Hugo Burel
Hugo Burel

Es la cultura, estúpido

La economía, estúpido” (the economy, stupid), es una famosa frase de la política estadounidense surgida durante la campaña electoral de Bill Clinton en 1992, cuando compitió contra George W. Bush (padre), para derrotarlo y convertirse en presidente de los Estados Unidos.

Luego la frase se popularizó como “es la economía, estúpido” y la estructura de la misma ha sido utilizada para destacar los más diversos aspectos que se consideran esenciales en una campaña política.

Poco antes de las elecciones de 1992, Bush era percibido imbatible por la mayoría de los analistas políticos, en especial por sus éxitos en política exterior, como el fin de la Guerra Fría y la Guerra del Golfo Pérsico. Su popularidad había llegado al 90% de aceptación, un récord histórico. ​Fue por eso que James Carville, estratega de la campaña electoral de Bill Clinton, dijo que éste debía enfocarse sobre cuestiones más relacionadas con la vida cotidiana de los ciudadanos y sus necesidades inmediatas.

Para mantener la campaña enfocada en un mensaje, Carville pegó un cartel en las oficinas centrales con tres puntos escritos: “Cambio vs. más de lo mismo. La economía, estúpido. No olvidar el sistema de salud”. Aunque el cartel era solo un recordatorio para la interna, la frase se convirtió en una especie de eslogan no oficial de la campaña, que resultó decisivo para modificar la relación de fuerzas y derrotar a Bush, algo impensable poco antes.

Lo notable de la anterior referencia es que las tres frases sueltas de Carville pueden usarse hoy en la campaña electoral de la oposición. Pero, más allá de esa coincidencia, lo que importa a propósito del cartel del asesor de Clinton es su economía de palabras y la capacidad de resumir en tres renglones una receta para enfrentar a un adversario político y derrotarlo. Habría que ver cuál sería aquí nuestro equivalente al famoso “es la economía, estúpido”. A primera vista la frase original puede servir, no obstante me gustaría fundamentar la del título de esta columna.

Desde este mismo espacio he argumentado que una de las razones por las cuales la izquierda conquistó el poder -que empezó por la Intendencia de Montevideo y luego siguió con la Presidencia de la República- fue su creciente incidencia y dominio sobre la cultura logrado tras trabajar años para establecer una hegemonía inspirada en los postulados del filósofo marxista italiano Antonio Gramsci.

Sobre esta base elaboró un relato que apoyó el trabajo político porque estableció una realidad de país dividido entre buenos y malos, izquierda y derecha, revolucionarios y reformistas, progresistas y conservadores, virtuosos y viciosos, puros y corruptos. Lo dijo Mario Benedetti cuando en 2004 Tabaré Vázquez resultó electo por primera vez: “es el primer gobierno honesto que tendrá el país en 175 años”.

¿Qué queda hoy en pie del pronóstico y de esa realidad tan maniquea?

Tras casi tres lustros en el gobierno, la coalición de izquierda ha ido desvirtuando esas virtudes y creencias por sus propios errores. Pero, desde el punto de vista cultural su prevalencia, lejos de resquebrajarse, pareció haberse reafirmado porque el relato original se fue reciclando y ocupando nuevos escenarios.

Lo que antes se afincaba, por ejemplo, en el ambiente teatral, ahora reside en el carnaval. En la música, aquel canto popular creativo, vigoroso y contestatario de la noche autoritaria cedió espacio a la cumbia villera y el reguetón. Aquel discurso que apelaba a la liberación y la lucha de clases, el socialismo nacional y la reforma agraria, se suavizó en la agenda de derechos, las reivindicaciones de cierto feminismo o la defensa indiscriminada de cada vez más minorías con el agregado del innecesario y redundante lenguaje inclusivo. Las palabras “esclarecer” o “superestructura” que hoy nadie las lleva, se sustituyeron por “inclusivo”, “solidario” o “participativo”, mucho menos radicales, seductoras y fáciles de entender. El “arriba los que luchan” hoy es apenas el “vamo arriba” voluntarista dicho como un mantra que todo lo resuelve. Aún así, el relato que sustenta esa pertenencia política sigue afincado en una cultura que domina un único dueño.

Ante esta realidad los partidos de la oposición, en especial los más desafiantes para las elecciones de octubre, no han hecho lo necesario para construir una propuesta cultural -un relato- que supere esa hegemonía. En sus programas hay preocupación por la educación pero no se menciona la cultura. Se insiste con la seguridad, el desempleo, el déficit fiscal y la marcha de la economía en general -lo cual es lógico- pero sin proponer un relato alternativo que seduzca a los desencantados de la izquierda. Siguen sin entender que muchos uruguayos temen el cambio y se aferran a hábitos de pensamiento que confirman sus prejuicios. El cambio será cultural o no será.

En su estupendo libro “Como el Uruguay a veces hay” el periodista Tomás Linn afirma que “parece absurdo que algo tan dinámico como la cultura tenga dueño. Lo lógico sería que cuanto más diversidad, libertad y mayor sentido crítico haya, más rica será. Sin embargo se hace desde una pertenencia o desde una identificación que legitime esa actividad”.

Esta admirable síntesis explica también el asombroso misterio de los desilusionados por la gestión del Frente Amplio en el gobierno que no se animan a dejar de votarlo. Su pertenencia va más allá de lo político porque hay un relato y una cultura impermeables a la duda. Y ese es un modo de ser que será difícil cambiar y que las encuestas aún reflejan.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados