Hugo Burel
Hugo Burel

La clase media decide

Karl Marx se apropió del término “pequeña burguesía” para referirse al núcleo social que se ubica entre el proletariado y la burguesía propiamente dicha.

Petite bourgeoisie es una expresión francesa que originalmente se refería a los miembros de las clases económicas medias bajas en el siglo XVIII y principios del siglo XIX, como los pequeños comerciantes, artistas, obreros y sirvientes. Luego, la definición fue usada por Marx y los teóricos marxistas para señalar a una clase social que incluía a los mercaderes y los profesionales (herreros, panaderos, curtidores, cerrajeros, zapateros, orfebres, etc.).

Según Marx, esta clase aspira a escalar hacia la burguesía acumulando e incorporando mano de obra, pero padece la competencia desigual del capital que la relega a una función económica marginal y la arruina.

En un reportaje que le realizó Peter Bogdanovich, Orson Welles dijo una vez que la tragedia del hombre era la mediana edad y la de la sociedad la clase media. Más próximo a nuestra idiosincrasia, Juan Carlos Onetti la describía en 1939 en El pozo, su primera novela, en términos peyorativos: “Todos los vicios de que pueden despojarse las demás clases son recogidos por ella. No hay nada más despreciable, más inútil. Y cuando a su condición de pequeños burgueses agregan el de “intelectuales”, merecen ser barridos sin juicio previo”. Pocas sentencias más lapidarias he leído sobre la clase media como esta del personaje Eladio Linacero.

Luego de la crisis griega de fines de 2009, el escritor Petros Markaris afirmó que la clase media era la que más había sufrido con la crisis, pero también era la responsable porque había aceptado vivir por encima de sus posibilidades asegurando ese alto nivel de vida con dinero prestado. Por lo tanto también era culpable. Para Mar-karis, como siguió votando a quienes crearon esta bonanza virtual, la clase media no era inocente. Dado el momento que vivimos, en vísperas de un balotaje que según algunos enfrenta dos modelos, debemos preguntarnos qué sucede con la clase media en Uruguay.

Independientemente de si tienen pocos o muchos ingresos, la mayoría de las personas en Uruguay suelen percibirse a sí mismas como pertenecientes a la clase media. Sin embargo, según datos de la Encuesta Continua de Hogares (ECH) que elabora el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), esta clase social comprende solo alrededor de la mitad de la población.

Martín Leites, economista e investigador del Instituto de Economía (Iecon), afirmó que “la tendencia” es que la mayoría de las personas se consideran de clase media aunque no lo sean. Esto significa que la pertenencia a la clase media es un ideal aspiracional más que una realidad material o económica.

Para los uruguayos no está bien visto el éxito económico a la inversa de por ejemplo los norteamericanos que tienen, para la acumulación de la riqueza, la actitud que el protestantismo alienta y que Max Weber tan bien describió en su análisis del capitalismo. Somos vocacionalmente de clase media, como si esa fuese una condición ontológica del ser uruguayo.

En relación a los ingresos, un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) identifica como clase media vulnerable a quienes perciben ingresos diarios de entre 4 y 10 dólares; y clase media consolidada a quienes perciben ingresos diarios de entre 10 y 50. Según este estudio, en Uruguay los hogares se dividen en línea de pobreza, sectores de vulnerabilidad, clase media consolidada y clase alta; representando el 21,3%, el 39,4%, el 38,6% y el 0,7% de la sociedad. Si este estudio es válido, nuestra sociedad se divide, grosso modo, entre un 60% que tiene problemas y casi un 40% que le va mejor.

En el siglo XX, el gran impulsor de las clases medias en el país, en especial las urbanas, fue el primer batllismo, con un cuerpo de leyes sociales que promovía la forja de una sociedad de clases medias bajo el amparo de una economía pujante y de un Estado benefactor.

Ese ideal amortiguador e igualitarista se basó también en una educación pública que permitía el ascenso social e individual sin pasar por la lucha de clases. Sin embargo, luego de sucesivos proyectos económicos y políticos, dictaduras y crisis, esa arcadia de medianía y progreso social -la acrisolada clase media- sufrió un deterioro que fue consecuencia del fin de un modelo que en la región entró en entredicho a principios del nuevo siglo.

La última etapa de la clase media en su afán de recuperar terreno perdido fue acompañar el crecimiento de la opción política que representó el Frente Amplio. La propuesta del cambio y el socialismo mezclados pretendieron reciclar las antiguas banderas de la clase media y esta las levantó con la esperanza de alcanzar otra vez el bienestar económico.

Sin embargo, quince años después de que la izquierda llegara al poder, los beneficiarios de sus políticas han sido los sectores más vulnerables e indirectamente la clase alta, que nunca fue amenazada por la gestión frentista.

La clase media -la consolidada o la autodesignada- parece ser la que ha perdido en el reparto y eso lo demuestran los casi doscientos mil votos menos que obtuvo el partido de gobierno el 27 de octubre. A eso se le suma la inseguridad “transversal” -utilizando un término de moda- que golpea a la sociedad todos los días.

El uso generalizado de la tarjeta de crédito, los préstamos de todos colores que se ofrecen por TV y endeudarse por la tentación inevitable del consumo, ha sido para la clase media un escenario en el que no tuvo en cuenta el reajuste que vendría fatalmente con la suba de tarifas y una carga impositiva asfixiante. Además se olvidaron que, según The Economist, Montevideo es la ciudad más cara de América Latina, incluso por encima de Santiago.

Denostada, abusada, ensalzada o idealizada, la clase media ha sido siempre el factor decisivo en nuestra dinámica de ascenso social y será ella la que decida el próximo domingo 24 entre un cambio renovador o la continuidad de un proyecto agotado y por lo que se vio los últimos días, con señales de senilidad.

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