Hugo Burel
Hugo Burel

Es mejor debatir

Hace casi sesenta años, el 26 de septiembre de 1960, la política cambió para siempre.

Nada volvió a ser igual desde aquel primer debate entre Richard Nixon y John Kennedy trasmitido por televisión en la cadena ABC. Ese histórico programa duró apenas una hora, en la cual los adversarios se centraron en política local. Era la primera vez que dos candidatos a la presidencia del país más poderoso del mundo se adaptaban al lenguaje y los códigos de la televisión y exponían sus ideas ante una audiencia de 70 millones de televidentes en una época en la que no había en todos los hogares un televisor.

El joven Kennedy ganó la batalla porque entendió de inmediato de qué iba el juego. Lució bronceado y fresco como una lechuga, mientras que su rival -que había rechazado ser maquillado- apareció demacrado y con un traje inadecuado para la imagen en blanco y negro de aquella emisión. John Kennedy destrozó a Richard Nixon en la pantalla, pero la paradoja fue que los que escucharon el debate por radio opinaron que había sido Nixon el ganador.

Aquel enfrentamiento tuvo otra consecuencia decisiva: la política y los políticos ingresaron en el ámbito de los shows televisivos para devenir inevitablemente en protagonistas de un espec-táculo y por tanto convertirse en actores. De esa manera, lo que piensan y proponen pasó a medirse también por su capacidad, encanto o habilidad para expresarlo. Lucir convincente, aplomado, sincero, creíble, saludable y más etcéteras empezó a condicionar el rol del político y su batería de recursos para convencer al votante.

Uno de los temas políticos de esta semana fue el reclamo del candidato colorado Ernesto Talvi ante el hecho consumado de que el 1º de octubre se realizará un debate televisivo entre el candidato frentista Daniel Martínez y el del Partido Nacional, Luis Lacalle Pou.

Talvi exigió que Martínez y Lacalle Pou debatiesen también con él, agregando además que de no hacerlo estarían proscribiéndolo. Sin analizar si tal calificativo es aplicable y si posicionar a Talvi como el tercero excluido es un acto de ninguneo, la falla que ha tenido el resurgir de los debates políticos televisados -que hace 25 que no se realizaban- es que no ha sido posible configurar un escenario en el cual todos los candidatos con chance de llegar al balotaje comparezcan y se enfrenten.

Hasta ahora queda demostrado que, antes del balotaje, los debates dependen de que los candidatos acepten debatir. Los canales pueden ofrecerles todo para que lo hagan, pero la última palabra la tiene la estrategia y los comandos de las campañas, por lo cual el democrático recurso de confrontar abiertamente propuestas y programas con los adversarios no obliga a ninguno. Como dijo el candidato Pablo Mieres: la que pierde es la ciudadanía.

Pero, lo más notable de la situación es que luego de tres períodos de gobiernos frentistas en los que sus candidatos a la presidencia nunca aceptaron debatir, Martínez quiebra esa negativa. En las elecciones en las que los debates no son obligatorios por lo general el que va primero no le da a nadie la chance de que debata con él. En esta ocasión Martínez aceptó hacerlo con Lacalle Pou, acaso porque las cifras de las encuestas no le estarían dando los números necesarios como para llegar con margen al balotaje. Es evidente que al no haber logrado aún la llamada “cifra mágica” (42%) -para varias encuestas todavía lejana- la izquierda no tiene más remedio que arriesgar.

Para Lacalle Pou, la situación es diferente: es el desafiante y tiene una oportunidad perfecta para confrontar con el oficialismo en vivo y en directo y sin abrazos para la foto. Ha declarado que va a debatir con el representante del gobierno que quiere sacar y no con su futuro socio en una coalición -Ernesto Talvi-, lo cual reafirma el sentido estratégico del debate y de paso soslaya que lo que también se elige en octubre es el Parlamento.

Pero todas estas consideraciones no aclaran el efecto real que puede tener un debate en la carrera hacia el último domingo de octubre. Es entendible el reclamo de Talvi porque la estrategia de los otros dos candidatos se enmarca en los parámetros de la realpolitik.

Uno desearía que el escenario fuera como el de los debates españoles, pese al lío que les ha impedido a las fuerzas políticas ponerse de acuerdo para formar gobierno tras la última elección y de lo cual los debates no tienen la culpa. Antes de los comicios debaten todos contra todos y a la vez, de pie en el estudio de televisión y diciendo todo lo que piensan sobre sus propuestas y las de los otros.

¿Qué tanto influirá este debate en la aguja de las encuestas?

Tengo la impresión de que los únicos a los que puede movilizar son los indecisos. No creo que la performance de cada uno de los que debatan pueda desbaratar los prejuicios recíprocos de sus partidarios respectivos. Más bien que confirmará sus posiciones y pocos van a cambiar su decisión. Aún así el debate de ideas fortalece el sistema y despeja dudas sobre los candidatos. Y la ciudadanía tiene derecho a esos debates para conocer bien qué es lo vota. ¿Cuántos votantes leen los programas y saben lo que proponen los partidos? Debatir también es difundir para que la gente compare.

Es bueno recordar que el único debate político televisado que tuvo influencia decisiva en Uruguay fue el que se realizó el 14 de noviembre de 1980 en Canal 4, a propósito del plebiscito constitucional impulsado por la dictadura cívico-militar.

Entonces se enfrentaron los doctores Enrique Tarigo y Eduardo Pons Etcheverry en representación del NO y el coronel Néstor Bolentini y el doctor Enrique Viana Reyes a favor del SÍ. La polémica contribuyó a que dos semanas después y con todo en contra, el rechazo a la nueva carta propuesta por los militares tuviese el apoyo del 57,20% de los ciudadanos. El coraje cívico e intelectual de dos republicanos y demócratas torció en una noche lo que parecía inexorable, porque su actitud le dijo a la ciudadanía que tenía permiso para disentir.

Este ejemplo confirma que siempre es mejor debatir y mucho más si se vive en democracia.

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