Hugo Burel
Hugo Burel

El miedo responsable

Pese a que el gobierno y en especial el Presidente no han dejado nunca de elogiar y reconocer la actitud responsable de los uruguayos ante la pandemia, los hechos que se han producido en las últimas semanas con proliferación de fiestas clandestinas de alto riesgo y los brotes de contagio en centros de salud, parecen desmentir esa condición que nos ha evitado una cuarentena obligatoria.

Ensalzar al barrer a toda la población es un gesto tentador para cualquier gobernante, pero no se ajusta a la realidad. Lamentablemente, no todos los uruguayos son conscientes de la situación que nos aqueja. Todavía no se ha logrado imponer el uso obligatorio del tapaboca en los ómnibus o disuadir a los jóvenes de concurrir a una fiesta privada. La impresión que uno tiene es que el enojo evidente del ministro de Salud cuando trascendió el foco de Médica Uruguaya, expresó mucho más que el disgusto puntual ante esa mala noticia. A ese fastidio se le agrega la reflexión del doctor Henry Cohen, integrante del comité de científicos que asesora al gobierno, que ha dicho que las medidas personales de higiene y protección de los ciudadanos frente al Covid-19 configuran un deber cívico. Y ese es el quid de la cuestión.

Se debe terminar con los reiterados elogios al colectivo ciudadano por su conducta responsable -que, insisto, no todos practican- y pasar al concepto de “deber cívico”. Las consecuencias del “masomenismo” tan habitual del uruguayo se expresan, por ejemplo, cuando uno ve una pareja caminando por la calle: ella lleva tapaboca y él no. O viceversa. ¿Por qué circulan con un 50% de responsabilidad? De la misma manera hay personas que van con tapaboca pero dejando al descubierto la nariz, lo cual es ineficaz como medida de cuidado. Y en el ómnibus: algunos suben con tapaboca pero luego de estar adentro, se lo quitan. O comparten el mate. O andan a los abrazos.

En estas reflexiones no es posible obviar las sucesivas aperturas de distintas actividades laborales -iniciadas en el sector de la Construcción- y el progresivo incremento de lugares de circulación social como shoppings o restaurantes. El reinicio del fútbol sin público o la reapertura de teatros y museos que comienza el lunes, marcan sin duda una clara asunción de riesgos por parte del gobierno y sus asesores, pero ese juego de las famosas “perillas” no ha sido acompañado por una campaña potente y clara de educación ciudadana. El último spot televisivo que se difundió tiene un innecesario clima festivo y un mensaje que privilegia los dos metros de separación -siempre difíciles de mantener- pero no hace casi énfasis en el uso del tapaboca como complemento indispensable. De alguna manera plantea la gravedad del asunto como un simpático juego. ¿Qué tal un poco de miedo así algunos se despabilan?

Siempre he sido enemigo de utilizar el miedo como elemento disuasorio en cualquier situación, sin embargo ante la coyuntura actual de la pandemia no tengo otra alternativa que revisar esa convicción. A lo largo de la evolución de la humanidad el miedo ha sido un factor de supervivencia. Somos la única especie que sabe que va a morir y gracias al miedo ha logrado superar los peligros y acechanzas de medios hostiles, desde el clima a las fieras depredadoras. El miedo le ha enseñado al hombre a estar alerta y a prevenir el riesgo. El miedo no es cobardía: es consecuencia del instinto y la inteligencia para identificar el peligro, defenderse y superarlo. Bien: es hora de que le tengamos un poco más de miedo al Covid-19.

Hay que tener en cuenta que la pandemia se ha presentado con una perversa diferenciación por edades a la hora de definir su letalidad. No afecta casi a niños y los más jóvenes padecen el virus en condiciones similares a las de un resfrío o una gripe. Otro aspecto inquietante es la existencia de casos asintomáticos. La cosa se complica cuando la edad es más avanzada, al punto de que los mayores de 65 años constituyen el llamado grupo de riesgo. Ello determina que deban someterse a un casi total aislamiento y restringir al mínimo los contactos de la vida social. Pero, si los más jóvenes bajan la guardia y se exponen al contagio por una fiesta o un asado para veinte, no solo se arriesgan ellos sino que amenazan a los mayores con quienes conviven. Y no hablo de que no padezcan el mismo riesgo en la actividad laboral, pero al menos lo encaran trabajando. No obstante, en cualquier actividad el distanciamiento social y físico debe extremarse. La OMS lo acaba de advertir pidiéndoles a los más jóvenes menos inconsciencia y más responsabilidad.

Por supuesto que no se trata de entrar en pánico -sentimiento que paraliza y obnubila- sino de tener claro que mientras no accedamos a la vacuna, las medidas de precaución higiénica, distancia y uso de tapaboca, son lo único que puede preservarnos de contraer el virus. El que no tiene miedo personal al menos debe temer por el otro. La idea de que todos los uruguayos son conscientes del riesgo es falsa. Los brotes en Uruguay proliferan y en el mundo se producen nuevos embates del Covid-19 por lo cual hay que decir las cosas como son, no como idealmente deberían ser.

Cuando en 1940 las bombas alemanas caían sobre Londres, sus habitantes tenían miedo y gracias a él muchos se salvaron. Ni bien sonaban las sirenas del ataque aéreo, los que estaban en la calle corrían más rápido a los refugios gracias a la adrenalina que el miedo les generaba. El miedo nos pone en alerta y agudiza nuestros sentidos para poder sobrevivir. Un miedo responsable y acorde a la amenaza. Eso también nos hace humanos y solidarios.

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