Hugo Burel
Hugo Burel

El afloje

Esta semana ha transcurrido con las autoridades de gobierno y sanitarias aguardando las posibles consecuencias decisivas de algunos eventos relacionados con la pandemia.

En pocos días el país padeció la marcha de la diversidad, las elecciones departamentales en todo el país, el fin de semana dedicado al patrimonio y algunos etcéteras más que van desde los 27 ómnibus llegados a Rivera cargados de brasileños ávidos de compras y lo que podría haber sucedido con el público de la Rural del Prado.

Al momento de escribir esta columna, por ahora lo único que zafa del contagio es la Expo del sector agropecuario cuyos organizadores se alivian por el cero caso, pero el riesgo, pese a las medidas de seguridad tomadas, fue bastante alto en relación al aflujo de público esperado. Además, la promoción del evento en especial en los informativos televisivos, agregó un estímulo masivo y amable para algo que en lo previo no dejaba de ser una amenaza. Ignoro si el comité científico de asesores honorarios manifestó algún tipo de reserva ante lo que podía suceder en la Rural pero, como ellos siempre aclaran, la decisión de aprobar o desaprobar algo que recomiendan, depende del gobierno.

Lo de la marcha de la diversidad ya fue bastante comentado y visto: un horror por donde se lo mire y una bofetada a los que no tenemos colectivos que nos representen, en especial si estamos en la franja de riesgo para los mayores de 65 años.

La dosis de inconsciencia, frivolidad y desprecio por la situación general que se vive invalida cualquier intención reivindicativa de nada por parte de los que participaron en la marcha. No me sumo a los bienpensantes que pese a ese desborde egoísta y salvaje, esperan que ojalá no haya contagios. Es algo que, de cumplirse, invalidaría todo lo que se ha dicho y hecho en relación al uso responsable y cívico de nuestra libertad individual.

Si se puede andar impunemente en una manifestación que casi era un pogo, sin tapabocas ni guardar distancia, entonces, como dicen los negadores del Covid-19, este no existe.

Con relación a las elecciones municipales, se hizo lo que se pudo y desde el punto de vista institucional no había otra opción que votar de una vez para terminar, no solo con el ciclo electoral, sino con la espera de cuatro meses para completar el mapa político del país.

En tal sentido, el Uruguay dio otra vez al mundo un ejemplo de republicanismo y democracia, aún en las condiciones adversas que impuso la pandemia. El alto porcentaje de votantes alcanzado, el movimiento de ómnibus interdepartamentales y ciertos festejos inevitables pueden haber sido factores de riesgo que la Corte Electoral minimizó dentro de los locales de votación.

En cuanto al fin de semana del Patrimonio, me cuesta mucho encontrar la razón última por la cual se resolvió realizarlo en medio de la pandemia y en un momento en que desde el punto de vista de las cifras volvimos a estar casi como en el comienzo, pero con la diferencia de tener una mayor experiencia y un mejor entendimiento de la dinámica del contagio.

Me pregunto, perplejo, qué necesidad hubo de que la gente concurriese a los lugares a visitar para hacer largas colas de varias horas y luego entrar a ámbitos cerrados como la Casa Presidencial o el Capitán Miranda. Las pruebas de que el virus tiene circulación aérea al parecer son irrefutables y los motivos culturales promovidos -homenaje al Dr. Manuel Quintela y por extensión a todos los médicos- en este momento que vivimos no justifican el riesgo ciudadano que se corrió.

Por supuesto que estas jornadas también tuvieron una generosa promoción televisiva. Solo Canal 4, a través de su noticiero central, hizo comentarios críticos el lunes siguiente a ese fin de semana. Bastaba ver el movimiento que hubo pese al frío para preguntarse a santo de qué se llevó adelante la celebración del Día del Patrimonio, teniendo en cuenta que hoy nuestro bien más importante es la salud de la población y el evitar contagios.

Por último y no menos significativo, el almuerzo de camaradería que en la residencia de Suárez y Reyes reunió al presidente Lacalle Pou con los intendentes blancos electos, fue un mensaje tan contradictorio como sorprendente.

En momento en que se recomienda no hacer reuniones familiares de más de 10 personas y se penalizan las fiestas clandestinas, se convoca a un ágape en el que -a juzgar por las coberturas televisivas- no se guardó la distancia entre los comensales y obviamente no se usó tapaboca -tenían que comer-, con lo cual se violaron todas las recomendaciones que el propio gobierno difunde una y otra vez. Todo bien con el asado y los chorizos, pero esa reunión debió encararse de otra manera y de paso aprovecharla para dar el ejemplo. La imagen que quedó no es buena ni coherente.

Todo lo anterior da la sensación de que en la pandemia que nos ha tocado vivir ha llegado el momento del afloje. La gente ya no soporta el aislamiento y las medidas preventivas pero el Covid-19 no da tregua en ninguna parte del mundo. Hay un factor psicológico que corroe la disciplina y el sentido de preservarse.

Las tan mentadas “perillas” parecen estar en un dilema cada vez más crítico y moverlas en un sentido o en otro sube cada vez más la apuesta. El talante y las declaraciones del ministro Salinas lo han ido anticipando: en cualquier momento esto puede dispararse, pese a que se insiste a que todo está bajo control. Sin embargo, el propio ministro comentó que a partir de las elecciones departamentales y la marcha de la diversidad, el promedio diario de contagios se elevó al doble.

Una de las aristas más perversas de esta pandemia es que también te gana por cansancio y termina llevándote a un escenario muy peligroso: el del afloje.

Y si aflojamos, perdemos.

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