Bolsonaro pateando todos los tableros, y en Argentina, con los cuadernos de la corrupción sembrando arrepentidos y una expresidenta desafiante gracias a los fueros parlamentarios que todavía la protegen de marchar a la cárcel, y al descalabro económico que el oficialismo no logra revertir.

Pero esos analistas olvidan que los relatos construyen mitos y estos no tienen fecha de caducidad. Los mitos se afincan en el imaginario colectivo y se asientan en la sociedad con la firmeza del bronce y el mármol de los monumentos.

Para algunos politólogos el éxito electoral que logró la izquierda en las últimas tres elecciones -y antes, al conquistar el gobierno de la capital- se debe a que se apropió de las banderas del batllismo agotado y las recicló. Sin analizar si esto es realmente así, lo interesante de la idea es el juego que establece entre el mito y el relato.

Es evidente que el Uruguay de las políticas que Batlle y Ordóñez impulsó el siglo pasado generó un relato que con los años decantó en mito. Ese relato pudo comenzar con el sueño de don Pepe de construir “un pequeño país modelo” cuya democracia política fuera ejemplar. Ello derivó luego en aquel slogan del país feliz de finales de los 40 y principios de los 50: “como el Uruguay no hay”. El epítome de ese ideal arcádico se vivió con la hazaña de Maracaná. Crisis posterior mediante, de ahí llegamos al “paisito” que la cultura de la diáspora y el exilio de los años 60 y 70 acuñó con nostalgia y dolor.

Lo que tienen en común esas visiones es la consolidación del mito de la excepcionalidad uruguaya. Un mito que de alguna manera permeó en todas las clases sociales a través de las expresiones políticas dominantes, inclusive durante el período de la dictadura cívico- militar.

En ese sentido, el mito funciona como un relato fosilizado, congelado en sí mismo y refractario a to-do cuestionamiento. Si en algún momento refleja una realidad, cuando esta desaparece en los hechos el mito la hace perdurar en el imaginario colectivo por más tiempo que el de su existencia real.

La contienda que con miras a las internas primero y luego a la elección nacional enfrenta a la oposición con el gobierno no es solo en el terreno político. También dirimirán el contencioso los relatos afincados en dos visiones sustentadas en la cultura profunda de los ciudadanos.

Por un lado, la cultura de la izquierda, hegemónica e impuesta luego de décadas de trabajo ideológico, ha logrado consolidar desde su relato mitos que hoy pueden estar en entredicho pero no en retirada.

Frente a esta, el grupo de partidos de la oposición supone un relato, al menos en los llamados partidos fundacionales, que remite a mitos que la propia izquierda no se ha cansado de combatir.

El reto para estos es instalar en la opinión pública una nueva mirada sobre los problemas del país que seduzca a los votantes y sea capaz de imponer un relato que no sea solamente político.

El desafío es cultural y el cambio depende de poder superar mitos hasta ahora inamovibles. Porque como dijo Albert Camus, los mitos son más poderosos que la realidad.H

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