Hugo Burel
Hugo Burel

El ejemplo de Ida Vitale

Una de las mejores noticias -si no la mejor- que tuvimos este año en el área cultural fue el otorgamiento del prestigioso Premio Cervantes a nuestra poeta Ida Vitale.

Dicho galardón corona una trayectoria que en los últimos años había sido distinguida con otros premios importantes en el ámbito internacional. A nivel local, en 2017 Ida Vitale recibió el premio Bartolomé Hidalgo a la trayectoria.

Nuestro Premio Cervantes anterior había sido ganado por Juan Carlos Onetti en 1980 y el mismo hizo justicia con un narrador fundamental no solo en Uruguay sino también en el ámbito rioplatense y latinoamericano. Ahora es la poesía la que permite que la última representante de la legendaria Generación del 45 acceda al máximo lauro de las letras en español. Y esa condición de poeta, en un mundo en el que la poesía ha pasado a ser un género prácticamente marginal sobre todo en las librerías, realza aún más el mérito por la distinción obtenida.

La trayectoria de Ida Vitale como poeta, traductora, ensayista, profesora y crítica literaria avala holgadamente su importancia en el panorama de nuestras letras, pero es evidente que los premios conquistados desde que en 2009 le fuera otorgado el IX Premio Octavio Paz de Poesía y Ensayo y al que le sucedieron el Alfonso Reyes en 2014, el Reina Sofía en 2015, el Federico García Lorca en 2016 y el Max Jacob en 2017, y este año el de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, configuran un palmarés difícil de igualar no solo para un autor uruguayo sino para cualquier creador activo del país que sea. El Cervantes es la superlativa confirmación de todos los premios que le antecedieron.

Fue reconfortante ver los informativos televisivos de horario central abriendo la edición del pasado 15 de noviembre con la noticia del día que, por una vez, no se refirió al delito, el devenir político, la economía o el fútbol: una poeta de 95 años era la imagen excluyente de la jornada y su sonrisa y sencillez ocuparon la pantalla que tantos parecen tener comprada sin méritos reales que lo justifiquen.

Por supuesto que la prensa escrita y las radios también se ocuparon de Ida como sucediera con los premios anteriores. Pero en este último aspecto Ida ha sido la excepción que confirma la regla.

Este enorme logro de Ida Vitale también sirve para medir la poca trascendencia que en general el medio le da a nuestros creadores de la escritura. Los escritores son destacados y difundidos cuando son premiados y aun así dependen de la trascendencia del premio. Pero si su tarea se limita a lo que habitualmente hacen -escribir, crear, imaginar otras realidades en el papel- es poco el interés mediático que merecen.

Es paradójico que un país cuya educación está en crisis y se haya amagado hace unos años con cambiar su “ADN” sin haber logrado alterar siquiera una célula de su epitelio, los escritores del género que sea tengan tan poca presencia en el elenco en el que se mira la sociedad. Por lo general no se les consulta sobre tema alguno, porque su actividad nunca trasciende. Estoy hablando de lo que estrictamente se vincula con su tarea específica: escribir libros. No considero aquí sus actividades accesorias, que pueden ir desde el periodismo a las variables alternativas de hablar y opinar sobre todo, menos sobre literatura. La propia o la de sus colegas. Y en esto me corresponden las generales de la ley.

Cuando un futbolista hace un gol es noticia, pero un escritor que escribe es una entelequia, alguien secreto y sumido en el anonimato y la irrelevancia. Esto es solo un ejemplo.

No comparo la trascendencia de lo que cada uno hace, sino la importancia relativa que se le atribuye. Visualicen nuestros billetes actuales y aprecien alguna de las figuras que los identifican: Juan Zorrilla de San Martín y Juana de Ibarbourou fueron poetas. Pedro Figari fue pintor y artista plástico, pero también abogado, periodista y escritor. José Pedro Varela, fue escritor, periodista y político, además de reformador de la enseñanza. Dámaso Antonio Larrañaga, religioso, arquitecto, botánico y creador de la Biblioteca Nacional y uno de los impulsores de la Universidad de la República. Creo que ese conjunto dice algo sobre el criterio de selección. Pero, si los billetes se diseñasen nuevamente, ¿qué efigies se elegirían hoy como ejemplos de ciudadanía y valor intelectual?

Es notorio que en lo relativo a la cultura en la televisión abierta -el medio masivo- se comentan películas de cine, obras de teatro, recitales de música, actuación de murgas y parodistas, vernissages y cualquier acontecimiento que involucra la creación, pero -salvo excepciones- jamás se reseña o difunde la aparición de un libro o el acto de presentación de una obra de la literatura.

En el periodismo escrito, las páginas culturales van menguando o se reducen y el espacio que se les dedica al libro y la lectura es cada vez más breve y poco profundo. Justo es decir que es en algunas radios y con comunicadores consecuentes con la tarea de los autores, que los creadores asoman un poco a la consideración pública.

Entonces, esta merecida presencia de Ida Vitale ganadora del Cervantes acaparando titulares y restituyendo a la literatura uruguaya a sitiales de prestigio internacional es sin duda una circunstancia que hay que celebrar doblemente.

Por el éxito de la premiada y por la oportunidad de que al menos por una vez la figura de la jornada fue una poeta uruguaya que nos puso en el mapa a pura poesía.

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