Hugo Burel
Hugo Burel

Epitafio para un espía

Tomo prestado el título de una notable novela de Eric Ambler para referirme a uno de los hechos políticos más impactantes de los últimos años, como han sido las revelaciones sobre el exsecretario del Partido Socialista e influyente pensador de la izquierda Vivián Trías, que lo señalan como espía al servicio de la inteligencia checoslovaca durante trece años.

La información se conoció a finales de 2018 en el libro “La StB: El brazo de la KGB en Uruguay”, de los investigadores brasileños Mauro Kraenski y Vladimir Petrilák y puso sobre la mesa documentación que revela que Trías fue un agente secreto del servicio de inteligencia checoslovaco (StB) entre 1964 y 1977. Ahora otro libro, escrito por el exsocialista Fernando López D’Alesandro, ahonda más en el tema y lo contextualiza con una profusa enumeración de hechos que describen el proceso político, ideológico y personal que llevó a Trías a convertirse en espía.

De la lectura del libro de López D’Alesandro, “Vivián Trías, el hombre que fue Ríos”, surgen pruebas irrefutables que vinculan a Trías con el espionaje checoslovaco dependiente de la KGB soviética, actuando con plena dedicación y cobrando en dólares norteamericanos sus servicios.

La investigación de López D’Alesandro -egresado del IPA y Magister en Historia por la Universidad de San Juan- es exhaustiva, documentada y punzante para arrojar luz sobre el asombroso proceder de Trías que, de sostener un fundamentado anticomunismo en el partido en el que militó y condujo, pasó a operar con total convencimiento bajo las órdenes del espionaje soviético a través de su incorporación a la StB checoslovaca, cuyo agente en Uruguay era Vlastimil Vlasely, con el nombre clave de Vlasák.

El libro de López D’Alesandro no se centra solo en la figura de Trías y su increíble periplo como espía. Con detallada acumulación de nombres, fechas, sucesos y cambios estratégicos, el autor hace una estremecedora disección del errático proceder del Partido Socialista a partir de la fallida experiencia de la Unión Popular en su alianza con el político blanco, nacionalista y herrerista Enrique Erro.

Pero también abunda en las enconadas diferencias entre el Partido Socialista y el Partido Comunista uruguayo y en el cúmulo de errores de estrategia política que la izquierda cometió al jugarse a la imposible revolución armada, en especial a través de los Tupamaros.

La caída del liderazgo de Emilio Frugoni, el ascenso del propio Vivián Trías como su sucesor y secretario y el asumir la lucha armada como camino posible hacía la revolución sin dejar de actuar dentro del sistema democrático -en lo que el libro define como doble militancia- van configurando una debacle que se incrementa en la medida que su principal ideólogo local, Trías, se entrega al espionaje rentado y manipula el rumbo del partido en beneficio de su vínculo personal con Praga y Moscú.

La trama de su accionar -de la que se consignan lugares de reunión, encargos específicos, montos de la paga y entretelones de su vocación por servir a uno de los bandos de la Guerra Fría- parece salida, más que de una novela de Ambler, de una de John le Carré.

Las acusaciones del libro de López D’Alesandro son lapidarias: el 6 de junio de 1964 el agente Vlásik reclutó a Trías tras varios años de pruebas y aprendizaje. Este asumió el nombre secreto de Ríos. Pero lo más importante de ese reclutamiento fue que la StB podía tener a su servicio la estructura del Partido Socialista y la de su juventud. Esa era la clave táctica, cooptar una organización, pequeña pero en pleno funcionamiento, para que operara al servicio de la inteligencia comunista en su lucha contra Estados Unidos.

El salario pactado fue de 150 dólares mensuales, los que duplicaban los ingresos de Trías en ese momento. Como afirma López D’Alesandro, Vivían Trías no podía desconocer el paso que estaba dando: cualquier militante más o menos experiente, cualquier persona inteligente sabía que, al fin y al cabo, la StB respondía a la KGB. Al integrarse a los cuadros de la inteligencia soviética, esta obtuvo un agente valioso que se transformaría en el mejor de América Latina. De acuerdo con lo que el libro describe, Trías actuó convencido y sin ningún tipo de reparo moral ni ético para llevar adelante sus misiones secretas utilizando en su beneficio al partido que lideraba, con la ignorancia de sus integrantes.

En el final, el autor no redime a Trías: “Lo vimos marcando una y otra vez su lealtad a sus jefes, promoviendo el uso de su partido en beneficio de los objetivos de la StB, llegando por dos veces a afirmar que, si la inteligencia checa lo decidía, él no asumiría su banca en el Parlamento”. Luego prosigue López D’Alesandro: “Trías no da muestras de conflictos internos, tal vez sus contradicciones existían sin afectarlo. La valoración moral de estas actitudes van por cuenta del lector. Quien escribe tiene la suya”.

Se agradece al autor la honestidad de su enfoque y la valentía para redactar un libro que con seguridad a buena parte de la izquierda le resulta incómodo porque revela errores, apresuramientos, dispu-tas de poder, traiciones y cálculos erróneos en una época que marcó de manera dramática al Uruguay. En tal sentido, la obra es también la autopsia de una concepción del mundo y de Latinoamérica que fracasó en sus pronósticos de liberación continental a partir de la experiencia cubana, faro y quimera que Trías valoró al extremo de teorizar sobre un posible marxismo-fidelismo.

Vivián Trías había nacido el 30 de mayo de 1928 y murió el 24 de noviembre de 1980. La dirigencia actual de su partido le salió al paso a las acusaciones -que catalogó de “dudosa verosimilitud”- diciendo entre otros argumentos que, como estaba muerto, Trías no podía defenderse. Sin dudas que lo está y el libro de López D’Alesandro es un contundente epitafio para el hombre que fue Ríos, es decir, Trías.

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