Hugo Burel
Hugo Burel

Chernóbil como metáfora

Acabo de mirar la serie Chernóbil que según muchos es una de las mejores jamás realizadas, si no la mejor.

Creada por Craig Mazin, la serie es una coproducción entre los canales HBO de Estados Unidos y Sky de Reino Unido. Su argumento se centra en el desastre de la planta nuclear de Chernóbil ocurrido en la Unión Soviética (actual Ucrania) en abril de 1986, revelando cómo y por qué se produjo.

La trama repara además en las sorprendentes y notables historias de los hombres que hicieron frente a la tragedia, varias de las cuales se inspiran en el libro testimonial Voces de Chernóbil de la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura en 2015. Curiosamente, la obra no es citada en los créditos de la producción.

Con un elenco impecable encabezado por Jared Harris, Stellan Skarsgard y Emily Watson, los cinco capítulos de la serie condensan de manera admirable y sobrecogedora el drama de ese accidente nuclear devastador que pudo haber tenido, de no mediar el heroísmo de miles de sacrificados mártires, consecuencias trágicas también para Europa y el mundo. Basta decir que la potencia destructiva del reactor de la planta era 44 veces superior a la bomba de Hiroshima.

Se calcula que a partir de la fatídica noche del 26 de abril de 1986, 800.000 soldados de la Unión Soviética fueron enviados al lugar del mayor accidente nuclear de la historia a trabajar sin la protección adecuada en medio de la radiactividad que fluía desde el núcleo del reactor. Entre los bomberos que lucharon contra el incendio que se produjo en la planta y tardó diez días en apagarse, los “liquidadores” que llegaron después para retirar los despojos radiactivos, el ejército que organizó la evacuación de los habitantes de la zona y se encargó de ultimar los animales y enterrarlos bajo toneladas de concreto, hubo miles que padecieron las consecuencias de haber estado expuestos al invisible veneno radiactivo. Algunos trabajadores murieron inmediatamente después de la explosión, pero la mayoría de los primeros liquidadores fallecieron por los altos niveles de radiación semanas después del siniestro. Lo que es imposible saber hoy -a 33 años de producida- es la cifra final de víctimas de la catástrofe.

Lo que también revela Chernóbil es el fracaso del Estado soviético y su manejo inescrupuloso -mejor dicho, su ocultamiento- de la verdad. A la ineficacia que produce el “accidente” de la planta -que la arrogancia y el autoritarismo irresponsable e ignorante de uno de sus directores hace colapsar- se le suma después el secretismo del gobierno, el aparato del Partido Comunista y la KGB que pretenden silenciar lo sucedido y engañar a la población de la zona y al resto del mundo. Eso, sin contar la rápida acusación de sabotaje y búsqueda de culpables como enemigos del Estado.

Con gran inteligencia, el guión de la serie enfrenta el heroísmo de los que combaten en la planta para evitar que el reactor estalle -muchas veces engañados o lisa y llanamente ignorando el letal peligro al que se exponen- con los perversos políticos de la nomenclatura que gobierna y los envía a una muerte segura en ese momento o años después.

El secretismo, pese a que en los países nórdicos ya se habían detectado niveles anormalmente altos de elementos radiactivos en su territorio, fue criminal y absoluto. La escueta noticia difundida esa noche por el noticiero de la televisión estatal es una muestra ejemplar de retaceo de información: “Se toman medidas para eliminar las consecuencias de la avería. Las víctimas reciben ayuda. Se ha creado una comisión gubernamental”, decía el telegráfico comunicado oficial que condensaba el desastre en apenas catorce segundos.

Por supuesto que la serie se permite algunas licencias en su argumento, e inclusive incorpora a una científica en el trío de héroes que resuelven el enigma de por qué se produjo el accidente y proponen la manera de neutralizarlo en la medida de lo posible. Ese personaje femenino es un homenaje y una síntesis del pensamiento científico y racional que desafía a la ideología dominante y oscurantista para denunciar la verdad.

Sin embargo y más allá de los detalles visibles del drama que reproduce y la impecable reconstrucción del reactor accidentado y su entorno, lo que a mí parecer más incomoda de la situación que describe la serie -a más de tres décadas de producido el colapso de la planta- es el correlato político y sus derivaciones, lo que ha irritado a Vladimir Putin, que entonces era agente de la KGB.

Tres años después de la tragedia de Chernóbil, caía el muro de Berlín para ser repartido en fragmentos convertidos en souvenirs. Se ha dicho que eso se produjo sin disparar un solo tiro y como consecuencia del fracaso de un modelo político agotado e ineficaz. Sin embargo, la primera grieta de ese muro la produjo el desastre del reactor número 4 de la planta nuclear ubicada en la frontera bielorrusa.

El comentario de Alexiévich en el comienzo de su libro es dolorosamente lúcido y categórico al decir que “se produjeron dos catástrofes. Una social: ante nuestros ojos se derrumbó la Unión Soviética, se sumergió bajo las aguas el gigantesco continente socialista, y otra cósmica: Chernóbil. Dos explosiones globales”.

Más importante que mirar la serie es leer el estremecedor libro de Svetlana Alexiévich (Voces de Chernóbil, editorial Debate) para entender mejor el sentido simbólico y metafórico de esa catástrofe que pudo devastar con radiación nuclear no solo a la Unión Soviética sino a buena parte del planeta.

El desmoronamiento político que sucedió a Chernóbil tuvo su escenificación previa y trágica en esa comarca en la que el daño de los radionúclidos liberados y diseminados por el accidente sobrevivirán doscientos mil años y más. Además de la devastadora radiación, los hombres y mujeres de Chernóbil debieron padecer y enfrentar la ominosa mentira que montaron las autoridades políticas y los prejuicios ideológicos que impidieron que la Unión Soviética de entonces solicitara ayuda al bloque capitalista para enfrentar el colapso. Los que todavía defienden el modelo soviético y el dogma marxista deben comprar el libro y leerlo como una revelación demoledora sobre el fallido proyecto político en el que creyeron y creen.

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