Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Tiempos de reflexión

A pesar de que solo hemos recorrido una quinta parte, los hechos están confirmando que fue acertada la predicción de que este siglo iba a incluir enormes retos y transformaciones para la humanidad.

Sabemos que el planeta se nos va “achicando”. A medida que crece la población mundial, el desarrollo científico-tecnológico posibilita la imparable expansión territorial. Son tiempos de transformaciones pero con asimetrías muy grandes, que agregan complejidad a la lista de los desafíos. Sabemos que la salud ambiental y la homeostasis ecosistémica son el basamento para proyectar un futuro sostenible de calidad.

En ese sentido, la conservación (cuidado y uso de los recursos naturales evitando su deterioro) tiene que ser una equilibrada construcción social, política y económica llevada adelante por las comunidades. Decirlo resulta sencillo pero llevarlo a la práctica con éxito constituye una obra titánica, propia para mentes brillantes, justas y bien intencionadas. Desde los inicios la biosfera exhibe su paso imparable de grandes cambios bajo los dictámenes biológicos, físicos, químicos y ecológicos.

Es la perpetua modificación del planeta que ha regido su existencia.

A ello se le suma de manera indisoluble, la presencia de nuestra especie, con su capacidad siempre creciente y sorprendente de modificarse a sí misma y al propio entorno.

El resultado es una combinación asombrosa de fuerzas que moldean la realidad, aunque sin revelarnos a ciencia cierta cuáles serán los resultados a mediano y largo plazo.

Desde luego podemos elucubrar -y de hecho lo hacemos permanentemente- un sinnúmero de proyecciones y predicciones de lo que vendrá (algunas buenas, otras malas), pero en todo caso, serán resultantes de la potente pulseada que la humanidad dirime entre las fuerzas naturales y las necesidades sociales, para tratar de materializar un mundo que sea mucho más justo, equilibrado… y con futuro.

Desde luego, el devenir planetario no tiene freno. Pero sí nos ofrece la posibilidad de incidir en él. De ahí la importancia de tomar las decisiones correctas y a tiempo, sobre todo aquellas que son a gran escala.

En otras oportunidades hemos insistido en el concepto de que, hagamos lo que hagamos, a la naturaleza no la podemos destruir -como vulgarmente se dice-. Sí podemos provocarle transformaciones de distinta entidad, algunas de las cuales a nuestros ojos pueden verse como dramáticas. Lo que importa señalar con certeza es que muchas de nuestras intervenciones en los ecosistemas pueden ocasionar cambios en sus estructuras y en sus dinámicas capaces de resultar muy perjudiciales para nuestra especie.

Este es el principal argumento que nos mueve a luchar “a brazo partido” por ejemplo contra el calentamiento global. Muchas de nuestras acciones aumentan la temperatura sobre la superficie terráquea, con un impacto muy negativo para la humanidad, pero no para la naturaleza, pues es solo un cambio más dentro de su agitada historia.

En definitiva, lo que estamos defendiendo es nuestra propia supervivencia.

Debemos ser muy inteligentes y ver más allá de nuestras narices, para construir en el presente las bases de un futuro más justo y sostenible.

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