Hugo Burel
Hugo Burel

El año de la vacuna

Los adeptos a las teorías conspirativas que afirman que la pandemia que vivimos es una primera avanzada hacia la instalación de un gobierno mundial, tienen algo de razón.

Al menos en el sentido de que el Covid-19 se ha convertido en el factor que está condicionando la vida de las naciones y sus habitantes y de alguna manera las gobierna. Parece que solo la vacunación masiva y urgente podría revertir esta realidad.

Hoy todo queda supeditado a la lucha contra el virus que actúa como el gran igualador, porque la muerte que provoca lo es. Nuevas olas de contagio cada vez más severas, competencia entre vacunas y laboratorios, destrucción del turismo, colapso de las economías, incremento de la pobreza de las naciones menos desarrolladas y un daño psicológico social producto de restricciones a la vida comunitaria, son algunos de los factores que marcan el dominio del virus sobre la existencia.

En el fragor del combate se pierden las referencias y entre toques de queda, regreso al confinamiento, y cierre obligado de fronteras, el mundo se encomienda a la acción de las vacunas que algunos países han comenzado a administrar.

Ese proceso que deberá abarcar a la totalidad del planeta está lejos de ofrecer la cantidad de vacunas necesarias, con la condición, además, de que todas han de aplicarse en modo de emergencia. Esto significa que ninguna puede cumplir con los tiempos normales que se necesitan para que una vacuna sea aprobada. Ello, inevitablemente, arroja dudas sobre los resultados reales de la vacunación.

En ese panorama, las incógnitas sobre el poder de las vacunas se han renovado con el surgimiento de una nueva cepa del virus más contagiosa. El grado de competencia de aquellas está condicionado también por la edad de quienes se vacunen y los daños colaterales que pueden surgir de acuerdo al cuadro clínico de cada persona. Por ahora la situación dista de ser clara pese a la esperanza que los pronósticos sobre la eficacia de alguna marca parecen generar. Mientras tanto, el tiempo apremia y la capacidad de producción de los laboratorios será decisiva.

Otro aspecto no menor a considerar es la logística del traslado, conservación y administración de la vacuna, cobrando ventaja en esto aquellas que no necesitan temperaturas extremas bajo cero para su manejo. El costo también es un factor decisivo y en tal sentido ya se habla de vacunas para ricos y para pobres, algo absolutamente inadmisible. Sin embargo, la noticia de que Irán administra ya a su población una vacuna fabricada en el país porque carece de fondos para comprarla en el exterior, marca una circunstancia inquietante.

Este resumen sucinto de la situación al comienzo de este 2021 cargado de incógnitas apunta a que reflexionemos sobre nuestras verdaderas posibilidades. Al momento de escribir esta columna todavía no se ha producido un anuncio por parte del gobierno sobre cual o cuáles vacunas serán las elegidas para que se administren aquí.

Sin lugar a dudas en muchos países -Argentina y Brasil, por nombrar los más cercanos- el tema se ha politizado a extremos preocupantes, con un relator de fútbol partidario del gobierno argentino trasmitiendo el despegue de un avión en pos de vacunas, pocas y de dudosa aplicación en los mayores de 60 años. Es de esperar que eso en Uruguay no suceda y todo lo relacionado con la vacunación se maneje con la transparencia y el criterio informativo que han caracterizado estos meses a partir del 13 de marzo pasado.

No obstante, en estos días figuras de la oposición han emplazado al gobierno para que defina qué vacunas tendremos y cuándo empezará su suministro a la población. Lo hace amparada en el hecho de que países cercanos como Chile y Argentina ya lo están haciendo. Pero esas dos situaciones no son comparables, porque la Casa Rosada ha hecho de la vacunación un acto de demagogia populista. La oposición también ha expresado de manera tajante que la pandemia en el país está fuera de control.

Ignoro que réditos políticos puede reportar esta munición gruesa, pero resulta evidente que tanto en la elección y negociación de las vacunas como en el manejo de la situación sanitaria, el gobierno procede con la responsabilidad que hasta ahora ha tenido. Arrojar dudas sobre esto me parece un recurso desestabilizador.

En cuanto a la demora en el tema vacunas, Uruguay fue uno de los primeros países en ingresar al Covax, el Fondo de Acceso Global para Vacunas Covid-19, al que han acudido decenas de naciones.

Dado el lento proceso de ese fondo para distribuir el material de los 140 proyectos de vacunas que impulsa -agregado al factor comercial que ha disparado una guerra de marcas- determinan que el gobierno haya tenido que salir a negociar directamente con los laboratorios. Pero además su responsabilidad incluye elegir con criterios científicos más que comerciales y no dejarse arrastrar por los manejos geopolíticos qué hay detrás de alguna marca.

Lo que está claro es que el nuestro y todos los gobiernos están en este momento yendo detrás de la pandemia y, en el mejor de los casos, apuestan a la vacunación cuando la prevención y el cuidado personal son, por ahora, las únicas defensas que tiene la gente ante el Covid-19. Un ejemplo estremecedor: mientras en el Reino Unido ha comenzado la vacunación, la nueva cepa recién descubierta produjo más de 53 mil contagios en un solo día. Eso habla a las claras de que el año que se inicia será el año de la vacuna y de la carrera contra el tiempo.

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