Hugo Burel
Hugo Burel

Nada que festejar

Las elecciones del pasado domingo en Argentina fueron un terremoto cuyas réplicas continúan sacudiendo el ambiente político y económico de la nación hermana.

Diecinueve encuestas no fueron capaces de predecir el resultado que ubica a la fórmula kirchnerista casi 16 puntos por encima de la del oficialismo. Pero, como afirmó el analista Claudio Fantini, en Argentina nadie gana una elección porque siempre hay uno que la pierde, en este caso Mauricio Macri, el derrotado absoluto de la jornada y el blanco del fenomenal voto castigo que según los expertos explica el descalabro de Cambiemos.

Las consecuencias del resultado de la elección se manifestaron de inmediato en las pizarras de los cambios, con un dólar que pasó los 60 pesos, una caída estrepitosa del 37,9 por ciento del Merval y el aumento del riesgo país que trepó a 1771 puntos, el máximo en una década. El peso argentino se depreció más de un 25,5 por ciento y los precios del consumo empezaron a dispararse con el lógico efecto de provocar más inflación. Una muestra de eso: Chevrolet subió un 23 por ciento el precio de sus modelos mientras que Honda anunció que en 2020 ya no armará sus automóviles en Argentina.

A las pocas horas de conocerse los resultados empezó un acopio de productos de primera necesidad y el remarque de la canasta básica no se hizo esperar. Pero la noche de la elección en el búnker de Alberto Fernández sus votantes deliraban eufóricos cantando que iban a regresar mientras la otra Fernández de la fórmula, atrincherada en el sur, disfrutaba de ese pronóstico que le pasaba por arriba a varias causas penales pendientes por corrupción, bolsos con dinero, cuadernos y todo el increíble acopio de denuncias que la arrinconaron en todo este tiempo.

Esa paradoja fue brillantemente resumida por el columnista Jorge Fernández Díaz en La Nación: “Los pirómanos no se reconocen como responsables del incendio, critican a los bomberos y finalmente los derrotan: son los héroes del momento. Chapeau.”

Esa última reflexión marca el tamaño de la tragedia argentina: los causantes del fenomenal descalabro de la economía y sus consecuencias sociales, ante el fracaso de los que se suponía iban a reordenar ese caos, ahora pueden regresar al poder, pese a que Macri, como único descargo para su inepcia proclamó que el mundo no quiere a los Kirchner ni al kirchnerismo.

Pretende que esos mercados que nadie puede controlar hagan el trabajo político que lo ayude a ser competitivo en octubre y remontar el desastre. Antes, culpó a los votantes de haberse equivocado y el miércoles, luego de pedirles disculpas, anunció una serie de medidas económicas -demagógicas y tardías según el citado Fantini- que prueban su incapacidad para entender en dónde estuvo parado antes de la elección.

Pero esos festejos que en parte se explican como una rabiosa catarsis popular dictada por el bolsillo más que por convicciones políticas, aquí se replicaron a través de rápidos tuiteos y declaraciones de integrantes del partido de gobierno.

Hay que consignar que la izquierda argentina agrupada en el Frente de Izquierda-Unidad no llegó al 3% de los votos y hoy es la cuarta fuerza en el espectro político.

Pese a ese contexto celebratorio, el contador Astori señaló que la crisis disparada en Argentina por el resultado de las PASO indudablemente tendrá consecuencias negativas para nuestra economía, en especial para el turismo. Al parecer la alegría de algunos sectores frentistas por el éxito de los Fernández denota un afán camisetero y oportunista que olvida que durante el gobierno de los Kirchner tuvimos puentes cortados y cortocircuitos permanentes en varios temas.

Deberían recordar que el entonces presidente Mujica dijo que “esta vieja es peor que el tuerto” refiriéndose a Cristina Kirchner y que en el momento más crítico del conflicto con Argentina por la instalación de la planta de Botnia en Fray Bentos, el presidente Vázquez planteó la posibilidad de un enfrentamiento bélico y le pidió a la entonces secretaria de Estado de Estados Unidos, Condoleezza Rice, que su gobierno (el de George W. Bush) expresara su apoyo a Uruguay en caso de necesitar ayuda militar.

Como complemento de esa celebración de una elección ajena, el oficialismo ha planteado que las nefastas y fallidas políticas de Mauricio Macri serán aplicadas por los dos principales candidatos de la oposición en caso de que uno de ellos triunfe en el balotaje. Un nuevo cuco acaba de saltar sin prestar atención a los programas de los aludidos.

Parece que para los festejantes de este lado del río la actuación del kirchnerismo y su secuela de escándalos de corrupción y decenas de causas en la justicia no es un tema relevante que merece condena. Tampoco saben cuál será la fórmula mágica que, desplazado el actual gobierno de Macri a partir de octubre, le dará estabilidad a la Argentina porque la felicidad ciudadana regresará a influjo de los pirómanos que derrotaron a los bomberos.

Los que por aquí celebran el regreso de los Kirchner tampoco tienen en cuenta que todos los indicadores que miden el descalabro argentino -y más allá de que Fernández y Macri por fin se comunicaron para intentar un mínimo entendimiento- van a repercutir más temprano que tarde en nuestro país.

Siguiendo la comparación de Fernández Díaz, desplazados los ineficaces bomberos por los que iniciaron el incendio, el capítulo siguiente de la tragedia nos dirá cómo harán para apagarlo. Así que por ahora no hay nada que festejar.

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