Hugo Burel
Hugo Burel

El insulto final

Pese a que los plazos constitucionales determinaron que la campaña política de las elecciones municipales finalizara el pasado jueves, esta culminó antes con dos hechos que repercutieron en la opinión pública mucho más que la disputa política.

El exabrupto con que el senador Mujica calificó las propuestas y los hábitos de indumentaria de la candidata multicolor Laura Raffo y la respuesta firme y contundente de esta a los dichos del octogenario político, metido en la campaña para acercarle unas chapas a su candidato Álvaro Villar.

No es necesario que reproduzca aquí las palabras producto del talante prejuicioso e intolerante del expresidente pero, a juzgar por el silencio del colectivo feminista y sucursales, no habría lugar a espanto ni protesta por ese desplante machista. Si esa descalificación la hubiera expresado un integrante de la coalición multicolor, otra habría sido la reacción.

La vena insultadora y la propensión a generalizar virtudes o defectos de nuestro político más sobrevalorado en el exterior, siempre aflora en momentos en que los argumentos del adversario suelen ser irrefutables. Que hay un Montevideo olvidado nadie puede discutirlo, pese a que la candidata Carolina Cosse endosó el esférico comentario de Mujica y dobló la apuesta. Pero eso no demuestra lo contrario, porque saneamiento, calles asfaltadas, iluminación, limpieza, seguridad y varios etcéteras negativos prueban que más que olvidados, hay montevideanos que no existen.

Desde que en aquel programa televisivo de la Tele Mujica le dijo a Néber Araújo “no sea nabo”, la lengua se le ha ido demasiadas veces a este insultador contumaz y estratégico. Yo no creo en lo casual o auténtico de su actitud de viejo sabio de boliche, de filósofo en chancletas con habilitación para decir lo que se le ocurre. Ese es el ropaje con el que construyó el personaje que ha logrado patentar un prolongado disparatario que sazona muchas veces con verdades obvias e indiscutibles. Mujica no tiene un solo pelo de tonto y su última hazaña del chamuyo fue desarmar por completo el desafuero de Manini Ríos a base de amagues y fintas verbales, principios cambiados por otros, como decía Groucho Marx, y arrepentimientos tardíos de no haberse callado la boca.

En el entredicho, la candidata Laura Raffo recogió de inmediato el envite y con clara noción de la oportunidad le propinó a su agresor una contundente parada de carro que luego y de forma tardía refrendaron otros actores políticos. En su conferencia de prensa, Raffo compareció sola y hablando fuerte y claro como para que a nadie le quedaran dudas de que era otra ciudadana harta de los desplantes a los que Mujica nos tiene acostumbrados. No recuerdo otra instancia similar en la que le cantaran tan bien las cuarenta.

No obstante, el episodio descrito va más allá del anecdotario de la campaña por las elecciones municipales y apunta a una dimensión más simbólica y general. Desde hace bastante tiempo el senador Mujica monopoliza cuando le viene en gana la atención de la opinión pública en mérito a la colaboración y a veces complicidad de ciertos medios que amplifican cada uno de sus dichos y sus gestos. Más allá de la identidad ideológica o partidaria, Mujica siempre da espectáculo y rinde ante cámaras y micrófonos como el divo que es. Su presencia es sinónimo de rating y lo que declara es reproducido de inmediato por la prensa como si se tratara de la palabra de un oráculo. Tiene permiso de contradecirse las veces que quiera y rara vez un periodista se anima a la repregunta o la aclaración sobre lo que Mujica acaba de decir.

Como aquellas legendarias figuras de Hollywood que concitaban el interés cuando hablaban no por lo que decían sino por quienes eran, Mujica es una estrella irresistible que ni bien se encienden las luces hace su show y despliega un libreto que por lo general no tiene nada de improvisado. Con un talento innato para la pausa que deja en suspenso una opinión y la picardía añejada por los años, sus stand up le reditúan a Mujica un interés desproporcionado a sus virtudes y a la trascendencia de lo que dice. Uno debe dar gracias que el personaje no tuitée, porque entonces sería tan insufrible y peligroso como Trump o Bolsonaro.

Con su pobrismo militante y un calculado desprecio por los bienes materiales, el senador Mujica ha cautivado, entre otros, a David Rockefeller, George Soros, al semanario The Economist y a una pléyade de frívolos bien pensantes fuera de fronteras. Ha cosechado decenas de biografías entre las cuales figura hasta un cómic japonés y la edulcorada y falsa visión del film de Kusturica. Ha sido y es todavía un rock star de la política, por lo que el entredicho con Raffo con seguridad no alterará un gramo su vocación de lanzar invectivas contra sus adversarios, en especial cuando las papas queman y necesita arengar a sus votantes.

Desde la perspectiva de lo antedicho, el estilo de maniobra política descalificadora e intolerante que Mujica ha patentado quizá encontró su límite en la respuesta de Raffo y su prolija enumeración de todo aquello que no iba a tolerarle al senador. Dos visiones y dos mundos opuestos para encarar el diálogo político colisionaron en el espacio mediático para plantear el ocaso de uno de ellos. Patotear al otro rebajando el idioma y burlarse de su ropa y los zapatos que calza obedecen a una retórica política burda que destruye puentes y siembra insidia e intolerancia. Debatir con argumentos y en buenos términos ya se sabe que reditúa cada vez más, como lo demostró el resultado de las elecciones nacionales.

La cuestión sigue siendo qué prefiere la gente y hasta cuándo cierta polarización política seguirá funcionando desde el prejuicio y la camiseta sin dejar espacio al diálogo razonable y civilizado. La ciudadanía merece que este último haya si-do el insulto final y a partir de ahora la convivencia respetuosa en un momento difícil para el país por fin prevalezca.

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